Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen
María Reina de la Paz

Por el Rev. Padre Francisco Verar
(Asesor del Movimiento María Reina de la Paz en Hispanoamérica - Panamá)

Septiembre 2009

"¡Queridos hijos, trabajen con alegría y arduamente en su conversión. Ofrezcan todas sus alegrías y tristezas a mi Corazón Inmaculado para que los pueda conducir a todos a mi Hijo bien amado, de modo que en Su Corazón encuentren la alegría. Estoy con ustedes para enseñarles y conducirlos a la eternidad. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

Una vez más la Virgen María nos recuerda el propósito de su visita a la tierra en esta hora particular de la historia: conducirnos a todos a la conversión. Se recuerda que la Virgen no viene a promover nuevas formas de culto o crear una nueva advocación, sino a invitarnos a cambiar de vida. Por otra parte, se evidencia que el mensaje de este mes está estrechamente relacionado al del mes anterior que reza: «Hoy los invito nuevamente a la conversión. Hijitos, ustedes no son suficientemente santos y no irradian santidad a los demás, por eso oren, oren, oren y trabajen en la conversión personal para que sean signos del amor de Dios para los demás. Yo estoy con ustedes y los guío hacia la eternidad, que cada corazón debe anhelar».

Obsérvese que por medio de ambos mensajes hay un único llamado. Se debe destacar este dato, porque, por lo general, la Virgen no repite dos meses seguidos una misma exhortación. Sin embargo, ha ocurrido lo inusual: en los meses de agosto y septiembre de 2009, la Madre ha llamado dos veces a la conversión. ¿Y por qué motivos? Se ignora. No obstante, se resalta el hecho que la Gospa ha repetido la misma exhortación dos veces. Entonces, se debe tomar en serio esta llamada. Es decir, considerar que la Madre está reclamando urgentemente la transformación del corazón de sus hijos. Recuérdese que desde que comenzaron las apariciones de Medjugorje, el mensaje más importante para María, siempre fue la conversión. Y ahora, al transcurrir 28 años, el mensaje más urgente sigue siendo la conversión. En lugar de esperar por curiosidad que dice de nuevo cada mes la Virgen, sus devotos deben redoblar sus esfuerzos en vivir con seriedad sus mensajes; sobre todo el de la conversión personal.

Se debe asumir la conversión personal como un acto de amor a María y como un desafío personal en el discipulado de Cristo; como respuesta clara y decidida a la llamada que nos hizo: «Busquen primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura» Mt 6:33. Convertirse significa, por lo tanto: buscar siempre y, en todo lugar, el Reino de Dios para vivirlo en el corazón y difundirlo en todas partes. Considérese que la Madre está preocupada porque muchos de sus hijos no toman con seriedad esta fundamental llamada. Medjugorje no puede quedarse en una nueva advocación a la Virgen ni un lugar de turismo religioso. Recuérdese que Medjugorje es una llamada seria a la conversión, a vivir la perfección evangélica. María con sus apariciones diarias está actualizando la llamada universal a la santidad, que ya el Espíritu Santo hizo a la Iglesia en el capítulo V de la Constitución conciliar Lumen gentium en 1964, como también por medio de la Carta Apostólica Terzo Millennio Ineunte de Juan Pablo II. La Madre dice a todos: «Uds. no son lo suficientemente santos y no irradian santidad a los demás»; y también: «trabajen con alegría y arduamente en su conversión». La llamada, pues, recae sobre el cambio de vida, a vivir la plenitud de la santidad. Como Teresa de Lisieux que llegó a exclamar: «no quiero ser santa a medias».

Y para responder a la invitación de la Madre, se hace imperativo evaluar con seriedad el progreso de la vida espiritual y descubrir —a la luz de la fe— las razones fundamentales del porqué no se alcanza la santidad. Acto seguido, se deben tomar los cuatro pasos que la Virgen presenta —uniendo los dos mensajes— para vivir en plenitud la conversión.

