Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Mensajes de María Reina de la Paz en Medjugorje el 25 de abril de 2013

¡Queridos hijos! Oren, oren, y sólo oren, hasta que su corazón se abra a la fe, como una flor se abre a los cálidos rayos del sol. Éste es un tiempo de gracia que Dios les da a través de mi presencia, sin embargo, ustedes están lejos de mi Corazón, por eso los invito a la conversión personal y a la oración familiar. Que la Sagrada Escritura sea siempre un estímulo para ustedes. Los bendigo a todos con mi bendición maternal. Gracias por haber respondido a mi llamado.
“Oren, oren, y sólo oren”

Comentario

Este comienzo del mensaje merece una importante advertencia. El sentido de las palabras de la Santísima Virgen no es el de exclusión, o sea no quiere decir “oren, oren y no hagan otra cosa más que orar”. Esta traducción literal podría, si fuera tomada en el sentido excluyente, conducir a error. Lo que en realidad está diciendo (1) es “oren, oren, no dejen de orar”, “sigan orando, no se detengan”.

“…hasta que su corazón se abra a la fe, como una flor se abre a los cálidos rayos del sol”.

Usando una similitud -la de la flor que se abre al sol- da la medida de la oración que Ella espera de nosotros: orar hasta que el corazón se abra y se deje penetrar por la fe. Cuando una persona decide rezar en alguna medida ya está abriendo su corazón. Al dirigir su voluntad al encuentro con Dios abre al menos una hendija a la acción del Espíritu Santo. Esa persona no se apoya en la sola racionalidad, en lo que sus sentidos y su cabeza le dicen, sino que –sin abandonar la razón- se deja iluminar por la fe que viene del Espíritu Santo, y es introducida en el misterio de salvación de Dios. La obra de la oración insistente es, entonces, la de abrir el camino a la fe. La fe, a su vez, hará potente a la oración. Tan potente como para obtener otras grandes gracias de Dios. En los relatos evangélicos encontramos que el Señor se deja, diríamos, conquistar por la fe de quien le suplica un favor. Y una y otra vez dice: “tu fe te ha sanado”, “tu fe te ha salvado” (2).

Por tanto, que nadie se valga de la excusa de no tener fe para no rezar. Muchas veces oímos que nos dicen: “¡Qué suerte la tuya porque tienes fe!”. No se trata de suerte sino de oración. Para tener fe hay que decidirse a encontrarse con Dios en la oración, y si la fe es poca, pues, como los apóstoles, pedir: “Señor, aumenta nuestra fe” (Lc 17:5). Con respecto a la intensidad e importancia de la oración valga la siguiente interesante anécdota. El Arzobispo Angelo Comastri recordaba un encuentro con la Madre Teresa de Calcuta así: “Ella me miró con dos ojos límpidos y penetrantes. Luego me dijo: `¿Cuántas horas reza por día?'. Me quedé muy sorprendido por tal pregunta e intentando defenderme le repliqué: ‘Madre, de usted mi hubiera esperado un reclamo a la caridad, una invitación a amar a los pobres. ¿Por qué me pregunta cuántas horas rezo?'”.

“La Madre Teresa me tomó las manos y las apretó entre las suyas, casi como para transmitir lo que tenía en el corazón; luego me confió: ‘Hijo mío, sin Dios somos demasiado pobres para poder ayudar a los pobres. Recuerda: yo soy sólo una pobre mujer que reza. Rezando, Dios pone en mí su Amor en el corazón y así puedo amar a los pobres. ¡Orando!'”.

“Jamás –continúa diciendo Mons. Comastri- he olvidado aquel encuentro: el secreto de la Madre Teresa estaba todo ahí. Nos volvimos a ver muchas otras veces y cada acción y cada decisión de la Madre Teresa las he encontrado maravillosamente coherentes con esta convicción de fe: 'Orando, Dios pone en mí su Amor en el corazón y así puedo amar a los pobres. ¡Orando!'”.

“Éste es un tiempo de gracia que Dios les da a través de mi presencia”

Esto fue comentado muchas veces: este tiempo de gracia que Dios nos concede se manifiesta a través de la presencia de nuestra Madre, en sus apariciones diarias desde hace casi 32 años.
Pero, luego de recordarnos que es tiempo de gracia, dice algo tremendo:

“sin embargo, ustedes están lejos de mi Corazón”

Está diciendo no sólo que es un tiempo de gracia que no aprovechamos sino que estamos lejos de su Corazón. Pese a tanta gracia derramada en estos años, pese a esta cercanía única de la Madre de Dios en la historia, pese sus llamados persistentes y a la voluntad de Dios y de la Virgen de salvarnos y que seamos verdaderamente felices, pese a todo eso, nosotros estamos aún lejos. Para muchos de nosotros la primera reacción al leer esta parte del mensaje ha sido la de no sentirnos incluidos. Sin embargo, nos habla a todos. Debemos asumirlo y cada uno preguntarse “en qué estoy todavía lejos”. Dejémonos interpelar para poder ver en qué medida “el hombre viejo” sigue vivo y presente en nosotros.

“por eso los invito a la conversión personal y a la oración familiar”.

Nadie puede decir estoy ya convertido. Caminar hacia Dios es tarea de cada día. Y en esa tarea la oración es fundamental. La oración que abre paso al Espíritu Santo que nos enseña a orar, e intercede por nosotros que no sabemos qué nos conviene pedir (Cf Rm 8:26). La conversión implica una vida sacramental, o sea confesión asidua de los pecados (al menos una vez al mes), Eucaristía frecuente en la celebración (Misa) y en las visitas al Santísimo (adoración). En este mensaje precisa la oración en familia, entendiendo sobre todo la del Rosario. La familia que reza unida permanece unida, dice el viejo adagio que gustaba repetir el Beato Juan Pablo II. El Santo Rosario -como lo venía pidiendo ya desde Fátima- debe ser rezado todos los días. Y tanto mejor si lo es en familia.

“Que la Sagrada Escritura sea siempre un estímulo para ustedes.”

Junto al rezo diario del Rosario, la Santísima Virgen en Medjugorje pidió la lectura, también diaria, de la Sagrada Escritura y especialmente del Nuevo Testamento.
Su recomendación es leer y meditar cada día un pasaje de la Sagrada Escritura y hacerlo vida. La Eucaristía y la Palabra de Dios deben ser el nutrimiento de nuestra vida espiritual, y la oración el aire por el que respira el alma.

“Los bendigo a todos con mi bendición maternal. Gracias por haber respondido a mi llamado”.

Recibamos la bendición maternal de nuestra Madre y Reina de la Paz con el corazón abierto, porque a través de ella encontraremos renovadas fuerzas para seguir en este camino de fe y de amor..

Gracias Madre por no cansarte de llamarnos.


P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org

¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!

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(1) El apropiado sentido es el de la versión en inglés. (2) La mujer cananea relatados en Mt 15, Mc 17, el paralítico (Lc 5), el Centurión (Mt 8; Lc 7), la hemorroísa (Mt 9; Mc 5; Lc 8), etc.  
 
 

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