Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Diciembre 2007

"¡Queridos hijos! Con gran alegría les traigo el Rey de la Paz , para que Él los bendiga con su bendición. Adórenlo y dediquen tiempo al Creador, a quien anhela vuestro corazón. No olviden que son peregrinos en esta tierra y que las cosas les puedan dar pequeños gozos, mientras que a través de mi Hijo les es donada la vida eterna. Por ello estoy con ustedes, para guiarlos hacia aquello que anhela vuestro corazón. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

Mensaje del 25 de Diciembre 2007 dado por medio de Jakov

¡Queridos hijos! Hoy los invito especialmente a abrirse a Dios y a que cada corazón de ustedes se vuelva el lugar donde nace el pequeño Jesús. Hijitos, a través de todo este tiempo que Dios me permite estar con ustedes, deseo conducirlos a la alegría de sus vidas. Hijitos, la única verdadera alegría de vuestra vida es Dios. Por ello, queridos hijos, no busquen la alegría en las cosas de la tierra sino que abran sus corazones y acepten a Dios. Hijitos, todo pasa, sólo Dios permanece en vuestro corazón. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Llama la atención que pudiendo la Santísima Virgen dar mensajes diferentes a cada uno de los videntes - como lo hizo en otras ocasiones-, haya querido esta vez, con distintas palabras, insistir en lo mismo: recordarnos que la vida sobre esta tierra pasa y nuestra meta es la eternidad, en y con Dios.
Nos está diciendo que no podemos aferrarnos en lo que es mero tránsito, que todo lo puramente terreno es efímero, y si acaso nos provoca un placer ese placer no dura. Los motivos de alegría, por lícitos que sean, cuando sólo son de acá, son de un momento y no dejan huella que trascienda. El gozo verdadero, la verdadera alegría sólo está en Dios.

“Los nudos se desatan solos porque la cuerda se consume. Todo se va, todo pasa, el agua corre y el corazón olvida”. El pensamiento es de Gustave Flaubert. La vida es frágil, todo fluye, todo envejece, la pasión de hoy mañana se apaga, la herrumbre devora los tesoros de la tierra, todo pasa.

El poeta expresa de un modo tocante lo que es parte de la enseñanza bíblica. Pero, no debemos quedarnos tan sólo con la imagen triste de un pasado irrecuperable sino que debemos ir hacia el llamado divino de la abundancia y la eternidad de los bienes dados al hombre por la gracia del amor de Dios. Hay algo que no sólo permanece sino que es un verdadero tesoro a conquistar. Y en tal sentido, es el Señor quien nos alerta y muestra qué debemos hacer: “No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro allí estará también tu corazón” (Mt 6:19-21).

La verdadera riqueza es tener a Dios por amigo haciendo su voluntad. La verdadera riqueza es preparar en el fondo de mi alma, en lo más noble y alto de mi ser, en lo profundo de mi corazón, una morada al Señor. Es dejar que Jesús nazca en mí y tome señorío de toda mi vida. Esa es la verdadera riqueza: la de quien se despoja de sí, de su orgullo, de sus seguridades humanas y de sus temores sobre el futuro para abandonarse confiado en su Creador y Salvador. En fin, es la riqueza de quien se hace pobre ante Dios. Por eso, en uno de los libros sapienciales nos es dicho: “Hay quien presume de rico y no tiene nada; hay quien pasa por pobre y tiene gran fortuna” (Pr 13:7).

Ser rico ante Dios es darle un nuevo valor a las cosas, al mismo dinero. Como, muy concretamente, escribió Ben Sirá: “Por el hermano y el amigo pierde tu dinero, que no se te enroñe inútilmente bajo una piedra” (Si 29:10). El apóstol Santiago el Menor, en su epístola advertía severamente que la plata, el oro atacados por la herrumbre, las riquezas acumuladas y carcomidas que sólo se supieron atesorar egoístamente, serán acusatorias el día del juicio (Cfr St 5:2-3). Porque ¿de qué sirve todo lo acumulado –que inexorablemente quedará después de nuestra partida de este mundo- cuando no hemos sido capaces de dar a quien tenía necesidad de recibir? ¿Cuál ha de ser el rédito de lo gastado en placeres efímeros, cuando fuimos egoístas pensando sólo en nuestro placer momentáneo? ¿Qué otra cosa hemos de llevarnos sino todo lo que hemos dado en amor?