1. Oración continua. En el mensaje anterior la Virgen recomendaba para vivir la conversión la oración continua, dijo textualmente: «Ustedes no son lo suficientemente santos por eso oren, oren, oren» Se recuerda que el alma que no ora, difícilmente puede convertirse. Por dos razones: a) porque difícilmente descubrirá sus pecados y las imperfecciones que le rodean; b) porque sin oración no se puede recibir de parte de Dios la gracia para cambiar de vida. La conversión —no se olvide—, no sólo es conquista del hombre sino además don de Dios. San Agustín le decía al Señor: «dame lo que me vas a pedir y luego ya me puedes pedir lo que quieras». Por medio de la oración continua Dios nos da la gracia para conocer el pecado, las imperfecciones y nos da la gracia para vencerlos. Por otra parte, sólo la oración nos lleva a experimentar el amor de Dios. Y ya sabemos que la conversión que la Virgen desea de nosotros se resume en la vida del amor. Porque el amor es siempre la vocación universal de todo ser humano: «Al atardecer de nuestra vida seremos examinados todos en el amor», decía san Juan de la Cruz. El amor es la síntesis del evangelio, el amor es siempre cuanto Dios espera de los seres humanos sus hijos. Luego, si queremos convertimos debemos esforzarnos en amar. La conversión es un camino de ascenso en el amor, de donación de sacrificio, de entrega a Dios y al prójimo. Y ello se alcanza por la oración debido a que hace posible la experiencia del amor de Dios. La Madre espera que sus hijos no descuiden la oración personal y la oración comunitaria. Por eso dice: «oren, oren, oren.»

2. Trabajar la conversión. Por dos meses consecutivos la Virgen ha pedido trabajar la conversión personal. Para comenzar a trabajar en la conversión personal se debería comenzar haciendo un inventario de todas las mociones interiores y del comportamiento exterior: hacia Dios, el prójimo y uno mismo. Se trata de una labor de discernimiento, de examen de conciencia. Para ello es conveniente hacer un alto en las ocupaciones de cada día y sacar el tiempo para una justa introspección, entrar dentro de uno mismo y observar detenidamente lo que no marcha bien a los ojos de Dios. Para lograr este paso es fundamental conocer el evangelio y examinarse desde lo que Jesús ha enseñado y dejar a un lado los criterios del mundo o los razonamientos personales. El Catecismo de la Iglesia Católica recomienda —por ejemplo antes de la confesión—, tomar de referencia Los Diez Mandamientos, los pecados Capitales, el Sermón de la Montaña (Mt 5-7) y las enseñanzas de san Pablo en Romanos 12-15, 1 Corintios 12-13, Gálatas 5 y Efesios 4-6 (cf. CIC 1454). Mucha gente se confiesa indebidamente porque no conocen en profundidad la Palabra de Dios. No puede haber sincera conversión si se desconoce la Sagrada Escritura. Por otra parte, trabajar en la conversión personal también significa: acudir frecuentemente al sacramento de la confesión. La Virgen ha dicho en Medjugorje: «Queridos hijos: no existe en la tierra una sola persona que no tenga necesidad de confesarse, al menos, una vez al mes». También ha dicho: «La confesión mensual será un remedio para la Iglesia de occidente». Por consiguiente, si queremos sanar nuestra Iglesia debemos ser devotos de la confesión mensual.

3. Alegría e ímpetu en la conversión personal. La Madre en el mensaje de este mes nos ha pedido que trabajemos en la conversión con alegría. Esto significa que no se debe tomar como una carga o en forma desinteresada. Seguramente, desde el cielo la Madre ve que muchos de sus hijos, cuando deciden cambiar de vida, alejarse del pecado para tomar un nuevo camino, no muestran el suficiente interés. O bien, manifiestan insatisfacción al renunciar a lo que antes les causaba placer. Sin embargo, la Virgen acota, ¡que la conversión se debe vivir con alegría! En realidad, nunca debe sentirse como una carga. La conversión nunca se debe sentir como una carga sino como un acto de amor a Jesús y a María. La conversión comporta siempre sacrificio pero el sacrificio, invariablemente, es un acto de amor. Quien ama aprende a sacrificarse y quien se sacrifica aprende a amar. María dijo una vez en Medjugorje que «Jesús hizo de su vida un sacrificio continuo porque amaba», y si amamos también podemos hacer de nuestra vida un sacrificio permanente a Jesús.

