Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo


MENSAJE DEL 25 DE NOVIEMBRE 2009

¡Queridos hijos! En este tiempo de gracia, los invito a todos a renovar la oración en sus familias. Prepárense con alegría para la venida de Jesús. Hijitos, que sus corazones sean puros y acogedores, para que el amor y el calor comiencen a fluir a través de ustedes, en cada corazón que está lejos de Su amor. Hijitos, sean mis manos extendidas, manos de amor para todos aquellos que se han perdido, que no tienen más fe ni esperanza. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 

Comentario del mensaje:

“En este tiempo de gracia, los invito a todos a renovar la oración en sus familias”

La Santísima Virgen primero nos vuelve a recordar que este es tiempo de gracia. Precisamente, por ser tiempo de gracia se aparece y nos da estos mensajes que van marcando nuestro camino. Inmediatamente después nos pide renovar la oración en familia, es decir hacerla nueva, profunda, como la que hemos experimentado comunitariamente en Medjugorje o que ha nacido de un encuentro con la gracia, que la Reina de la Paz viene a traernos. 

A este punto deberíamos decir que Medjugorje es más que un lugar. Son muchas las personas que no han ido y que quizás no puedan hacerlo en el futuro, pero que viven esta espiritualidad: la de seguir los mensajes de la Madre de Dios, porque saben en su corazón, con la certeza de la fe, que Ella verdaderamente les está hablando.

Así como hay fieles al llamado de la Santísima Virgen en Medjugorje que no han salido de sus casas, también puede haber entre nosotros quienes hemos estado y poco o nada hayamos cambiado. Este es el misterio de la libertad del hombre y de la resistencia que pueda oponer a la gracia de Dios.

Importante es, por tanto, la apertura de corazón y también la humildad. Si cierto es que a Medjugorje o al mensaje debemos aproximarnos en la humildad y abiertos al don por recibir, más importante es que regresemos o nos vayamos transformando en personas aún más humildes y acogedoras.

Nuestra Madre quiere que hagamos nueva nuestra oración o porque la habíamos dejada arrinconada dándole el último espacio y tiempo (y eso cuando lo hay) o porque la hemos ignorada.

Orar es primordial, es la actividad primera en el tiempo de nuestra vida. La oración debe abrir el día, empezando por la entrega de la jornada a Dios y el pedido que llene nuestros vacíos con su gracia y bendición, y debe acompañarnos durante las distintas horas hasta el momento del descanso.

Pero, no es la oración en abstracto a la que va dirigida el mensaje sino –y éste es ahora el punto- a la familia que debe orar en unidad.

¡Qué bueno es romper la inercia de la rutina, apagar el televisor, hacer caso omiso, por ejemplo,  al tele noticiero y toda la familia ponerse a rezar el Rosario!

No por muy sabido y antiguo, aquel adagio “la familia que reza unida permanece unida” ha perdido actualidad o certeza. Es más cierto y comprobable que nunca.

Importante es que todos estén de acuerdo en rezar juntos, pues a nadie se lo debe forzar. Y a los niños, que ellos sí deben obedecer, no conviene agobiarlos con muchas oraciones.

Sabemos que en muchas familias resulta extremadamente difícil que padres e hijos adolescentes convengan en tener una oración conjunta. Sin embargo, con buenas maneras y buena voluntad, se podría al menos llegar a rezar un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria con ellos. Y si aún así no fuese esto posible, pues rezar por y en lugar de los que se oponen. Basta un solo miembro que reza por todos para que esa oración tenga valor de oración familiar.

Tengamos siempre en cuenta que ante las negativas y aún en el caso de soledad nunca hay que desesperar ni quejarse. La desesperación refleja falta de fe en la Omnipotencia de Dios, y la queja aleja aún más a quienes se pretende integrar.

“Prepárense con alegría para la venida de Jesús. Hijitos, que sus corazones sean puros y acogedores…”

Nuestra amadísima Reina de la Paz, como Madre de la Iglesia que es, siempre respeta y sigue el tiempo litúrgico y por eso ahora, al iniciar este tiempo de Adviento, nos invita a prepararnos con alegría para la Navidad.

Adviento es tiempo de espera y de esperanza. Con toda la Iglesia nos preparamos al encuentro de la Navidad, haciendo memoria de la primera venida de nuestro Señor, encarnado en la Virgen y nacido en Belén de Judá, y alzamos la mirada en la esperanza del mismo Señor que vendrá en gloria y majestad. Por eso, a través de todos los siglos clamamos: “¡Ven Señor Jesús!” “No tardes en venir”.