La búsqueda del tesoro del cielo se la hace teniendo a Dios en el corazón: en el amor.

Nuestro corazón tiene nostalgias de eternidad, de infinito y esto no puede venir de la experiencia sino del anhelo de Dios, que Él pone en nuestro corazón. Es de san Agustín la tan recordada frase: “nuestro corazón está inquieto hasta que no reposa en Ti, Señor”.

Todo pasa, sólo Dios queda. Sólo Dios puede dar la plenitud y colmar toda esperanza.

Solemos estar muy atrapados por las cosas del mundo, muy preocupados por distintos problemas: de subsistencia, de realización personal, de responsabilidades familiares… Cierto es que el mundo circundante nos resulta hostil, sobre todo por ese magma cultural y moral en que estamos inmersos y donde no hay cabida para nada trascendente. Un mundo que puede presionar hasta el agobio y que trata de confundirnos cuando no puede convencernos. Un mundo que corroe al punto que muchos llegan a claudicar de sus valores y a ser infieles a Dios, justificándose diciendo: “y bueno, todos lo hacen”.
Nada, en cambio, nos debe verdaderamente preocupar, más bien la solución que trae la luz y la paz en cada situación es ocuparnos de las cosas de Dios. El Señor nos exhorta a dejar las preocupaciones sobre el futuro y a vivir el hoy de Dios y en Dios, ocupándonos del Reino, porque si hacemos todo lo demás vendrá por añadidura (Cf Mt 6: 33-34). En una palabra: ocuparnos hoy de Dios para no preocuparnos por el mañana, porque de ese mañana Él se ocupará.

Ocuparnos de Dios es dedicarle tiempo, consagrándolo a la meditación y a la adoración (“dedíquenle tiempo y adórenlo”, nos dice nuestra Madre, en el mensaje de este mes). Ocuparnos de Dios es rumiar la Palabra hasta asimilarla y encarnarla, dar un tiempo a las oraciones y realizar las obras de amor que se nutren y construyen desde la adoración.

Ese es, entonces, tiempo que cobra nuevo valor, el valor de la eternidad, de la trascendencia y de la paz, del gozo que ha de perdurar. Y ese tiempo será multiplicado por Dios.

La tentación diabólica es que ése, el tiempo dedicado a adorar, a meditar la Palabra , a rezar, es tiempo perdido. Satanás sabe muy bien que si nos acercamos más a Dios seremos más protegidos y Dios nos volverá más fuertes a sus ataques y tentaciones. Sabe el demonio que dedicando tiempo a Dios encontramos claridad y luz verdadera mientras él trata de confundir y encandilarnos.
El tiempo dado al Señor es tiempo de salvación para nosotros y para otros por los que intercedemos y, en adoración, reparamos en su lugar.

Debemos ser conscientes que cuando adoramos a Jesús en el Santísimo Sacramento, lo estamos adorando a Él presente, en persona. Saber que estamos adorando a Dios en espíritu y en verdad. Ser conscientes que Él está ahí, frente a nosotros, en el silencio y la simplicidad de la Hostia consagrada.

¿Cómo lo sabemos? Porque Él mismo lo ha dicho al instituir la Eucaristía en la Última Cena: “..esto es mi cuerpo… este es el cáliz de mi sangre..”, e instituyendo también el sacerdocio nos ha mandado a actualizar el misterio de su presencia, al decirnos: “Haced esto en memoria mía”. Mandato que se actualiza en el sacrificio eucarístico de cada Misa.  

Lo sabemos porque es la fe de la Iglesia.

Lo sabemos porque el Señor, a través de la historia de la Iglesia , ha ayudado a nuestra fe regalándonos innúmeros milagros eucarísticos. Uno de los más renombrados es el de Lanciano, en Italia. Allí, hace casi 1300 años atrás, ante las dudas del sacerdote celebrante, en el momento de la consagración, la hostia se transformó en carne y el vino en sangre. Pese a que la carne y la sangre del milagro han estado expuestas a agentes atmosféricos y biológicos y hasta químicos, durante más de un milenio, aún hoy se los puede ver. Exámenes hechos en la década del 70 demostraron que la carne es humana, del endocardio, es decir del corazón y la sangre es del mismo grupo que la de la Sábana Santa de Torino. Además, la sangre tiene todas las características de la apenas extraída.
Pero, quizás menos conocidos son otros milagros eucarísticos del siglo pasado y no menos convincentes. Son los que conciernen a tres místicas, una de ellas Beata de la Iglesia y las otras dos en vías de serlo: Marthe Robin, Teresa Neumann y Alexandrina da Costa.

