Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen
María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Octubre 2006

"¡Queridos hijos! También hoy les traigo en brazos a Jesús recién nacido. Él, que es el Rey del cielo y de la tierra, es su paz. Nadie, hijitos, les puede dar la paz como Él, que es el Rey de la Paz. Por eso, adórenlo en sus corazones, elíjanlo y tendrán la alegría en Él. Él los bendecirá con su bendición de paz. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! "

 
 

Jesús es Rey del Universo, de todas las realidades creadas, porque es Dios. Pero, este Rey ha venido al mundo en la pobreza y limitaciones de la carne humana manifestando debilidad y aceptando el desprecio de quienes, ya desde su nacimiento, no lo acogerían. Porque, ayer como hoy, quienes se niegan a recibir a su Madre están rechazándolo a Él.

Dios hecho hombre, que no deja por eso de ser Dios, nace en la pobreza, entre el desprecio y el egoísmo de los habitantes de Belén. Curiosa y -al mismo tiempo- significativamente, Jesús nace como muere, fuera de la ciudad, rechazado por los suyos, en la pobreza más tremenda y en la casi desnudez. Sólo lo envuelve el calor del amor de los suyos más suyos: siempre el de su Madre; san José cuando nace y las mujeres que lo seguían junto al discípulo que el Señor amaba, en la cruz.

Este Niño pide nuestro amor y nos llama, desde los brazos de su Madre, para que lo sigamos.
Este Niño es Rey, pero no viene con grandezas sino en lo oculto de su majestad y su divinidad para que nos acerquemos y en la adoración del corazón lo descubramos.

Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) escribió que frente al pesebre se dividen los espíritus. Hoy ese Niño, que es Rey de Reyes y Señor de Señores, es rechazado por muchos y ya no solamente por individuos sino por sociedades enteras porque, aunque no todos estén de acuerdo con lo que dictan sus gobiernos, nadie o casi nadie se alza para defender al Rey de la gloria. Y hoy ya no sólo molesta a muchos el crucifijo sino también el pesebre. En Europa, por ejemplo, en muchos lados están explícita o tácitamente proscriptos los pesebres o belenes, y en algunos lugares se ha llegado hasta arrojarlos a la basura o se los ha quemado. Esto ocurre porque el pesebre como la cruz interpela y quien anda en las tinieblas no puede aceptarlo. Pero, “la luz brilla en las tinieblas…”.

La paz es una elección pero una elección que no va referida simplemente a la buena voluntad sino hacia una persona: Jesucristo. Por eso, en este mensaje la Santísima Madre nos llama a elegirlo a Jesús. Elegir a Jesucristo es elegir la paz. Él es mi paz y Él es quien puede darme la paz verdadera, muy diferente de la paz del mundo.

Todos los días se reciben mensajes de buena voluntad que nos auguran la paz y la felicidad, la red está llena de esos mensajes comúnmente acompañados por bellas imágenes y por música, pero he notado que muchos de ellos se basan sobre el voluntarismo humano y encierran errores o ignoran lo más importante: que sólo Dios puede dar la paz y que Jesucristo es el único capaz de dárnosla. De voluntarismo humano está llena las Naciones Unidas y ¿qué resulta de todo ello? Tratados que no se cumplen, acuerdos que generan conflictos aún mayores porque están preñados de injusticia y de falsedades. Es cierto que debemos contar con la buena voluntad humana para que el mundo cambie a mejor pero con la condición que no sea la sola voluntad de los hombres la que realice el cambio, puesto que eso desconoce el mal que cada uno lleva adentro. Para comprobarlo no necesito ir muy lejos, basta que mire en mi interior y vea todo el mal que hay en mí.

El Santo Padre, en su mensaje navideño, le recordó al mundo que “a pesar de tantas formas de progreso, el ser humano es el mismo de siempre: una libertad tensa entre bien y mal, entre vida y muerte. Es precisamente en su intimidad, en lo que la Biblia llama el "corazón", donde siempre necesita ser salvado. Y en la época actual postmoderna necesita quizás aún más un Salvador, porque la sociedad en la que vive se ha vuelto más compleja y se han hecho más insidiosas las amenazas para su integridad personal y moral. ¿Quién puede defenderlo sino Aquél que lo ama hasta sacrificar en la cruz a su Hijo unigénito como Salvador del mundo?”.