Nuestra alegría es porque creemos en Jesús, como Hijo de Dios y Salvador nuestro, que una vez vino en el despojamiento, la humildad y el dolor, a quien pocos lo reconocieron y aún hoy lo reconocen. Nuestra alegría es porque Aquel que hace más de 2000 años se encarnó, Dios Todopoderoso y de eterna misericordia, es el mismo que está con nosotros –según su promesa- hasta el fin del mundo en cada Eucaristía.

Nuestra alegría es plena porque nuestra fe lo reconoce y alimenta nuestra esperanza en su segunda venida, cuando por todos será visto regresando en poder y majestad.

Pero, tal alegría, para ser verdadera y permanente debe brotar de la pureza y la amplitud del corazón. Ya que bienaventurados seremos y grande será nuestra dicha en la medida que puro sea nuestro corazón, porque veremos a Dios con los ojos de la fe (Cf. Mt 5:8).

Todo lo malo que nace del corazón lo hace impuro y todo lo que lo cierra impide el acogimiento y por tanto el amor y su fruto que es la alegría.

Corazón puro es el que, como María, acoge la Palabra y la practica hasta sus últimas consecuencias.

Dice el Eclesiástico: “Hijo, si te decides a servir al Señor prepárate para la prueba” (Ecl. 2:1). Las pruebas que Dios nos envía o los males que atravesamos por nuestra culpa o circunstancia, siempre que no nos separemos del Señor, son de purificación.

Ante el mal que cometemos la Iglesia -que dispone de todos los medios de salvación- nos ofrece -siempre que acudamos arrepentidos a la búsqueda del perdón- purificarnos, reconciliándonos con Dios y también con las otras personas a las que hemos dañado, por medio del sacramento penitencial y la reparación a la que nos compromete.

La gracia divina está siempre pronta a restaurarnos y rescatarnos por medio de la Iglesia.

Un corazón puro es necesariamente sencillo, humilde, misericordioso y acogedor. Es el que desea liberarse del pecado, amar cada vez más y mejor, y anhela vivir la paz de Dios.

El juicio condenatorio y acusador, la soberbia y el orgullo, y la falta de perdón cierran al corazón del hombre y lo vuelven impuro porque no es ni misericordioso, ni humilde, ni acogedor.

El que no acoge a quien está próximo, el que emite juicios inapelables sobre los demás, el que proyecta sus miedos, hace de su imágenes abstractas y de sus prejuicios su propia realidad y siendo esclavo del error no puede experimentar alegría ni paz permanente ni está preparado para recibir el amor de Dios. Por eso, todos debemos confrontarnos con nuestra realidad y ver hasta dónde nuestro corazón es puro y acogedor. Seguramente todos, también, descubriremos, en sincero examen de conciencia, que mucho nos falta para aproximarnos al pedido de la Santísima Virgen. Sobre esas falencias debemos trabajar para poder cumplir con lo que Ella nos pide y prepararnos con alegría al encuentro del Señor.

“Hijitos, que sus corazones sean puros y acogedores, para que el amor y el calor comiencen a fluir a través de ustedes, en cada corazón que está lejos de Su amor”.

Como exhortaba san Juan en su primera carta, no se ama de boca y con palabras sino con obras y según la verdad. Si no amas a tu hermano a quien ves no puedes amar a Dios a quien no ves, porque lo desconoces (Cf. 1 Jn 4:20).

Dicho de otro modo, si no nos abrimos acogiendo primero a nuestros amigos y familiares y luego a los demás, si guardamos rencores y albergamos sentimientos negativos, si nuestras actitudes son carentes de misericordia, de perdón o de desprecio o de suficiencia no correrá el amor por nosotros, y seremos incapaces de dar a otros lo que sí recibimos de Dios, pero que con nuestras actitudes pecaminosas hemos bloqueado y estancado. No podremos entonces dar amor.

Tendremos primero que aceptar acercarnos a la misericordia de Dios y anhelar tener un corazón como el suyo, manso y humilde, para luego con ese corazón amante llegar a los que están alejados del amor de Dios.

“Hijitos, sean mis manos extendidas, manos de amor para todos aquellos que se han perdido, que no tienen más fe ni esperanza”.

Porque en Medjugorje aparece la Virgen, acuden hijos de todas partes del mundo quienes, regresando a sus lugares, extienden la gracia recibida a sus parroquias y ambientes. Todos ellos, los que fueron y regresaron, así como los que recibieron gracias sin moverse de su lugar, son las manos tendidas con amor de la Virgen Santísima hacia todos aquellos que deambulan extraviados por la vida porque nula es su fe y perdida su esperanza.

