Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Julio 25, 2012

¡Queridos hijos, hoy los invito al bien. Sean portadores de la paz y de la bondad en este mundo. Oren para que Dios les dé fuerza a fin de que en su corazón y en su vida, reinen siempre la esperanza y el orgullo de ser hijos de Dios y portadores de su esperanza, en este mundo que está sin alegría en el corazón y sin futuro, porque no tiene el corazón abierto a Dios, su salvación. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario

Las invitaciones de la Santísima Virgen no son llamados al voluntarismo. No nos está diciendo que lograremos, como en este caso por ejemplo, ser portadores de paz y de bondad como efecto de nuestra sola voluntad. No es que yo me propongo ser bueno y con eso basta. No es así. La voluntad es imprescindible, claro está, en tanto voluntad de orar a Dios para que conceda esos bienes, voluntad de rezar para estar cerca del Señor y vayan sus gracias penetrando en mí.
Es decir que la voluntad va dirigida primero y siempre a la oración, a la apertura del corazón a Dios, y luego al ejercicio de las virtudes y la represión de los malos hábitos. De la oración parte todo y viene todo, porque ella es encuentro con Dios. Nada podremos llevar al mundo si antes no lo hemos recibido de Dios. Nada bueno. La oración es el reclamo constante para poder hacer lo que la Madre del Señor nos pide. Por eso, implícitamente, la invitación al bien es ante todo un nuevo llamado a la oración del corazón y, especialmente a la oración mayor de todas, la Eucaristía, que es la oración dirigida al Padre ofreciendo el sacrificio puro, santo, propiciatorio que el mismo Hijo hizo de sí. El sacrificio por el que nos viene la salvación es la Eucaristía.

La Eucaristía celebrada es, al mismo tiempo, la presencia del sacrificio del Señor, “aquí y ahora”; la presencia de su Persona, y el banquete sacro por el que recibimos su carne y su sangre gloriosas que nos dan la vida eterna. Esa presencia es un don infinito que Dios nos hace, es un grandísimo regalo que nos permite amar, trabajar para los otros y volvernos instrumentos de salvación porque allí recibimos la fuerza del Espíritu, allí recibimos la paz y el bien que se nos pide, allí nos cargamos de esperanza y aumenta nuestra fe. Ante la infinita donación totalmente gratuita del Señor nuestra respuesta es la gratitud perenne que ofrecemos en la tierra en cada Eucaristía dignamente celebrada y conscientemente participada y en adoración perpetua.
Al mismo tiempo el llamado al bien, a ser portadores de bienes celestiales, requiere en nosotros una conciencia activa. Es decir, detectar inmediatamente toda desviación al bien que surja en nuestros corazones, toda tendencia y acción maléfica, a veces disfrazada de cosas buenas. Y una vez detectadas purificar el corazón mediante la confesión sacramental. No debemos tolerar el mal que quiere constantemente anidarse en nosotros.

Sólo con corazón purificado podemos recibir la Sagrada Comunión, libres de todo pecado mortal. De otro modo, no sólo no recibiremos gracias sino que estaremos comiendo nuestra propia condena. Por eso, los sacramentos de salvación de la confesión y la comunión van juntos, estando prefigurados en la sangre y el agua que brotaron del corazón traspasado del Señor muerto en la cruz. El agua, signo del bautismo pero también de la confesión por ser lavado purificador y regenerador, y la sangre, signo de la misma Eucaristía.

Una segunda reflexión es que nuestra Madre del Cielo no deja de pedirnos seamos sus enviados a este mundo triste y desolado, es decir a los demás que no abren su corazón a Dios. Ella viene por todos sus hijos y no sólo por los que la aman, los que la siguen, los que creen en Dios, rezan y se esfuerzan por ser mejores a sus ojos. Viene, sí, a hablarles a esos hijos -que somos nosotros- para que sean instrumentos suyos en el acercamiento de otros al Señor y en Él encuentren la salvación. Este tema es muy importante, sobre todo cuando por muchas partes se ve o se oye acerca de presuntas revelaciones. Hay profusión de mensajes y algunos que suenan muy bien. Sin embargo, en algunos de ellos aparecen exhortaciones a la salvación de los “elegidos”, que son los que leen y siguen esos mensajes. No, esa no es la Madre de salvación. Esa no es nuestra Madre. Porque Ella está siempre urgiéndonos a que la ayudemos en su plan de salvación para toda la humanidad. La Santísima Virgen no desecha a nadie puesto que quiere la salvación de todos y hasta el último momento la intentará.

