Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Diciembre 2008

"¡Queridos hijos! Ustedes corren, trabajan y acumulan, pero sin bendición. ¡Ustedes no oran! Hoy los invito a que se detengan ante el Pesebre y mediten sobre Jesús, a quien también hoy les doy, para que Él los bendiga y les ayude a comprender que sin Él no tienen futuro. Por eso, hijitos, pongan sus vidas en las manos de Jesús para que Él los guíe y proteja de todo mal. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

"¡Queridos hijos! Hoy los invito de manera especial a que oren por la paz. Sin Dios no pueden tener paz ni vivir en paz. Por eso, hijitos, hoy, en este día de gracia, abran sus corazones al Rey de la Paz para que nazca en ustedes y les conceda su paz y sean ustedes portadores de la paz en este mundo sin paz. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!" (Dado por medio de Jakov)

 
 

Fatigarse, acumular, correr sin la bendición de Dios es correr sí, pero tras el viento. ¿Qué provecho saca el hombre de todas sus fatigas si Dios no está con él, porque él ignora a Dios? Todo es pura vanidad, no sirve a nada.

Eso era lo que ya observaba el Qohélet y que leemos en el Libro del Eclesiastés.

Por lo contrario, quien busca el reino de Dios y su justicia, es decir quien busca a Cristo con corazón sincero y se esfuerza por seguirlo, haciendo una vida buena ante Dios, puede estar seguro que -sabiendo el Padre del cielo cuáles son sus necesidades- nada esencial le ha de faltar. A ése, Dios se le presentará como Padre Providente.

Desde Adán, cada vez que el hombre peca se esconde de Dios, pero si acepta la gracia de salvación y emprende el camino de retorno podrá reencontrarse con Él. Ese camino de retorno, que es todo camino de conversión, se hace en la oración. Para seguir caminando hay que seguir orando puesto que de la oración no sólo vienen el impulso y las fuerzas para seguir sino que la oración es sobre todo mantener la cercanía con nuestro Creador y Salvador.

Cuando se pierde la oración se apaga el interés por Dios, por todo lo santo y por la vida espiritual y esa pérdida primera es el comienzo de mayores separaciones hasta el deseo manifiesto de desalojar a Dios de las vidas.

Por ello, el abandono de la oración trae como consecuencia el alejamiento de Dios y la pérdida de su providencia divina. Si Dios no está con nosotros entonces todo esfuerzo resulta inútil y toda expectativa vana. El trabajo, la acumulación de bienes, las corridas están destinados al fracaso.

Así nos dice la Santísima Virgen en este mensaje, así lo dice el salmista con otras palabras:

“Si el Señor no construye la casa,
en vano trabajan los albañiles;
si el Señor no custodia la ciudad,
en vano vigilan los centinelas.
Es inútil que os levantáis temprano,
y después retrasáis el descanso,
que comáis el pan de vuestros sudores,
¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!” (Salmo 127)

Dios premia con sus dones y sus ingentes gracias a sus amigos, a aquellos que lo aman. Sin la bendición de Dios la vida se va secando y no es posible recoger frutos.“Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15:5), dice el Señor. Fuera de Él nada podemos, nada somos, no tenemos futuro. Permanece en Cristo quien ora y cumple su mandamiento de amor.

Sin corazón humilde no hay oración verdadera. Sin oración la fe pierde su fuerza, el corazón atracción y la conciencia su luz. Cierto, que el corazón sea humilde y amar con el amor de desprendimiento y oblación que el Señor espera de nosotros, no es algo que se tenga con simplemente quererlo y ya está. Por eso mismo la conversión es un camino que terminará el último día de nuestra vida aquí en la tierra.

Ante la falta de humildad y de amor debemos aferrarnos a la gracia de Dios y colaborar con nuestra voluntad para que por la gracia se recojan frutos de la oración. El fruto primero es la bendición de Dios. Bendición de Dios es su presencia en nuestras vidas y donde está Dios allí está la paz, que es su sello. Entonces, todo cambia en nuestras vidas y aún las adversidades las atravesamos indemnes porque Dios cuida de nosotros. Somos sus amigos y por eso recibimos sus beneficios.

