Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Noviembre 2008

"¡Queridos hijos! Hoy también los invito, en este tiempo de gracia, a orar para que el pequeño Jesús nazca en el corazón de ustedes. Que Él, que es la misma paz, a través de ustedes done la paz a todo el mundo. Por ello, hijitos, oren incesantemente por este mundo turbulento sin esperanza, para que ustedes se conviertan en testigos de paz para todos. Que la esperanza comience a fluir en sus corazones como un río de gracia. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! "

 
 

"Hoy también los invito, en este tiempo de gracia, a orar para que el pequeño Jesús nazca en el corazón de ustedes. "
 
Lo hemos visto y dicho reiteradas veces que la Santísima Virgen respeta y sigue el tiempo litúrgico. Por eso, ahora nos ofrece un mensaje para el Adviento. Adviento es el tiempo de espera del Señor que vino y que ha de regresar y, por lo mismo, es tiempo de esperanza. El que viene es el mismo que ya está en medio de nosotros, más aún, que está en nosotros aunque no en todos ni siempre. Está en aquellos que lo reciben con corazón sincero y que saben permanecer en su gracia. Deja de estarlo en la medida en que se lo rechace con el pecado. Por eso, la necesidad de orar para que nazca en cada corazón. Pues, orando se le va preparando el lugar donde nacer ya que la oración trae la luz y el calor en nuestras vidas.

Por medio de la oración se ilumina nuestra conciencia y el Espíritu Santo nos devuelve el ardor. De ese modo la oración disipa la oscuridad y quita la frialdad del corazón sumido en la indiferencia y en el pecado y purificándose se vuelve entonces acogedor y Jesucristo pueda morar en él.

Decía el siempre recordado Juan Pablo II: “No temáis en darle vuestro tiempo a Cristo. Ved a adorarlo. Por medio de la adoración seréis iluminados y guiados”.

Él vino a los suyos y los suyos no lo recibieron (Cf. Jn 1:11), Él sigue viniendo y no se lo sigue recibiendo. Él está a la puerta de tu corazón y te llama y si tú oyes su voz y le abres Él entrará y cenará contigo y tú con Él; Él entrará en tu vida, en tu intimidad y tú en la suya (Cf. Ap 3:20). Y serás su amigo y podrás amar como Él te pide que ames (Cf. Jn 15:14). Porque a todo aquel que lo acoja, que crea en su nombre, le da el poder de ser hijo de Dios (Cf. Jn 1:12) y al que guarda su mandamiento de amor lo hace su amigo (Cf. Jn 15:12.14). Y ¿quién no quiere tener como amigo a ese niño que está por nacer? ¿a este Dios que se ha escondido en ese pequeñito en el seno de su madre, pero que es infinitamente grande y poderoso y ya, antes de nacer y mucho antes de morir en la cruz por ti, te está mostrando cuánto te ama? Así es nuestros Dios. Dios que se hace hombre por ti, por mí, por todos los hombres porque viene a hablarnos como hombre para que lo entendamos. Viene a mostrarse próximo a nosotros, a nuestras alegrías y nuestras penas.

Si Moisés pudo llamar a la admiración al pueblo hebreo preguntándole: “¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como Yahvé nuestro Dios está cerca de nosotros siempre que lo invocamos?” (Dt 4:7), nosotros podemos  responder que nadie pudo imaginar proximidad más perfecta que ésta: Dios con nosotros que viene por María. Y esa cercanía se nos ha vuelto permanencia en la Eucaristía. Así se manifiesta a quien le recibe, a quien le teme con el santo temor, es decir que lo reverencia y lo adora. Así se manifestó al profeta Elías, no en el poder que avasalla –siendo Él Todopoderoso- sino en la suavidad de la brisa. Así se revela nuestro Dios a quien lo ama de verdad, a quien lo recibe a Él que a todos recibe.

Mira a Jesús y regocíjate contemplándolo. Míralo, que está por nacer. ¿No te conmueve? ¿No sientes estupor por algo tan grande? Tan grande que no te bastará la eternidad para saborear el inefable Misterio de amor.

