Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Mensaje y Reflexion 25 de febrero de 2013

¡Queridos hijos! También hoy los invito a la oración. El pecado los atrae hacia las cosas terrenales, yo, por el contrario, he venido a guiarlos hacia la santidad y hacia las cosas de Dios; sin embargo, ustedes se resisten y desperdician sus energías en la lucha entre el bien y el mal que están dentro de ustedes. Por eso hijitos, oren, oren, oren hasta que la oración se convierta para ustedes en alegría, así su vida se convertirá en un simple camino hacia Dios. Gracias por haber respondido a mi llamado.

Comentario

Permítaseme comenzar con una reflexión personal con la esperanza que sirva a otros hermanos también. La reflexión en cuestión es la siguiente: Al recibir un mensaje de la Santísima Virgen la primera confrontación que debería hacer es conmigo mismo. Sé muy bien que no va dirigido a “otros” sino a “nosotros”, es decir también y sobre todo a mí. Por esto, debo dejarme interpelar por el mensaje sin oponer resistencia ni excusa alguna. En este presente caso estoy obligado a ver en qué y cuánto sigo aferrado a las cosas terrenales y cuánto pecado oculto hay todavía en mí.

En cada uno de nosotros se libra constantemente un combate espiritual ya que por nuestra naturaleza caída tenemos una tendencia hacia el pecado, la llamada concupiscencia, que es esa propensión -que nos viene del pecado original- de obrar el mal. A ello constantemente se suma la acción del Tentador, que conoce nuestras debilidades y nos presenta como bueno y apetecible lo que es esencialmente malo. Y aún no deseando hacer o hacernos el mal, si la atracción es grande, si el pecado está arraigado nos podemos volver, sin desearlo, cómplices del Demonio y víctimas de nosotros mismos. ¿Cuántas veces no se pone dilaciones al emprender un verdadero camino de conversión o bien se oculta la persona en el mal y no se busca prontamente la reconciliación con Dios, la misma salvación –que de eso se trata-, porque hay un deleite o una atracción hacia aquel mal que no se quiere abandonar? El cerrarse en sí mismo permaneciendo en el pecado u ocultándolo al confesor, da poder al Enemigo para que haga su obra de destrucción. Quien no confiesa su pecado permanece bajo el dominio del Espíritu del Mal que actúa en la oscuridad y en la soledad para la perdición del alma, mientras que recurriendo al sacramento en busca del perdón de Dios hace que ese poder de las tinieblas sea aniquilado ante la luz de Cristo. De ese modo reconoce en el sacramento el poder de su Misericordia y a Él como único Señor y Salvador.


La Santísima Virgen nos exhorta a despertar a nuestra realidad ante Dios, a ser vigilantes para poder detectar la cizaña que se arraiga en los pensamientos, en las actitudes, y por supuesto en las acciones.

La oración no puede llevar a la alegría si el corazón se enturbia con el pecado. El pecado es portador de tristeza. Para alcanzar esa oración que se vuelve alegría hay que purificar el corazón en cada confesión precedida de un verdadero examen de conciencia y unida a la contrición necesaria para alcanzar el perdón de Dios. En el momento de la confesión sacramental el mal queda al descubierto, la persona se reconcilia con Dios recuperando su amistad y junto al perdón se recibe la gracia –del fortalecimiento de la voluntad- necesaria para la lucha contra las tentaciones y la recaída en aquel mal. Por eso mismo, ante el pecado cometido no debe haber dilaciones en acudir a la confesión porque cuanto más tiempo pase mayor es el dominio del mal sobre la persona. Al sacramento de la confesión(1) se debe acudir con corazón contrito y con sinceros propósitos de enmienda. Tal contrición no es otra cosa que el alma dolorida por el pecado cometido al que se detesta. Es decir que quien va con esa disposición se acusa a sí mismo; no va al confesor –como suele lamentablemente ocurrir- a auto justificarse ni a acusar a otros. El penitente es alguien que asume su propia responsabilidad por el mal cometido y que confiesa todos los pecados graves (mortales) que no haya antes confesado.

