Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Noviembre 2007

"¡Queridos hijos!Hoy, cuando celebran a Cristo Rey de todo lo creado, deseo que Él sea el Rey de sus vidas. Solamente a través de la entrega, hijitos, pueden comprender el don del sacrificio de Jesús en la cruz por cada uno de ustedes. Hijitos, dediquen tiempo a Dios para que Él los transforme y los llene con su gracia, de tal manera que ustedes sean gracia para los demás. Yo soy para ustedes, hijitos, un don de gracia de amor que proviene de Dios para este mundo sin paz. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

Que Cristo sea Rey, o sea Señor de nuestras vidas, se manifiesta en mi obediencia a su mandato de amor y de perdón, a su seguimiento e imitación y a la honra y honor que tributo a su gloria adorándolo.

Para comprender el valor del sacrificio de Jesús en la cruz -nos dice nuestra Madre- debemos aprender a entregarnos. La donación de uno mismo es imitación de Cristo, es secuela de Cristo. Si alguno quiere venir en pos de mí, dice el Señor, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16:24). Negarse a sí mismo es despojarse del egoísmo que aísla y reseca el espíritu; es entregarse, abandonarse y darse al Amor. La donación de sí exige siempre caminar hacia la perfección del amor cuyas huellas fueron marcadas por el Señor.

También nos exhorta la Santísima Virgen a darle tiempo a Dios. Tenemos necesidad de detenernos frente a Dios en el silencio del corazón. Necesidad de escucharlo y dejarnos penetrar por su presencia. Necesitamos contemplarlo y adorarlo. Nada hay más propicio que un ambiente de adoración en silencio, para detenerse y encontrar a Dios presente en el Santísimo Sacramento. De la contemplación del Santísimo, como santa Teresa del Niño Jesús, podemos aprender a ser pequeños como lo es el Señor en la pequeña Hostia Sagrada, donde la santa encontraba su cielo. Contemplándola podemos aprender a ocultarnos del mundo y a ser humildes y darnos a los otros volviéndonos Eucaristía: pan, vida que se ofrece con amor para la salvación de otros. Aprendemos, también, a ser pobres, sencillos, esenciales.

Es necesario detenerse para rumiar la Palabra que debe penetrar y encarnarse. La lectura del Evangelio nos lleva a la esencialidad del amor que salva. Sí, debemos dedicarle tiempo a Dios para meditar la inmensidad vertiginosa del Verbo que se hizo carne: el Verbo de Dios, la Palabra, por quien todo existe, se hizo carne en el seno de una virgen, por tanto la belleza se hizo carne, la bondad se hizo carne, la justicia se hizo carne, el amor, la vida, la verdad se hizo carne, el mismo Ser se hizo carne para habitar entre nosotros.

Debemos detenernos a meditar la Pasión del Señor para descubrir el abismo infinito de la Misericordia divina en el Corazón traspasado que se entrega en cada Eucaristía. Contemplando el misterio aprendemos qué significa misericordia y también fidelidad. Démosle tiempo a Dios meditando cada misterio del Santo Rosario, desgranando en las cuentas la historia de la salvación, que es salvación personal, de cada uno. Es menester darle espacio al Rosario y dejar el automatismo de la recitación que lo vuelve como un cuerpo sin alma cuando no se meditan los misterios.
Debemos consagrar nuestro tiempo, dándole un nuevo valor, un valor inconmensurable, en la oración y la adoración.

Debemos detenernos en el agitado camino de la vida para poder ver en el otro la impronta divina y la dignidad a la que ha sido llamado por su Creador. Debemos detenernos para tenderle la mano, y más que la mano, cuando en el otro la imagen de Dios se hace irreconocible. Sí, debemos detenernos y pasar tiempo con Dios, acogerlo en nuestra intimidad, en nuestra vida. ¡Cuántas cosas inútiles para la vida verdadera se hacen todos los días! ¡Cuánto tiempo se pierde! ¡Cuántas veces se corre tras el viento: “no tengo tiempo... más tarde, más tarde...” y se deja de lado lo esencial! Y esto lo hacemos todos.

Darle tiempo a Dios significa detenernos en la carrera desenfrenada de cada día. La adoración silenciosa frente al Santísimo permite hacer una parada en el camino y escuchar a Dios. Dios que es la Palabra que se adora y que habla a nuestro silencio. Cuando yo me detengo en adoración, cuando le doy tiempo con la oración y la meditación, Él me modela colmándome con sus gracias y bendiciones.

Como ha recordado el Santo Padre, Dios no nos llama para quitarnos nada bueno ni bello. Por lo contrario, nos llama para darnos paz, alegría, para reforzar nuestra fe y esperanza, para darnos el Espíritu Santo en sus dones que edifican al hombre interior y nos vuelve testigos portadores de paz, de amor de donación, de fe, de alegría.

La gracia extraordinaria de la misericordia de Dios ha dispuesto que la Santísima Virgen nos auxilie. Quienes seguimos sus mensajes tenemos el deber de ser testigos del Paraíso, debemos dar testimonio de la verdad. Debemos combatir al Dragón -que no pudiendo destruir al Creador pretende destruir al hombre y a toda la creación- con las armas que nuestra Madre nos da en cada mensaje. La batalla es sobrenatural y las armas deben ser sobrenaturales: sacrificio, oración, ayuno, adoración. Satanás busca la guerra porque en la guerra el odio homicida se agiganta. María la Mujer vestida de sol, es decir revestida de Cristo, es la Reina de la Paz y nos dice que la oración, del corazón que se purifica y el ayuno, también del corazón, evitan las guerras y detienen a las ya iniciadas. Hoy, que la guerra ya estalló en el corazón del hombre, no debemos esperar que vengan más conflictos armados o que la violencia aumente en las calles y en los hogares para hacer lo que María nos pide.

El espíritu demoníaco que impera en el mundo es el del odio, de la lujuria, de la mentira al que combatimos con el amor, con la verdad que resplandece en Cristo y con la castidad y el verdadero amor de donación.

La Virgen vino para vencer. Su venida es el gran don de la misericordia hacia la humanidad, que Dios nos hace en el momento más peligroso de su historia. Pero, como Ella misma tantas veces nos lo ha repetido, la victoria es con nosotros. Por eso, nos necesita y nos quiere como apóstoles de paz y de amor. Quiere, como nos lo dice en este mensaje, que acojamos la gracia, que nos dejemos colmar por la gracia de Dios, para poder llevar esa gracia a los demás.

Seamos, entonces, portadores de paz y de fe, de felicidad y de vida, sabiendo que contamos con la presencia de María que nos protege y nos guía a la victoria. Éste es el tiempo de la misericordia, es el tiempo en que, en momentos de tremenda gravedad para la humanidad, el Cielo no ha enmudecido. ¡Nuestra Madre está con nosotros!

¡Bendito sea Dios!
Misercodias Domini, in aeternum cantabo. ¡Cantaré eternamente las misericordias del Señor!

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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