Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Reflexiones sobre los mensajes de los días 18 y 25 de marzo 2013

Mensaje del 18 de marzo de 2013 (a través de Mirjana)

¡Queridos hijos! Los invito a que con plena confianza y alegría bendigan el nombre del Señor, y que día a día le agradezcan, desde el corazón, por Su gran amor. Mi Hijo, mediante ese amor que con la cruz mostró, les ha dado la posibilidad que todo les sea perdonado, que no se deban avergonzar y ocultar, y que por temor, no le abran la puerta de vuestro corazón a mi Hijo. Por el contrario, hijos míos, reconcíliense con el Padre Celestial para que se puedan amar a sí mismos, como mi Hijo los ama. Cuando se amen a sí mismos, podrán amar a los demás, podrán ver en los demás a mi Hijo y reconocer la grandeza de Su amor. ¡Vivan en la fe! Mi Hijo, a través de mí, los prepara para las obras que El quiere realizar a través de ustedes, a través de quienes desea glorificarse. Agradézcanle. En especial, agradézcanle por los pastores, por vuestros mediadores en la reconciliación con el Padre Celestial. Yo les agradezco a ustedes, mis hijos. Gracias. !

Mensaje del 25 de marzo de 2013

¡Queridos hijos! En este tiempo de gracia, los invito a tomar en sus manos la cruz de mi amado Hijo Jesús y a meditar acerca de Su Pasión y Muerte. Que vuestros sufrimientos estén unidos a Su sufrimiento y así vencerá el amor, porque El, que es el amor, por amor se dio a sí mismo para salvar a cada uno de ustedes. Oren, oren, oren hasta que el amor y la paz reinen en sus corazones. Gracias por haber respondido a mi llamado.

Comentario

Estos dos mensajes son en gran parte complementarios y ello permite ofrecer una reflexión única y común

La Santísima Virgen está hablando en el tiempo litúrgico de la Cuaresma, tiempo singular de gracia, dentro del arco de tiempo existencial en el vivimos. Porque somos conscientes que vivimos un tiempo de gracia especial en el que el Cielo –cuando la confusión y el mal quieren todo dominarlo- viene en nuestra ayuda.
En la Cuaresma, la liturgia nos conduce a una mayor meditación de la Pasión y la Muerte del Señor. Meditar significa entrar en la profundidad del misterio de ese insondable amor que Dios tiene por cada uno de nosotros. Ese amor es absolutamente gratuito y nuestra respuesta a tal magnificente gratuidad debe ser la gratitud.
Al contemplar desde la fe el cuerpo exangüe de Cristo en la cruz, suspendido entre cielo y tierra, se nos hace evidente que aquel amor ha vencido al dolor y a la muerte (1).


Pero, la cruz nos dice algo más y es lo que expresa nuestra Madre cuando nos invita a unir nuestros sufrimientos al de su Hijo para que también los nuestros sean causa de redención. Nos está diciendo que el sufrimiento tiene sentido cuando, unido a la cruz, es entregado a Dios, porque el poder del amor de Dios lo acoge y transforma para volverlo fecundo, originador de nueva vida.
La cruz es el icono del amor y la fuente de nuestra justificación en el perdón del Padre por el sacrificio del Hijo. La Santísima Virgen nos dice: “Mi Hijo, mediante ese amor que con la cruz mostró, les ha dado la posibilidad que todo les sea perdonado”. Y esto es siempre un motivo de gran felicidad.

Ante la confusión reinante por la que muchos piensan que Dios siempre perdona y por eso no debo preocuparme por la salvación o dicho de otro modo, finalmente todos se salvan, la Santísima Virgen recuerda una verdad que debería ser elemental pero que lamentablemente no lo es. Ella no dice que todo nos será perdonado sino que tenemos la posibilidad que todo nos sea perdonado. ¿De qué depende, entonces, el perdón? No de quien lo da sino de quien lo debería recibir. Depende del arrepentimiento y de la aceptación de Jesucristo como único Salvador. Depende de pedirlo y de acoger la Misericordia Divina (2). Por otra parte, nos recuerda la Reina de la Paz que hay muros que impiden que la persona acuda al confesor en busca del perdón. Los impedimentos que deben de inmediato desecharse son el avergonzarse y ocultarse, como hicieron nuestros padres Adán y Eva cuando pecaron; y el temor que cierra la puerta del corazón a Quien está llamando.