La prolongación de las manos extendidas de nuestra Madre son las que se alzan en alabanza a Dios por los que no lo alaban; las que se juntan en súplica intercediendo por los que no conocen su amor; las que acogen y que abrazan al perdido y herido por la vida; las que acarician al que no ha conocido el amor en esta tierra; las que aprietan y sujetan fuertemente para unir y sellar lo que peligra dividirse y quebrarse;  las que dan palmadas para reconfortar al desconsolado; las que se tienden para alzar al caído: las que sostienen a la vida recién nacida y a la madre que había decidido abortar; las que tienden puentes de amistad y comprensión donde hay odio e incomunicación; las que dan de comer en la boca al anciano abandonado y desilusionado de todo; las que enjugan las lágrimas del que está triste y deprimido; las que trazan la señal de la cruz sobre la frente de la joven con sida que ha sido rechazada por los suyos y vive de limosnas en la calle; las que se abren siempre dadivosas ; las que empuñan el Rosario; las que sueltan la piedra y se abren al perdón. Manos que acarician y bendicen, que dan y reciben, que abrazan y sostienen,  manos que expresan amor.

¡Gracias, Madre nuestra, por llamarnos, por contar con nosotros, pobres hijos tuyos pecadores, porque tu presencia de amor nos alienta y purifica y nos enseña a ser pequeños para ser grandes ante Dios!

 

P. Justo Antonio Lofeudo

Acerca de los ataques a Medjugorje

 

 

Octubre 2009

“¡Queridos hijos! También hoy les traigo mi bendición y los bendigo a todos, y los invito a crecer en este camino que Dios comenzó, a través mío, para vuestra salvación. Oren, ayunen y testimonien alegremente vuestra fe, hijitos, y que vuestro corazón esté siempre colmado con la oración. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! "

 
 

Muchos son los caminos que conducen a la salvación, todos los que llevan a Cristo. Sin embargo, hay uno privilegiado por el mismo Dios y ese es la Santísima Virgen María, la Madre de nuestro Señor.

Jesucristo reveló la ulterior misión salvífica de su Madre cuando Él mismo nos la dio como Madre nuestra en la cruz. Ya allí, en la terrible tarde del Gólgota, comenzó este camino de salvación con el sí definitivo de la Virgen. Al pie de la cruz se ofrecía Ella y ofrecía a su Hijo en perfecta unión al sacrificio redentor que el Señor hacía de sí mismo al Padre. Cuando oscurecía la tarde, cuando Jesús daba su último grito y ya muerto la lanza atravesaba su costado, cuando el velo del templo se rasgaba, el Corazón de la Virgen, puro, inmaculado, era también atravesado en sacrificio de corredención.

Junto al Hijo muerto el Corazón de la Madre se partía de dolor, alumbrándonos a nosotros, a cada uno de nosotros. Porque todos estuvimos esa tarde de ese Viernes Santo allí en el Calvario y nacimos como hijos de esta bendita Madre. Allí empezó ese camino que Dios dispuso para nuestra salvación: el más perfecto, más corto, más seguro, más rápido y bendecido que conduce a Jesucristo, el Salvador.

Ese camino nos ha sido nuevamente mostrado, como nunca antes, a partir de estas apariciones de Medjugorje. Y allí, nuestra Santísima Madre y Maestra nos ha venido enseñando que para alcanzar la salvación hay que abrir el corazón a la gracia y tener fe firme en Cristo. Fe que es alimentada por la confianza que tenemos en Ella, por el reconocimiento de que está presente, junto a nosotros en este tiempo tan difícil para todos. Porque Ella viene a conducirnos en medio de la oscuridad y la confusión general y su sola presencia nos habla de cielo, de eternidad, de confirmación de todos los artículos de nuestra fe.

Desde el inicio de las apariciones nos ha estado enseñando que debemos orar y ayunar. Que la oración debe ser de todos los días y que, aunque las distintas modalidades y tipos de oraciones son buenas el Rosario tiene su preferencia. Debemos también, nos lo ha repetido, ayunar. A pan y agua, miércoles y viernes. Nadie está exceptuado de orar, pero sí puede estarlo de ayunar a pan y agua si está enfermo con alguna enfermedad que desaconseje el ayuno o ese tipo de ayuno. En esos casos siempre es posible algún sacrificio que se ofrezca a cambio. ¡Cuánto debemos ayunar de televisión y de lecturas y vistas que no son edificantes!

Nuestro corazón debe estar colmado de oración, nos dice. La oración debe ser tal que se vuelva incesante. Debemos ampliar y profundizar nuestros momentos de oración y tener siempre un constante anhelo de Dios. En momentos en que no es posible rezar, por ejemplo un Rosario, siempre es posible decir mentalmente alguna oración corta, como la llamada oración del corazón que practican los cristianos de oriente y repiten en cada ritmo respiratorio: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí (pecador)”. O bien alguna jaculatoria conocida. Son esas formas breves de rezar que se adaptan muy bien a una oración silenciosa en momentos de actividad. La clave es tener siempre puesto el pensamiento en Dios.