La bendición de Dios viene de la oración en la que nos comunicamos con Él y lo llamamos, clamando, ante las grandes necesidades, pero también lo bendecimos y alabamos y le damos gracias y gloria en adoración.

Después de advertirnos fuertemente sobre la falta de oración en nuestras vidas, la Madre de Dios nos invita al recogimiento. Dice: “hoy los invito a detenerse ante el pesebre”. Ese hoy es el hoy del día de Navidad –cuando Ella dio el mensaje- pero también el hoy de la octava de Navidad que se extiende hasta la Epifanía y más allá del tiempo de la Navidad es el hoy siempre actual. Debemos detenernos ante el misterio de Jesús, Dios oculto en ese niño recién nacido. Nuestra Madre del Cielo nos está invitando a contemplar la gloria de Dios en ese pesebre y a extasiarnos ante ese niño que ilumina el mundo. Deteniéndonos en tan sublime meditación estaremos recibiendo la paz que irradia el recién nacido, porque Él es Dios. Fuera de él no hay paz.

Nadie, absolutamente nadie, puede darnos la paz que Cristo nos da. A quienes ponen su confianza en los hombres, a quienes creen que de ellos y no de Dios vendrá el bien y la paz, el Señor les habla, por boca de Jeremías, cuando dice: “Maldito el hombre que confía en el hombre... y del Señor se aparta en su corazón... bendito aquél que pone su confianza en el Señor pues el Señor no lo defraudará. Es como árbol plantado a la vera del agua... No temerá cuando viene el calor, y estará su follaje frondoso; en año de sequía no se inquieta ni deja de dar fruto” (Cf Jer 17:5-8).

En la pobreza del pesebre está Dios que se hizo niño para que no le temamos y poder acercarse a nosotros como más no sería posible hacerlo. Y aquí estamos nosotros adorándolo, amándolo (¡qué fácil es amar a este Niño!) y dejándonos acariciar por sus manitas que nos bendice. Hasta aquí nos ha traído la Madre y ahora nos ha dejado, se ha apartado silenciosamente para que cada uno tenga su momento de intimidad con este pequeño Jesús. Para que le hablemos y hasta lo abracemos y estrechemos contra el pecho y lo adoremos en el silencio de la noche.

Señor, nuestra vida sin ti no tiene futuro. Es más, sabemos muy bien que no tiene presente y que sin ti nuestro pasado nos condena. Porque estás tú, porque has venido a salvarnos, porque eres nuestro Salvador, porque el mayor mérito que podemos presentarte es tu misericordia es que te entregamos el pasado, este hoy, y toda nuestra vida, la que tú decidas tengamos por recorrer en esta tierra, con la esperanza de estar contigo en la eternidad. Tú eres el Rey de la Paz, sin ti no hay paz, fuera de ti no hay ninguna posibilidad de paz ni siquiera efímera. Ya hemos visto qué han logrado los hombres cuando ellos mismos han querido hacerse el paraíso en la tierra sin ti, y estamos ahora viendo lo que hacen cuando te desalojan de la vida: sólo violencias, guerras, muerte.

Tu Madre, nuestra Madre, hoy también nos llama a la paz, a no separarnos de ti, Rey de la Paz, y a orar en particular por la paz. Tu Madre ve lo que nosotros no vemos ni podemos sospechar. Ella, como en el pasado, en momentos graves para la humanidad, nos está advirtiendo de la seriedad de la situación [1] y al mismo tiempo diciendo qué debemos hacer. Ahora mismo, Señor, acudimos a ti, para que nos des tu paz, para hacer de nosotros portadores de tu paz. ¡Oh, Señor!, no te apartes de nosotros. No nos dejes afuera donde sólo hay oscuridad. Quédate con nosotros, Señor, que ya se hace noche. Acompáñanos en nuestro caminar iluminándolo, bendiciéndolo, protegiéndonos, porque sin ti nada podemos, Jesús.

A todos: ¡Muy Feliz Santa Navidad y Bendecido Año Nuevo 2009!

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

[1] En el mensaje de diciembre de 1990 la Reina de la Paz mencionó -como ahora en el mensaje dado a Jakov- 7 veces la palabra paz. Pocos días después comenzaba la guerra del Golfo. Démonos prisa en cumplir con lo que nos pide: ¡orar por la paz!

 
 
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