Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Octubre 2010

¡Queridos hijos! Que este tiempo sea para ustedes tiempo de oración. Mi invitación quiere ser para ustedes, hijitos, una invitación para que se decidan a seguir el camino de la conversión, por eso oren y pidan la intercesión de todos los Santos. Que ellos sean para ustedes ejemplo, estímulo y alegría hacia la vida eterna. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 

 
 


Comentario

 


¡Queridos hijos! Que este tiempo sea para ustedes tiempo de oración.

 

Nuestro tiempo debe estar penetrado por la oración.

Oración, sí. Siempre oración.

Oración para dar gracias a Dios y para pedir gracias de Dios.

Oración al abrir y al cerrar la jornada, sin que falte nunca durante el resto del día.

 

Oración de alabanzas y bendición al Señor

y de petición para que Él bendiga cada día.

 

Oración ofreciendo la jornada, dando nuestra nada

para que Dios la llene con sus dones

y estos dones puedan en nosotros fructificar.

 

Oración pidiendo la bendición de la mesa

y agradeciendo la Providencia por la comida.

 

Oración para recibir la paz de Cristo y para ser portadores de esa paz.

 

Oración para interceder

y para pedir a la Santísima Virgen y a todos los santos su intercesión.

 

Oración de reparación.

Oración persistente desde la fe.

Oración con la y en la Iglesia.

Oración espontánea y oración litúrgica.

Oración vocal y oración mental.

En lo secreto del cuarto y frente al Santísimo.

Oración personal y comunitaria.

Oración callada y a viva voz.

Rezo del Rosario en familia, en grupo o solos.

Rosario y Misa. Misa y Rosario.

Y adoración.

 

Orar con los salmos. Orar con la Biblia.

Oración a tiempo y a destiempo.

Oración litúrgica de las horas y más allá de ellas.

Orar cuando se prueba gusto, y orar desde la aridez.

Orar en la alegría y orar en el dolor.

Siempre oración.

Orar siempre, en todo momento.

“Orar, orar, orar”, pide la Señora y Madre nuestra.

Oración constante y persistente

como lo es el llamado de la Virgen Santísima a la oración.

Y siempre humilde la oración, de lo profundo del corazón.

Porque es ley que cuanto más uno se abaja y se hace pequeño,

más se eleva su oración.  

Mi invitación quiere ser para ustedes, hijitos, una invitación para que se decidan a seguir el camino de la conversión, por eso oren…

 

Este es tiempo de oración porque es tiempo de conversión.

Debemos orar para que Dios convierta nuestra vida a la suya.

Debemos orar para dar gracias y para pedir gracias de conversión,

que es rezar por aumento de virtudes y bienes espirituales.

Orar para crecer y crecer orando, que de esto se trata.

 

El camino de conversión es camino de oración. No hay otro.

De oración para comunicarse con Dios

y para que Dios nos comunique su voluntad.  

Caminamos rezando al Padre por Jesucristo, Nuestro Señor.

Por Él y sólo por Él llegamos al Padre.  

Dejar convertirse implica entrar en la intimidad de Dios.

Implica permanentemente hablar con Jesús, nuestro Señor;

que Dios se hizo hombre para que nos relacionemos íntimamente con Él.  

El camino de conversión es claro cuando pedimos el Espíritu Santo,

que es quien nos ilumina por dentro

y nos descubre la voluntad divina,

y obra en nosotros la conversión.  

El camino cuya meta es el encuentro con Dios

se vuelve seguro, sin tortuosidades y el paso ligero

cuando nuestra oración es de consagración al Corazón Inmaculado de María.  

Muchas pueden ser las modalidades de la oración, pero que nunca falta ni la oración personal, ni el Rosario ni la Santa Misa. Y orar desde lo profundo del corazón.  

Orar desde un corazón reconciliado con Dios, purificado.

Orar desde el perdón recibido y otorgado a todos los que nos han ofendido.  

A propósito de la invitación a la oración, que nuestra Madre en casi 30 años no deja jamás de hacernos, valga aquí la siguiente observación. Fijémonos que aunque muchísimos y muy graves son los problemas que aquejan a la humanidad, la Reina de la Paz no se detiene a hablar de ellos sino que nos da la solución: conversión a través de la oración. Rara vez nos ha exhortado a obras de caridad que no fueran las mayores de todas: ayudarla a salvar a las almas. No es que las otras obras no importen. Nada de ello. Simplemente, que es a partir de la conversión a Dios que todo procede. Pues, los frutos verdaderos del amor vienen de la santidad. Quien abre su corazón a Dios nunca podrá rechazar al hermano ni dejarse de dar él mismo a los demás.

Abismal es la diferencia de obrar para el bien desde Dios y fuera de Él. Es la diferencia que media, por ejemplo, entre la filantropía y la caridad cristiana.

Por eso, debemos ahondar la oración para que la oración sea más profunda, más penetrante. Debemos orar para edificarnos en la santidad. 

Y todo comienza por la voluntad. Ciertamente que impulsada antes y sostenida luego por la gracia. Por eso, ya mismo debemos decidirnos por la conversión. Por tanto, se trata de decidirnos por la oración en sus muchas formas.

Oración –repetimos- siempre del corazón humilde y perseverante.  

En definitiva, si ya estamos en un camino de conversión tenemos que profundizarlo con más y mejor oración.

Si no es así, si no nos hemos comprometido a caminar hacia Dios, deberemos tomar muy en serio este mensaje y empezar ya rezar poniendo toda nuestra voluntad y nuestro ser en ello.  