Frente a la realidad del mal y por encima de ella está la gracia y el llamado de Dios al bien y a la santidad. Ese llamado persiste aún cuando el corazón esté endurecido y sucio y la conciencia sofocada por la contumacia en el pecado. Para Dios, como también para nuestra Madre del Cielo, ninguna vida está definitivamente perdida, todo fracaso es susceptible de enmienda y la tristeza y el lamento puede transformarse en perenne alegría y agradecimiento a Dios.

Entre nosotros y la santidad se levanta el muro del yo, que es del egoísmo, el orgullo, la envidia y hasta el victimismo que hace que la persona, por la razón que fuera, se vea siempre como víctima de otras. Es por eso que el camino para vivir los mensajes, más aún para vivir el Mensaje Evangélico, es el de la humildad y de la verdad sobre sí mismo. Quien se encierra en sí mismo, aunque rece su oración poco podrá elevarse y cuando recite el “líbranos del mal” del Padrenuestro pensará en el mal que pueda caerle o venir de otros y no verá que tal petición va dirigida primero al mal que está en su corazón y al que comete a otros e hiere a Dios. Impedir que la cizaña del corazón se arraigue y que, en cambio, crezca el buen grano depende de nuestros esfuerzos y acogida a la gracia y de la resistencia al mal. Esa es la lucha espiritual que cada uno debe librar sabiendo que es asistido y sostenido por la gracia.

Sin embargo, esa lucha trasciende la persona ya que otro combate mayor por nuestras almas es el que libra la Santísima Virgen, Nuestra Madre, la Mujer vestida de sol y coronada de doce estrellas, con el Dragón. Éste es el drama que en nuestro tiempo se presenta con mayor fuerza (y gran evidencia, para quien quiera verlo) que nunca antes en la historia. Por eso, porque Satanás está más activo y agresivo que nunca, porque se ha infiltrado en el mismo santuario y ataca furiosamente desde dentro y fuera de la Iglesia, es que la Madre de Dios y Madre nuestra se manifiesta con su presencia reaseguradora –a lo largo de tanto tiempo y con tanta insistencia- con la cercanía que nos transmite en sus mensajes. No dice cosas nuevas y repite mucho lo que dice porque aunque todo haya sido dicho, todo también es de recordar y todo aún por hacer.

El mensaje que más hemos escuchado ha sido el de la oración. Cada uno de nosotros debe responderse a sí mismo cuánto hemos avanzado en la oración. Porque no se trata sólo de cantidad sino de calidad de la oración. Ella nos pide la oración que se vuelve vida. La oración por la que respira el alma y sin la cual no se puede vivir. La oración de quien tiene constantemente puesta la mirada hacia lo Alto y el corazón anhelante de Dios. “Oren, oren, oren hasta que la oración se convierta para ustedes en alegría”, repite ahora.

Podría quizás llamarnos la atención que en momentos tan difíciles para la Iglesia y el mundo, en momentos en que los cristianos son perseguidos y especialmente los católicos lo han de ser aún más, Ella nos hable de alegría. El posible asombro se disipa cuando se ve que no existe contradicción alguna entre el mensaje y las circunstancias en las que vivimos y las que hemos de vivir sino, por el contrario, que el mensaje significa la afirmación de la gracia. Tengamos siempre presente –bastante necesidad habremos de ello- que la Reina de la Paz nos ha dicho: “quien ora no teme al futuro y quien ayuna no teme el mal”.

Es la gracia de Dios, a la que insistentemente nos llama la Santísima Virgen, la que hace que la oración se torne en alegría por ser encuentro celestial y certeza de bienes futuros.

El Santo Padre, en su última audiencia general de hoy, 27 de febrero, hablando a los fieles de lengua castellana dijo: “Os suplico que os acordéis de mí en vuestra oración y que sigáis pidiendo por los Señores Cardenales, llamados a la delicada tarea de elegir a un nuevo Sucesor en la Cátedra del apóstol Pedro. Imploremos todos la amorosa protección de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia”.

Queridos hermanos, recemos todos, con el corazón abierto y el Rosario en el puño, por nuestro querido Benedicto XVI, por los Cardenales electores, invocando en todo la protección de nuestra Madre y Madre de la Iglesia.


P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org

¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!

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1. También llamado penitencial o de reconciliación con Dios.
 
 
 

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