Oren para que Dios les dé fuerza a fin de que en su corazón y en su vida, reinen siempre la esperanza… en este mundo que está sin alegría en el corazón y sin futuro
Sin la virtud, o sea la fuerza de la esperanza, que viene de Dios, el futuro se ensombrece hasta alcanzar la mayor oscuridad de la desesperación y, por supuesto, que se borra toda alegría del corazón. Si no hay esperanza no hay futuro.
porque no tiene el corazón abierto a Dios que es su salvación

Dios salva en y por Jesucristo, el único Salvador de todos los hombres, ya que “en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos” (Hch 4:12).
Sabiamente comprueba el salmista que “nadie puede redimirse ni pagar a Dios por su rescate. Es muy cara la redención de su alma y siempre faltará, para que viva aún y nunca vea la fosa”(Sal 49:7). Nadie puede salvarse a sí mismo. Se salva quien se abre a Dios y cuando la persona se cierra, es voluntad divina -para penetrar en esa alma que se resiste o es tibia o indiferente- la intercesión de otros por medio de la oración y el sufrimiento. Esa intercesión la ejerce por sobre todas las creaturas la misma Madre de Dios, María Santísima, y todos nosotros junto a ellas. Ésta es la clave de estas largas apariciones, por las cuales no deberíamos de parar de agradecer a Dios.

Sean portadores de la paz y de la bondad en este mundo
La bondad, junto con la paz, el gozo o sea esa alegría del corazón, la misma benignidad son frutos todos del Espíritu Santo.
Ser personas bondadosas es tener ojos de misericordia ante aquel que te cae tan mal, es verlo con benignidad. Es antes que criticar amar. Es no murmurar sino comprender. No odiar sino perdonar. Es, como exhorta san Pablo: tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Cf. Flp 2:5). O sea no actuar movido por intereses egoístas sino conformar nuestro modo de pensar, de sentir, de actuar al que nos muestra Jesús en el Evangelio: ir hacia el otro despojado de todo rango de superioridad, abriendo nuestro corazón al otro y a Dios con confianza y obediencia. Es esa misma bondad que nos manifiesta nuestra Madre con esta presencia suya y sus palabras. Ella no ha venido a acusarnos y a todos nos llama “queridos hijos” por más que sepa de nuestras miserias.

Ser portador de paz y de bondad es, por lo mismo, respetar toda vida porque ninguna es superflua, porque el hombre lleva en sí la impronta de Dios que lo hace digno.

Para ser portador de paz, de bondad, de esperanza hay que recibir el impulso de lo alto que viene por la oración y en la vida en Dios, en el Espíritu y de su Espíritu. Quien vive en y desde el Espíritu no sólo se beneficia de los frutos del Espíritu sino que se vuelve, por impulso del mismo Espíritu portador de ellos. La tradición de la Iglesia, basada sobre la carta de san Pablo a los gálatas, enumera doce frutos del Espíritu: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia o templanza y castidad (Cf. Gal 5:22-23), la misma alegría, esa que la Santísima Virgen llama orgullo de ser hijos de Dios, es fruto del Espíritu. Pues, para recibir y ser llevados por la fuerza del Espíritu hay que vivir en él y de él. En uno de sus primeros mensajes en Medjugorje, la Reina de la Paz pidió que lo primero que hiciéramos al levantarnos fuera invocar al Espíritu Santo. Decía “ustedes no saben pedir. Pidan el Espíritu Santo y lo tendrán todo”.

Finalizo con otra reflexión. Inmediatamente luego de dar su consentimiento al Arcángel de ser madre del Hijo del Altísimo, el Espíritu Santo se posó sobre María de Nazaret y la cubrió con su sombra, y la impulsó a ir deprisa a su pariente Isabel. ¿Cuáles fueron las consecuencias de aquella visita de la Madre del Señor? Por la sola presencia de la virgen madre, apenas ella saludó a Isabel, el Espíritu se efundió sobre la que había sido estéril y sobre el hijo que estaba gestando. El Espíritu Santo llenó de gozo a quien sería el Bautista, el Precursor de Jesús y lo ungió. El niño, como profetizado por el ángel, fue lleno de Espíritu Santo en el seno de su madre. Pero, la escena no termina allí sino que sigue plena de la acción del Espíritu Santo, porque por el mismo Espíritu es que Isabel reconoce en su joven pariente nada menos que a la Madre de su Señor y en el mismo Espíritu María proclama su canto de alabanzas a Dios.
La reflexión es más bien una invitación a nuestros hermanos separados, a los protestantes, para quienes la revelación es por la sola Escritura. La invitación es que mediten ese pasaje del evangelio lucano. Quién es María y quién soy yo. María no es una mujer como las demás, no es una como nosotros en rango y dignidad ni por elección ni preparación ni misión. Isabel dijo y con ella decimos todos, desde el Espíritu, quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga hasta mí. Todos los decimos. Ella, enviada de su Altísimo Hijo, viene hasta nosotros para traernos la salvación en el Salvador. También en nosotros grandes cosas hará Dios si nos abrimos a estos mensajes del Cielo en la docilidad del Espíritu Santo. Y constantemente experimentaremos el orgullo de ser hijos de Dios, que es la alegría del bautizado.

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org

¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!

 
 
 
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