La reconciliación pasa por la Iglesia y en concreto por el sacerdote confesor. Hay quienes todavía se niegan ir a un confesor porque aducen que es un hombre, también él pecador y, entonces, dicen que se confiesan sólo con Dios. Pero, esto es una trampa del demonio para que la persona quede con sus pecados y esos pecados no le sean perdonados. San Juan Crisóstomo decía que el Padre ha puesto todo juicio en manos del Hijo y el Hijo, a su vez, ha concedido este poder a los sacerdotes. El Señor dio a su Iglesia el poder de atar y desatar. La Sagrada Escritura es clarísima al respecto. En el capítulo 20 del Evangelio de san Juan leemos que Jesucristo se les aparece resucitado a los discípulos y luego de darles la paz y decirles que así como el Padre lo envió a Él, Él los envía a ellos “sopló sobre ellos y añadió: ‘Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen y serán retenidos a los que ustedes se los retengan ' ” (Jn 20:22-23).

Así como Cristo fue enviado por el Padre, Él envió a los Apóstoles y a sus sucesores, no sólo a predicar el Evangelio sino para que realizaran la obra de salvación mediante el sacrificio de la Eucaristía y los otros sacramentos (Cf. Sacrosantum Concilium, 6) (3).

Reconciliación con Dios implica reconciliarse con los demás y consigo mismo. “Reconcíliense con el Padre Celestial para que puedan amarse”, nos dice. No se trata de narcisismo sino de amarse cuidando no sólo el cuerpo sino sobre todo el alma. Quien se ama se sabe precioso a los ojos de Dios y desea responder a ese amor con amor. Esa respuesta es el mayor cuidado del alma porque es la respuesta de santidad. Reconciliarse con Dios es reconciliarse consigo mismo. Quien no puede amar a Dios, detesta y se detesta. Quien busca la misericordia de Dios reconoce su miseria pero esa miseria no queda ahí acusándolo, no lo sigue ensuciando, sino que cancelada por la misericordia de Dios que se manifiesta en el perdón sacramental de la confesión, renueva la vida de la persona y le permite ver la belleza, ya no sólo del creado sino de sí misma como creatura que la descubre en su filiación divina. Así es como se ama a sí misma porque ama lo que Dios ha hecho y hace en ella. Así, recupera la serenidad, la paz y la alegría y la libertad de hijo de Dios.

Sin sacerdotes no habría posibilidad de reconciliación. Por eso, pide agradecimiento por los sacerdotes, que actuando en la Persona de Cristo, son quienes absuelven del pecado que separa infinitamente del Padre.
Cuando uno experimenta que sus pecados le han sido perdonados, cuando deja al pie de la cruz la carga que lo aplasta y destruye, cuando el baño en la sangre de Cristo lo purifica y lo justifica y su tristeza se vuelve sonrisa de agradecimiento, el agradecimiento impulsa el alma a trabajar para el bien de otras, siguiendo a Cristo.

Orar y agradecer. Orar y no dejar de orar buscando la meta de la oración que es la paz y el amor que vienen de Dios.

¡Santa y Feliz Pascua porque Cristo resucitó, verdaderamente resucitó!

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org

¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!

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(1) Es la misma certeza que la fe nos manifiesta en la Eucaristía. La Eucaristía es el signo de la victoria de Cristo y de su presencia viva para siempre entre nosotros.
(2) La absolución sacramental supone contrición del corazón, confesión de los pecados y promesa de satisfacción. Si faltare arrepentimiento, si no aceptare a Jesucristo como Salvador, si no se ignorase la misericordia de Dios manifiesta en el sacrificio redentor del Señor, entonces no habrá perdón y sí condena.
(3) La Iglesia Católica es la que posee en los sacramentos todos los medios de salvación y a ellos debemos recurrir para ser salvados.  
 
 

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