4. Ofrecimiento de la afectividad a María. Este elemento es novedoso y por lo mismo, uno de los más importantes para vivir la conversión. La Madre es Trono de la Sabiduría y tal como sabe mejor que nadie que uno de los obstáculos más graves y persistentes para convertirse es la afectividad, sencillamente porque puede estar herida, mal encausada o esclavizada; neurótica o enfermiza. La Madre dice por lo tanto: «Ofrezcan todas sus alegrías y tristezas a mi Corazón Inmaculado». Menciona estos dos sentimientos, quizá, porque ellos resumen bien el conjunto de los demás. Fijémonos que dice: «todas sus alegría y tristezas». En efecto, pareciera que quiere subrayar los polos de los afectos porque entre las alegrías y las tristezas se mesclan otros sentimientos. Por tanto, se destaca en el mensaje, que para lograr la conversión la Madre recomienda ofrecer el mundo afectivo a Su Corazón Inmaculado. Lo que conllevaría un acto de la voluntad, a la donación, a la entrega. de sí. ¿Por qué al Corazón Inmaculado de María? Porque su Corazón Inmaculado representa el ideal de cada corazón humano, del corazón sano. El Corazón Inmaculado de María es el prototipo del corazón nuevo imagen y semejanza del Corazón de Dios. Colocar, entregar, ofrecer nuestra vida afectiva al Corazón Inmaculado de María es tener Su Corazón de ejemplo para vivir sanamente la afectividad. Por otra parte, el Corazón Inmaculado de María es la sede de su amor, de sus emociones, su realidad más profunda, la sede de su persona…En sentido bíblico se recuerda que el corazón es el ser íntimo y único, el centro y la fuente de la vida interior: del entendimiento de la voluntad y del amor… Y desde allí la Madre quiere interceder por todos nosotros ante Su Divino Hijo. Considérese que el Corazón der María sin mancha de pecado, es recurso seguro para la conversión. Se recuerda como, por medio de Lucía de Fátima, la Virgen mencionó: «Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón; a quien la abrace, prometo la salvación, y esas almas serán queridas de Dios como flores puestas por mí para adornar su Trono.» Entonces, el Corazón Inmaculado de María nos ayuda a la transformación del corazón y de sus afectos, los cuales, mal encausados destruyen la vida espiritual. Un día dijo la Virgen que Ella deseaba que Medjugorie fuera un encuentro de Corazones, deseaba que los peregrinos al acudir a Medjugorje se encontrasen con su Corazón Inmaculado y el Sagrado Corazón de Jesús, de manera que los tres formaran un solo corazón. Poner los sentimientos del corazón en el Corazón Inmaculado de María es comenzar a sanar, por medio de su intercesión, sanar la vida afectiva. ¿Y cómo se alcanza? Por medio de un acto de la voluntad: abriendo cada día el corazón a María para entregarle como Madre, toda la vida afectiva; sin algún tipo de reserva; sin miedos ni egoísmos. Entonces Ella promete conducir todo eficazmente a Su Hijo Jesús. Y Él como don nos otorgará la alegría divina.

Al final del mensaje nos encontramos con una aseveración a modo de conclusión: «Estoy con ustedes para enseñarles y conducirlos a la eternidad». En esta última parte del mensaje la Virgen enfatiza que está con nosotros como Maestra: enseñándonos y exhortándonos. María aparece en Medjugorje como la mejor y más preparada de los maestros actuales del mundo. Basta encender el televisor, echar una mirada a los periódicos o entrar al internet para darnos cuenta de cuantos falsos maestros pululan con sus doctrinas al pueblo de Dios. En tal sentido Medjugorje representa un gran don de Dios para el mundo contemporáneo y la Iglesia. Significa tener a María como garante de la doctrina que la Iglesia transmite por medio de sus legítimos pastores.

Al final del mensaje la Madre dice: «Estoy con ustedes para conducirlos a la eternidad» Nuevamente nos recuerda, como en el mensaje del mes anterior, que estamos en este mundo de paso, que aquí no tenemos una morada permanente. La Madre espera que a la hora de morir, nuestras almas adornen con la virtud que vivimos en el mundo el majestuoso Trono de la Trinidad Santísima. Afirmaba Teresa de Lisieux en un axioma lo que bien resume esta llamada: «quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra».

 
 
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