Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen
María Reina de la Paz

Por el Rev. Padre Jacinto Ladino
(Director Centro María Reina de la Paz - Cúcuta - Colombia)

Octubre 2007

““¡Queridos hijos! Dios me ha enviado entre ustedes por amor, para conducirlos por el camino de la salvación (1). Muchos de ustedes han abierto sus corazones (2) y han aceptado mis mensajes, pero muchos se han extraviado en este camino y nunca han conocido (3), con todo el corazón, al Dios del amor. Por eso los invito: sean ustedes amor y luz (4) donde hay tinieblas y pecado. Estoy con ustedes y los bendigo a todos. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”

(1) Camino de salvación: Mat. 7, 14; 22, 16; Mrc. 12, 14; Luc. 20, 21; Juan 14, 6; Hech. 9,2;
(2) Han abierto sus corazones: Ester 13, 12-30; Apoc. 3, 20; Hechos 16, 14; Deut. 11, 13; I Reyes 3, 14; 6, 12; 11, 38; Nehemías 1, 9; Juan 14, 21;
(3) Nunca han conocido: Juan 1, 11; Juan 4, 10;
(4) Sean luz: Mat. 5, 14-16; Juan 8, 12;

 
 

Abrir nuestro corazón al don de Dios

Nuestra vida no es simplemente una serie de circunstancias, una serie de días que van pasando uno detrás de otro, sino que todos los días de nuestra vida son un don de Dios, no sólo para nosotros, sino sobre todo un don de Dios para los demás, para aquellos que viven con nosotros. Un don de Dios que requiere, por parte nuestra, reconocerlo y hacernos conscientes de que efectivamente es un regalo de Dios. Y permitir, como consecuencia, que en nuestro corazón haya un espíritu agradecido por el hecho de ser un don de Dios.

Ciertamente que esto requiere, por parte de quien toma conciencia de ser un don de Dios para los demás, una correspondencia. No basta con decir “yo me entrego a los demás”, “yo soy un don de Dios para los demás”, es necesario, también, estar conscientes de lo que por nuestra parte esto va a suponer. A veces podemos convivir con el don de Dios y no ser conscientes de que lo tenemos a nuestro lado y no ser conscientes de que Dios está junto a nosotros. Podemos estar conviviendo con el don de Dios y no reconocerlo.

Corredentor, compañero y servidor son las características del corazón que está dispuesto a reconocer el don de Dios y del corazón que está dispuesto a ser don de Dios para nuestros hermanos. A nosotros, entonces, nos correspondería preguntarnos: ¿Soy yo también corredentor? ¿Tomo yo como mía la misión de la Iglesia, la misión de Cristo, que es salvar a los hombres? ¿Soy compañero de Cristo, es decir, lo tengo frecuentemente en mi corazón, bebo su cáliz, comparto con Él todo? ¿Su vida es mi vida, sus intereses los míos, sus inquietudes las mías? ¿Soy servidor de los demás? ¿Estoy dispuesto a ser de los que sirven, de los que ayudan, de los que colaboran, de los que cooperan, de los que se entregan, de los que dan sin esperar necesariamente una recompensa?

Así como el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate de muchos, ¿tenemos nosotros la conciencia de que éste debe ser el retrato de nuestra vida: corredentores, compañeros y servidores de Cristo? Esta conciencia, que nos convierte en don de Dios para los demás, es la que nos convierte en colaboradores, en ayuda y en camino de Dios para nuestros hermanos los hombres.

 
 
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