Él vino a poner su Morada entre nosotros (Cf. Jn 1:14), no lo rechaces, no le impidas que nazca en tu corazón. Ora para que sea aceptado no sólo por ti, que ya lo estás recibiendo, sino por el mundo que ahora lo niega. Que pueda nacer en este mundo que se avergüenza de Jesucristo, que lo rechaza, que no tolera la cruz y la hace quitar de aulas porque agrede las conciencias y que ha arrancado pesebres o belenes de los lugares públicos porque también ofende, dicen, a otras creencias o no creencias. ¡Claro que Jesucristo agrede a las conciencias, a las malas conciencias que sólo piensan en matar, que no dejan que nazca la vida, que matan a inocentes, que aprueban y se regodean en la muerte! Ciertamente, que no es posible soportar al Crucificado que muestra el precio de sus llagas, porque a ese que han matado y siguen matando es la Verdad y por ser la Verdad es Juez aunque ahora calle y parezca muerto. Pero, ¿sabes?, le  temen porque no está muerto. ¿Y cómo ha de estarlo si Él es la Resurrección y la Vida? ¡Si Él es Dios! No pueden soportarlo y rechazándolo se están condenando y para siempre. Para quienes lo niegan no hay parte en la victoria sobre el pecado, la muerte y Satanás.

La misericordia que viene arropada en la carne de este pequeño es la que clama oración y sacrificio por los pobres pecadores que viven ya un infierno y van camino al eterno.

Que Él, que es la misma paz, a través de ustedes done la paz a todo el mundo. Por ello, hijitos, oren incesantemente por este mundo turbulento sin esperanza, para que ustedes se conviertan en testigos de paz para todos. Que la esperanza comience a fluir en sus corazones como un río de gracia.

Éste es tiempo de gracia, tiempo acordado por el Altísimo para que todo hombre regrese a Él, para que se convierta y viva. Cuando termine este tiempo será todo mucho más difícil. ¿O acaso no nos damos cuenta que por la gravedad y cantidad del pecado del mundo, por la generalizada rebelión a Dios de las naciones, debería el Señor haber ya castigado a esta humanidad con mayores calamidades que en el pasado? ¿No advertimos que el mundo (lo dijo la Gospa) está hoy peor que Sodoma y Gomorra? Si no hemos tenido una guerra aún peor que la última mundial, si no hemos volado todos por los aires o si no hemos sucumbido al terror nuclear ni sufrido aún mayores penurias no ha sido por mérito nuestro sino por pura misericordia divina que ha establecido un tiempo de gracia: el que estamos viviendo, el de la visita de nuestra Madre del Cielo.

Hagamos caso de lo que nos pide, ahora que hay tiempo ya que la gracia extraordinaria no nos ha sido quitada. Luego, será demasiado tarde. Oremos incesantemente por este mundo turbulento, agitado por las olas satánicas que quieren devorarlo todo. Por este mundo que cada vez más se parece a un infierno, porque no hay lugar para Dios pero sí para toda clase de mal.

Jesús es el Mesías de Israel, el Salvador del mundo y por Él, sólo y únicamente por Él, viene la paz porque sólo Él es Príncipe de la Paz. Jesucristo nos rodea de paz, nos trae la paz y donde Él está, allí mismo, hay paz. Ésta es la experiencia que cualquiera puede hacer tan sólo entrando a una capilla donde esté el Santísimo Sacramento expuesto. Por eso, el llamado de orar incesantemente es una invitación renovada que la Reina de la Paz también nos hace a adorar sin interrupción.

«La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad de culto eucarístico. Jesús nos espera en su sacramento de amor. Que nuestra adoración no cese jamás» (Juan Pablo II, «Dominicae Cenae», 1980).

Quien adora cambia su mirada sobre el mundo y sobre sus propios acontecimientos y esa mirada renovada es una mirada de fe. No mira lo que hizo sino lo que Dios hizo en él, como el leproso sanado por Jesús que constata que su lepra ha desaparecido sin que él haya hecho nada más que un acto de fe. Pues, la esperanza ha de venir por la fe en el Resucitado, por la fe en su presencia eucarística, por la fe en su amor redentor que todo lo puede, todo lo sana, todo lo salva.

Convirtámonos, entonces, en intercesores, junto a la Madre de Dios, por el mundo sin Dios, y en testigos y dadores de paz y de esperanza.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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