La paz del mundo, es decir, lo que el mundo entiende por paz, está condicionada a muchas circunstancias y aún en el improbable caso que se dieran todas juntas, sabemos de antemano que nunca serán duraderas. Para el mundo la paz es: ausencia de conflictos armados en el orden de las naciones, y en el personal la tranquilidad que venga de una situación económica holgada, de la buena salud propia y de las personas allegadas, de la ausencia de litigios en el hogar y en el ámbito laboral, y en general relaciones tranquilas con todas las personas. ¿Es esto posible cuando Dios está ausente de las vidas o cuando se lo relega a la esfera solamente personal, lo que suele suponer que no es lo primero tampoco en la vida ordinaria de las personas? Aún en el presupuesto que todas aquellas condiciones favorables se diesen, al no estar Dios presente al hombre lo carcome la angustia ante la pérdida de alguna de ellas, como la enfermedad y muerte de las personas que quiere, su propia decrepitud y su muerte o mucho más simplemente la incertidumbre que le significa el futuro en la posible pérdida de un trabajo o de su posición económica. Por otra parte, es sobreabundante la realidad de guerras y conflictos por todas partes de la tierra, de amenazas cada vez más seria de destrucción del planeta por una guerra nuclear o por calamidades climáticas. En muchas partes pueblos se levantan en armas y en Occidente tanto como en Oriente hay que contar con terroristas con medios de eliminación cada vez más letales y con la perspectiva cierta que puedan acceder a armamento nuclear, el cual –por otra parte- es ya incontrolable.

En medio de ese panorama, las familias están destrozadas desde dentro y también desde fuera porque quienes deberían defenderla –los estados con sus leyes- la atacan fieramente y la equiparan a formas de uniones manifiestamente depravadas. Palabras como “familia”, “amor”, “amistad”, “derechos” dejan de tener su significado que hablan de la dignidad del hombre para representar aberraciones y confusión, porque cuando se pervierte una sociedad una de las primeras cosas que se prostituye es el lenguaje. Por otra parte, qué pueden significar, incluso la palabra “hombre” cuando se ha quitado del lenguaje y de la vida a la Palabra, a Dios.

A pesar de los progresos también la salud de las personas se ve bajo asedio, cada vez más expuesta a enfermedades, comenzando por las espirituales y psíquicas y continuando por las viejas y nuevas plagas y por el envenenamiento de alimentos y del ambiente.
Cuando falta Dios en el horizonte de la vida de las personas las relaciones se contaminan con el odio, la incomprensión, el resentimiento, la mezquindad, la búsqueda egoísta del placer a toda costa, la lucha despiadada por alcanzar o mantener un status,…

Quien, en cambio, es bendecido por el don de la paz del Señor puede estar en la situación más difícil personal, familiar, social, incluso en medio de una guerra, pero nada le hará perder ese estado de gracia que porta en su corazón y que le da serenidad ante la adversidad y no llega a minar su fe ni hace decaer su esperanza.

Suelo recordar el comentario de un periodista a propósito de Medjugorje en los años de la guerra, que escribió “¡Qué ironía! Ver personas que llegan a un país en guerra para encontrar la paz”. Y era y es así: desde hace 25 años y medio la Reina de la Paz viene a traernos el don invalorable de la paz de Cristo.

La paz de Cristo es diferente, porque es don divino que viene de la Pasión, muerte y resurrección del Señor. Su paz es pascual y por tanto celestial y eterna. Es un sello que pone en el corazón de quien cree y se confía en Él y se decide por Él. Es la paz que cantan los ángeles a los amados de Dios, es la paz que trae el Cordero a los hombres de buena voluntad, a los pequeños, a los humildes, a los que se asoman a la gruta del recién nacido, envuelto en pañales y en brazos de su Madre, para adorarlo.

Por lo mismo que al encontrar a Jesús lo primero que hicieron pastores y magos fue adorarlo, ahora nuestra Madre nos llama ante todo a la adoración que ya en sí supone elegir a Jesús como nuestro Dios y Rey de la paz.

La Santísima Virgen nos invita a que lo elijamos a Él, a que nos decidamos por el Señor de la vida que nos muestra –Niño en Belén- que podemos confiar en la ternura de su amor. Él, que es la Luz, vino a iluminarnos con la verdad y el amor, vino a traernos el bien, todo bien, vino a regalarnos el don de la paz.

Inclinemos nuestras cabezas para recibir la bendición de la paz que Jesús nos trae de brazos de María, y dejemos que la Virgen nos estreche en un abrazo que es su bendición maternal.

A todos, queridos hermanos, una ¡muy feliz, santa, bendecida Navidad!

MENSAJE DEL 25 de DICIEMBRE de 2006 dado a través de Jakov

"Queridos hijos, hoy es un gran día de gozo y de paz. Regocíjense conmigo. Hijitos, los invito especialmente a la santidad en sus familias. Deseo, hijitos, que cada una de sus familias sea santa y que el gozo divino y la paz, que Dios especialmente hoy les envía, reinen y moren en sus familias. Hijitos, abran hoy sus corazones, en este día de gracia. Decídanse por Dios y pónganlo en el primer lugar en sus familias. Soy la Madre de ustedes. Los amo y les doy mi bendición maternal."

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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