Orar es hablar con Dios. Es tratar con Él, es entrar en su intimidad, es profundizar la amistad, es contemplar o sea meditar el secreto del amor de Dios, es pedirle lo que creo necesitar, es interceder por otros, es alabarlo y darle gracias, pedirle su bendición y bendecir su nombre, es consolarlo reparando y desagraviando por las blasfemias y sacrilegios que se cometen, es contarle mis alegrías y mis tristezas y -no olvidarlo nunca- saber hacer silencio para escuchar qué le dice a mi corazón, para encontrar luz y sentir sus mociones en el espíritu. Es todo eso y más, todo lo que voy descubriendo en cada oración de cada día. Y es también quedarse sin palabras, sin saber qué decir o algunas veces no sentir particular gusto por la oración. Orar, orar siempre. A eso estamos llamados, a llenar la vida con oración, que es llenarla de Dios.

San José María decía: “¿Que no sabes orar? -Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: "Señor, ¡que no sé hacer oración!..."-, está seguro de que has empezado a hacerla”. “Mira qué conjunto de razonadas sinrazones te presenta el enemigo, para que dejes la oración: "me falta tiempo" -cuando lo estás perdiendo continuamente-; "esto no es para mí", "yo tengo el corazón seco"... La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga nada”.

Ciertamente, la adoración, el estar frente a la presencia eucarística única del Señor es un modo privilegiado de oración, de encuentro con Él. Es un encuentro iluminante que vuelve radiante nuestra vida. ¡Qué maravilloso y elocuente testimonio de fe damos cuando estamos adorando en silencio! No hace falta más para decir tanto. Estamos diciéndole al mundo: “aquí está Él. Éste es Dios, el Emmanuel, el Dios con nosotros y por nosotros. Por eso, estoy aquí de rodillas en adoración y tú también estás invitado. Es Jesucristo que te llama”. Como nos pidió nuestra Madre: “Enamórense de Jesús en la Eucaristía”, “Adoren a mi Hijo sin interrupción”.

Me atrevo a pensar que entre los muchos de los que seguimos a Medjugorje varios hemos alguna vez descuidado el ayuno. En ese caso debemos recuperarlo, junto a la oración. La experiencia es que ayunando, la oración se vuelve más concentrada, mucho menos distraída y, por tanto, más profunda. Y también que rezando es más fácil ayunar. Oración y ayuno se reclaman mutuamente.

También puede que estemos hablando más de Dios que con Dios y que queramos convencer a nuestros conocidos a través de nuestras palabras. Más los convenceremos cuando por la adoración o la oración profunda reflejemos algo de la luz de Dios, es decir demos convincente testimonio de vida. En lugar de hablar tanto de Dios con el amigo debemos hablar más a menudo a Dios del amigo. Y todo con alegría, con la alegría que da la fe en Dios y la confianza en nuestra Madre. Con la alegría que grande es nuestra esperanza porque nuestra Madre está aquí con nosotros y no nos deja. Porque pese a que no faltan quienes la rechazan, no creen, se burlan y tratan de desacreditar las apariciones para acabar con estas verdaderas epifanías de la Madre de Dios, Ella, en cambio, permanece con nosotros. Viene todos los días a manifestarnos su cercanía, a rezar con nosotros y a mostrarnos que nada tenemos que temer porque, siendo Ella quien es -la Enviada para estos tiempos- Dios mismo está con nosotros. Y si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Cf. Rm 8:31).

Ese es el gran motivo de alegría.

Hemos perdido la alegría que da testimonio de nuestra fe, porque esa alegría es fruto del Espíritu Santo, y no predicamos la necesidad de estar alegres. Por eso, la Santísima Virgen viene a recordárnoslo.

San Pablo no se cansaba de exhortar a los primeros cristianos de las comunidades de Galacia, de Filipos y de Tesalónica diciéndoles: “Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres”. “Estad siempre alegres. Orad constantemente”. (Cfs. Flp 4:4; Ga 5:22; 1 Ts 5:16). La alegría se nutre del corazón colmado de oración.

Esta nueva invitación a la conversión no es a permanecer en el mismo lugar del camino, sino a crecer espiritualmente avanzando por él. Al mismo tiempo que nos invita nos da la manera de crecer: intensificando la oración y el ayuno con la alegría de la fe en Dios que es más poderoso que todas nuestras contrariedades y enemigos.

Vivamos en la alegría, nuestra Madre está aquí y nos bendice.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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