Marthe Robin, francesa, muerta en 1981, vivió nada menos que 53 años, postrada en su lecho, sin comer ni beber nada y ni siquiera dormir, la sostenía la Eucaristía que recibía una vez a la semana. Marthe decía: “Cristo es mi alimento sobreabundante”.

Jean Guitton, amigo del Papa Pablo VI, el único laico que participó de sesiones del Concilio Vaticano II, filósofo y miembro de la Academia Francesa , escribió un libro sobre esta gran mística conocida y consultada por intelectuales y altos prelados de la Iglesia. Marthe Robin es fundadora de los Foyers de Charité.

Todos los viernes sufría grandemente porque participaba de la Pasión de nuestro Señor y quedaba como muerta hasta el domingo. ¡Cómo no maravillarnos ante tal milagro al ver a una persona de tal fragilidad, que además de deber ser consumida por la falta total de alimentos y sueño y de sufrir los grandes padecimientos de la Pasión hasta la total extenuación, pudiese sobrevivir y esto por la sola Eucaristía!

Parecido es el caso de Teresa Neumann, alemana, muerta en 1962, quien vivió 36 años con la Eucaristía que recibía todos los días como único alimento. Jamás probó comida ni bebida alguna. Por otra parte, recibió las llagas del Señor y cada viernes tenía su “pasión”. Muchísimas personas fueron testigos y vieron la sangre que salía copiosa de sus heridas y que empapaban sus vestidos, mientras expresaba gran sufrimiento espiritual y físico. La diócesis de Ratisbona instituyó una comisión de especialistas que tuvieron bajo estricto y continuo control a Teresa durante 15 días. Al término de esos días los médicos dictaminaron la autenticidad de los estigmas y confirmaron que ninguna sustancia había sido ingerida durante esos 15 días. Teresa, hay que repetirlo, no comía nunca, no bebía nunca, perdía grandes cantidades de sangre y se sostenía con la sola Eucaristía.

Alexandrina da Costa, portuguesa, muerta en 1955, proclamada Beata por la Iglesia , no tenía estigmas visibles, pero durante treinta años permaneció inmovilizada en su lecho. A menudo revivía la Pasión del Señor y era tanto el sufrimiento que quienes asistían quedaban fuertemente impresionados. Durante 13 años y 7 meses no asumió alimento o bebida algunos. Sólo se nutría de la Eucaristía que recibía diariamente. Jesús le había dicho: “No te alimentarás más en la tierra. Tu alimento es mi carne. Tu sangre: mi sangre. Grande es el milagro de tu vida”. Los médicos, que en aquel tiempo eran casi todos ateos declarados, querían desenmascarar lo que para ellos era un fraude y lograron convencer a Alexandrina someterse a un control científico en ambiente hospitalario. Alexandrina aceptó con una condición: poder recibir todas las mañanas la comunión. Así fue admitida en un hospital cerca de Oporto y puesta bajo la cura de un profesor miembro de la Real Academia de Medicina de Madrid. Allí permaneció aislada durante 40 días, bajo estricto control de un equipo, que la vigilaba día y noche. Los incrédulos debieron finalmente concluir que se encontraban frente a un hecho absolutamente inexplicable.

“Yo soy el Pan de Vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá sed” (Jn 6: 35)

¿Cómo dudar, entonces, que el Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente en la Eucaristía ? Nuestra Madre nos guía -nos lo dice y lo comprobamos- en este camino hacia Dios, llevándonos hacia su Hijo. Él es la Vida , Él ha venido a que tengamos vida y la tengamos en abundancia (Cfr Jn 10:10). Él nos ha donado la vida eterna (Cfr Jn 10:28).  Si creemos en Él tendremos la vida eterna (Cfr Jn 6:47).“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6:54).

Este camino de apertura del corazón se transita de un solo modo: orando, adorando y haciendo la voluntad de Dios en nuestras vidas.

Que de este pequeño niño en brazos de su Madre, Rey de la Paz apenas nacido en Belén, recibamos todos su bendición, y crecido en nosotros podamos llevarlo al mundo para que el mundo sea también bendecido con la salvación y la vida eterna. Amén.

A todos: ¡Muy feliz y santa Navidad!

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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