Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Noviembre 2010

¡Queridos hijos! Los miro y veo en su corazón muerte sin esperanza, inquietud y hambre. No hay oración ni confianza en Dios, por eso el Altísimo me permite traerles esperanza y alegría. Ábranse. Abran sus corazones a la misericordia de Dios y Él les dará todo lo que necesitan y llenará sus corazones con la paz, porque Él es la paz y su esperanza. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 

 
 

Comentario

¡Queridos hijos! Los miro y veo en su corazón muerte sin esperanza, inquietud y hambre.

¿Cómo es la mirada de la Virgen, nuestra Madre? Su mirada es un escrudiñar desde el amor y la compasión. Compasión porque sufre con nosotros y por nosotros. Misterioso sufrimiento de quien goza del Cielo, como ninguna criatura puede gozarlo, pero que ama también como nadie, excepto Dios mismo, puede amarnos. Por eso sufre, se compadece y nos alerta.

Su mirada atraviesa nuestro corazón, es decir nuestra intimidad más profunda, tan profunda que a veces no es totalmente accesible a nosotros mismos porque está velada por el error o la autosugestión de creernos aquello que no somos y querríamos ser.

La Virgen, Ella que todo lo conoce de nosotros, ve la falta de esperanza que lleva a la muerte espiritual y sabe que vivir sin esperanza comporta desesperación, porque se pierde el horizonte de la vida y, peor aún, se ignora la promesa de la vida eterna.

Cuando el alma muere, cuando el espíritu languidece por falta de vida espiritual viene inmediatamente el desasosiego y se vive inquieto, con miedos, tristes. La persona no lo percibe pero tiene hambre, hambre espiritual, hambre de infinito y eternidad y ese hambre no puede ser saciado porque se está viviendo equivocadamente, dejando a Dios fuera de las propias vidas.

 

No hay oración ni confianza en Dios…

La falta de esperanza y de paz, la tristeza y la muerte espiritual son síntomas de una causa profunda y muy precisa: vivir lejos de Dios.

Vive lejos de Dios quien no lo conoce o quien lo ignora deliberadamente y lo rechaza.

A su vez, el desconocimiento de Dios implica la falta de un verdadero encuentro con Cristo. Puesto que el cristiano es alguien que conoce a Cristo, que lo reconoce como Dios y hombre y sabe por fe que es su Salvador.

Por eso, el verdadero creyente es todo aquel que se ha encontrado y se encuentra con Cristo Salvador, y sólo se encuentra quien se deja encontrar por Él, y le reza y confía en el poder de su amor redentor.

 

…por eso el Altísimo me permite traerles esperanza y alegría.

Es Ella, la Madre del Señor, que nos trae a su Hijo y nos conduce a Él. Por estas venidas de María recobramos la esperanza. Por Ella y por medio de Ella, nos encontramos con Jesucristo que nos da vida y vida en abundancia.

Nuestra Madre viene a traernos y a llevarnos a la paz y a la alegría que Jesucristo nos ofrece. Para alcanzar la paz y la alegría perdidas nos indica los medios: orar y abandonarnos confiadamente en Dios. En una palabra, abrirnos a la misericordia divina de la que la Santísima Virgen es portadora con sus mensajes y su presencia de Mediadora. 

Ábranse. Abran sus corazones a la misericordia de Dios…

Pero, la oración y la confianza en el Salvador vienen de una apertura previa a su gracia. Para abrir algo, necesario es remover los obstáculos o impedimentos, quitar las trabas, salir del encierro. Así es con el corazón del hombre. Para abrirlo, la voluntad debe estar dirigida a salir de sí para ir al encuentro del Salvador quitando todo aquello que lo impida.

Abriendo el corazón a Cristo –la medida de la apertura está en la confianza que ponemos en el Señor- permitimos que su misericordia llegue a nosotros. Y, como le decía el Señor a santa Faustina, cuanto mayor sea la confianza en Él mayor será la misericordia obtenida.

Dios desborda de amor misericordioso hacia nosotros y siempre busca nuestra salvación dándonos todos los medios para que seamos salvos (la plenitud de esos medios están en su Iglesia), pero, en virtud de nuestra libertad, depende de nosotros aceptarlos, rechazarlos o ignorarlos.

Abrir el corazón implica varias cosas y entre ellas una actitud franca de humildad, de escucha y de comunicación con Dios en la oración. Abrir el corazón es aceptar que necesito ser salvado y que Dios es mi único Salvador. Abrir el corazón es querer y desear encontrarme con el Señor. Encontrarme en sus sacramentos, especialmente la confesión y la Eucaristía. La Eucaristía de cada Misa y de cada visita al Santísimo para adorarlo.