…y pidan la intercesión de todos los Santos.  

Cuando, en el Credo, profesamos nuestra fe católica decimos que creemos en la comunión de los santos. La comunión de los santos es la misma Iglesia, que es la asamblea de todos los santos y que contiene en sí todo lo que es santo.

Por eso, la comunión de los santos se refiere tanto a la comunión de las cosas santas como a la comunión entre las personas santas.

Comunión de las cosas santas porque en la Iglesia hay una comunión de bienes espirituales que vienen de un mismo Espíritu.

El bien por excelencia es Cristo mismo, que es comunicado a todos los miembros por medio de los sacramentos y el primero la Eucaristía, vínculo de unidad. Pero, además, nos ha sido comunicada la fe que viene de los Apóstoles, y los carismas que edifican a la Iglesia.

Por otra parte, en el seno de la Iglesia también se ponen en común bienes materiales, tal cual hacían los primeros cristianos.  

El mensaje va ahora dirigido a la comunión con las personas santas.

Nuestra Madre nos exhorta a que pidamos la intercesión de los santos. De este modo nos recuerda la unión estrecha que tenemos con quienes están íntimamente unidos a Cristo.

Los santos son nuestros intercesores ante Dios, y lo son sobre todo en la medida en que acudamos a ellos en nuestra oración. 

Pidamos siempre a la Santísima Virgen, que es nuestra Madre (¡qué cerca tenemos el Cielo!), a san José y a todos los santos que intercedan por nosotros. Ellos son nuestros intercesores que presentan -por medio del único mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo- los méritos que adquirieron en la tierra (Cf. Lumen Gentium 49).

El Cielo no es estático y lejano. No es que ellos, los santos, están allá lejos y nosotros aquí sumidos en el dolor y en el abandono. Ellos están también aquí cuando los llamamos y hasta cuando no lo hacemos. Santa Teresita dijo (y mi propia experiencia como la de muchos lo confirma): “pasaré mi cielo haciendo el bien en la tierra”.

No olvidemos de rezar también a los santos ángeles. A nuestro ángel custodio y a los tres Arcángeles san Miguel, san Gabriel y san Rafael.

Hoy parece que todo el infierno esté sobre la tierra. Hoy, más que nunca, debemos acudir al Cielo para que esté con nosotros. Y acudimos cuando rezamos para que vengan a nuestro auxilio y en cada Misa que vivimos con devoción. Porque toda la Iglesia -es decir nosotros bautizados junto a la Santísima Virgen y a todos los santos y santas (de quienes hacemos memoria)- ofrecemos el sacrificio de la Eucaristía, que no es otro que el de Jesucristo en la cruz que se perpetua en cada Santa Misa, y ésta es la oración y el acto de adoración más sublimes, en comunión con los santos, de cuyos frutos debemos aprovechar para nuestra conversión.

  Los santos participan en la vida de la oración de la Iglesia por su propia oración. Contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquellos que han quedado en la tierra. Sobre la tierra fueron “fieles en lo poco” y entraron en la “alegría del Señor” y Él les confió ahora “mucho”. Por eso pueden interceder por todos (Cf. CIC 2683).

  Que ellos sean para ustedes ejemplo, estímulo y alegría hacia la vida eterna.

  Los santos son de admirar y de imitar. Son nuestros modelos.

Cuando leemos las vidas de ellos notamos que, en la diversidad inmensa de personalidades y situaciones y aún pese a ellas, cada uno colmó su capacidad de santidad. Que de eso se trata: de colmar la capacidad de santidad con que cada uno fue creado y puesto por Dios en su circunstancia espacio-temporal.

Notamos también que no hay santos tristes. Por más que algunas vidas hayan sido de mucho dolor y de grandísimas pruebas, todos sintieron el gozo íntimo de la amistad con Dios. Y cuando les tocó pasar por noches oscuras, cuando fueron probados hasta el límite, no desesperaron sino que siempre recibieron el impulso divino, la atracción del amor, para caminar aún en medio de la mayor oscuridad. Con san Pablo todos pudieron decir: “cuando soy débil entonces soy fuerte” (2 Cor 12:10), porque “todo lo puedo en Cristo que me da fuerzas” (Flp 4:13).

Es conocida la historia de san Ignacio, quien habiendo sido herido en el sitio de Pamplona y estando convaleciente en su castillo de Loyola y no habiendo libros de caballería, de los que mucho gustaba, le dieron a leer vida de santos y leyendo prendió en él un gran estímulo para emularlos. Veía Ignacio que en los santos había verdadera fama y gloria, no la pasajera que andaba buscando en la vida cortesana y en hazañas de caballería. “Ellos pudieron… bien puedo yo hacer lo que ellos”. Esa idea, desde luego inspirada, fue el motor que lo movió a ser el gran santo que es. Nosotros ahora podemos valernos de su ejemplo para impulsar nuestra decisión de conversión y vivir la verdadera alegría de hijos amados del Señor y de la Santísima Virgen.

Oremos: Virgen Santísima, Madre nuestra, san José, ángeles custodios, arcángeles y todos los santos interceded por nosotros ante Dios para que podamos siempre recibir sus abundantes gracias de conversión y su continua protección.

Dios Todopoderoso y eterno, que has concedido a la gloriosa Madre de tu Hijo y a todos los santos el interceder por nosotros y el amparo celestial a cuantos los invocan, danos, por su intercesión, una fe firme, una esperanza viva y un amor ardiente y constante. Por nuestro Señor Jesucristo, que es Dios y vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.  

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org



 

 

 
 
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