Si la Madre de Dios insiste en la oración es porque es medio eficaz e insustituible para encontrarnos con Dios.

La oración es “obra del corazón, no de los labios, porque Dios no mira a las palabras (y esta verdad podemos extenderla a la Virgen), sino al corazón del orante”. San Cipriano decía: “Dios no escucha la voz, sino el corazón”.

El encuentro es también con la Palabra que se lee y se asimila, que se encarna. “Cuando oras, eres tú el que habla con Dios; cuando lees la Palabra, es Dios que te habla”.

 

…y Él les dará todo lo que necesitan y llenará sus corazones con la paz, porque Él es la paz y su esperanza.

La confianza en Dios es la fe que sostiene la vida y aparta los miedos, las inquietudes, las faltas de paz.

Confiar en Dios significa salir de los escondites en que nos mete el miedo, dejar también falsas seguridades humanas y sobre todo creer en Él, en su misericordia, en lo que nos dice desde las Escrituras.

 

Hoy existe una falsa idea de Dios, muy difundida, que es necesario advertir y corregir. En muchas partes se suele escuchar: “Dios es misericordioso” (lo cual es verdad absoluta) y “ha de perdonar a todos...” o “todos finalmente se salvarán (por lo que el infierno podría estar vacío o no existir!!!)”... o “hay que ser tolerante con quien peca o lleva al error (se entiende sobre todo desviándose del camino de la verdad de fe pero también de desviación moral) porque Dios es amor”. Todas esas falsas ideas y opiniones (¡qué curioso! Muchas personas que se consideran católicas opinan sobre la fe y sobre cómo es o debería ser Dios sin atender para nada lo que dice el Catecismo y el Magisterio de la Iglesia. Muchos se han vuelto protestantes sin saberlo porque ellos tienen su propio magisterio, sus opiniones sobre la fe y la moral) todo esto manifiesta la peligrosa distorsión de concebir un dios permisivo y tolerante del mal. Se trata de un puro “buenismo”, en el que se atribuye a Dios, que es infinitamente Santo y no tolera la mínima mancha de pecado ni de error en la fe, complacencia o condescendencia con el mal.

Dios ama al pecador pero aborrece el pecado. Dios es misericordioso porque es justo. Esos atributos –justicia y misericordia- no se contradicen porque en Él no hay contradicción. La prueba mayor de su justicia es la misma de su misericordia: Cristo crucificado.

Al banalizar su justicia se banaliza automáticamente su misericordia y se hace vana la Redención por la muerte de Jesús en la cruz. Pues, ¿qué queda de la misericordia sin la justicia? ¿Acaso en esta vida la muerte no es un castigo que viene de un pecado original y transmitido? ¿Acaso la muerte no fue vencida porque es un terrible mal y lo fue por la justicia divina realizada en la Pasión y Muerte de Cristo? ¿Acaso no existe la vida eterna (el Cielo) y también la muerte eterna (el Infierno)? ¿Qué quedaría de un mundo sin la Justicia de Dios y con la sola Misericordia (por otra parte inconcebibles una sin la otra)?

 

Dios quiere que todos los hombres alcancen la salvación y para ello cada uno debe cooperar con la gracia y hacer su parte de conquista por medio de la fe y de los actos coherentes con la fe. Esos actos deben ser los que nos manda Dios por medio de su Ley de amor. Jesucristo nos lo recuerda con palabras muy duras: “no todo el que me diga “Señor, Señor” entrará en el Reino de los cielos (se salvará) sino aquel que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7:21).

 

Recapitulando, es el encuentro con el Señor que nos cambia la vida, nos trae la paz y alegría del corazón, nos abre el camino del futuro esperanzador y sacia nuestro espíritu con la plenitud de su presencia.

Dios es Padre Misericordioso y Providente. Cuando recurrimos a Él con la debida actitud y disposición -humildad, confianza, apertura de corazón (no olvidemos que la otra condición para recibir su Misericordia es ser nosotros también misericordiosos), arrepentimiento por los pecados cometidos y decisión de conversión- Él nos da todo lo que necesitamos tanto material[1] como espiritualmente. Entonces y sólo entonces no temeremos al futuro, brillará en nuestras vidas la esperanza, la alegría y recibiremos la paz que nos transformará en portadores de paz. 

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org

 

[1] Volver a leer Evangelio de san Mateo cap. 6 vers. 24-34


¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!


 

 

 
 
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