Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Octubre 2007

"Queridos hijos: Dios me ha enviado entre ustedes por amor para conducirlos por el camino de la salvación. Muchos de ustedes han abierto sus corazones y han aceptado mis mensajes, pero muchos se han extraviado en este camino y nunca han conocido, con todo el corazón, al Dios del amor. Por eso los invito: sean ustedes amor y luz donde hay tinieblas y pecado. Estoy con ustedes y los bendigo a todos. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

La Madre de Dios manifiesta que Ella es la enviada del Señor para estos tiempos. Tiempos que, por otra parte, están signados por su presencia única y extraordinaria. Pues, nunca antes como ahora hubo tantas apariciones suyas, en cantidad e intensidad. Dios la ha enviado por amor hacia nosotros, porque cuando abunda el pecado del mundo, cuando la apostasía alcanza todas las sociedades y todos los estamentos sociales, sobreabunda la gracia divina. Quien quiera interpretar el porqué de estas apariciones, el porqué de tantas manifestaciones, el porqué de repeticiones que no son más que insistencias ante la gravedad de estos tiempos que vivimos, deberá hacerlo desde la misericordia divina.

El amor de Dios envía a la Madre entre sus hijos y estos mensajes vienen del amor de la Madre que quiere que sus hijos se salven. De este modo, por su presencia y la voz de los videntes -que son sus instrumentos escogidos- nos conduce por este camino que viene trazando con perseverante ternura desde hace 26 años y 4 meses. Es su camino de salvación, su manera maternal de llevarnos hasta Jesús, el Salvador.

Se lamenta nuestra Madre que muchos se han ido fuera de este camino y nunca llegaron a conocer al Dios del amor, porque nunca han tenido un encuentro personal con Jesucristo, con Aquél que nos amó hasta el extremo, con Aquél que es Uno con el Padre. Nunca se detuvieron a contemplar su rostro ni meditaron su Pasión y por eso mismo, nunca alcanzaron a ver el rostro de Dios que ama infinitamente con amor eterno.A los hijos que experimentan la misericordia divina los exhorta a ser amor y luz, a darse a los demás y por los demás y a iluminarlos con el testimonio de vida, como lo hizo su Hijo, para que puedan salir de las tinieblas y del pecado en el que están inmersos, y ser rescatados para la eternidad.

Si nos preguntamos qué hacer o cómo ser “amor y luz” para el mundo que no conoce y que rechaza a Dios, recorriendo los mensajes de la Reina de la Paz tendremos las respuestas. Veremos cómo Ella ha insistido en que debemos purificar el corazón mediante el perdón que se pide, a Dios sobre todo, y que se da a los otros. Porque nuestra Madre pide que la oración y el ayuno sean del corazón, éste debe ser purificado por medio de la reconciliación y del amor.

Veremos también que ha llamado a vivir y practicar no sólo el sacramento de la Eucaristía sino la misma adoración. Todos los que han ido a Medjugorje saben que parte esencial del programa vespertino, que fue diseñado por la misma Virgen, es la Eucaristía y son las varias adoraciones de la semana y que ahora se ha agregado la adoración al Santísimo durante toda la noche de cada 25.

Ya desde los comienzos de las apariciones pidió la adoración eucarística perpetua cuando dijo: “Queridos hijos, adoren a Jesús en el Santísimo Sacramento, sin interrupción” (mensaje del 15 de marzo de 1984). Santo Tomás decía que debíamos contemplar para poder luego llevar a los otros aquello que habíamos contemplado. Para llevar la luz hay que contemplar la Luz, para llevar y ser amor hay que nutrirse contemplando el Amor.

Necesitamos contemplar a Dios y su misterio, vivir el amor de Dios en el encuentro con Jesucristo, para poder luego dar de lo recibido. Contemplar es mirar, largamente y en profundidad, con recogimiento. Ejemplo de contemplación lo daba aquel hombre a quien el Santo Cura de Ars, viendo que pasaba largo tiempo frente al Santísimo, le preguntó qué hacía y aquél le contestó “yo lo miro y Él me mira”. Esas miradas contemplativas requieren la serenidad del espíritu que atesora el silencio.

Vivimos en un mundo lleno de ruidos, un mundo vociferante, constantemente alborotado y barullero en el que las personas no se comunican y mucho menos se lo escucha a Dios. Es necesario hacer silencio y detenerse en la carrera frenética que nos aleja de Dios, de nosotros mismos y de los otros y que a nada bueno nos lleva. La salud del alma exige detenerse en el camino agitado de cada día y escuchar qué nos dice Dios. A Dios se lo escucha en el silencio del corazón. Por ello, la adoración silenciosa es el ámbito ideal para la escucha atenta. “Si alguien escucha mi voz y me abre iré a él”, dice el Señor. Si tú escuchas la voz del Señor y le abres, Él entrará en tu vida.El Señor está a la puerta y te llama, me llama. En este tiempo, que está bajo su misericordia, está llamando a través de su Enviada. Es en la Virgen que Dios llama y nos invita a acercarnos a la gracia con la ternura de estos mensajes de la Madre.

La confusión en la que se vive impide encontrar el recto camino de vida. Alguien debe guiar al que está perdido, alguien debe iluminar su oscuridad, alguien debe decirle con o sin palabras que no todo está perdido y que la vía a la felicidad es uno, porque Uno es el Camino. Y ese “alguien” es cada uno de nosotros, cada uno de los hijos de la Mujer que escuchan y ponen en práctica sus llamados.

Nuestra Madre no quiere que nosotros llevemos críticas o acusaciones hacia quienes se pierden, que juzguemos y condenemos sino que la ayudemos siendo portadores de sus mensajes, sobre todo con el ejemplo de la propia vida y con la intercesión y reparación de nuestras oraciones, adoraciones y sacrificios. Una vida de santidad es mucho más elocuente que todas las meditaciones y transmisiones de mensajes que podamos hacer. Es más, para quien no aprecia la profundidad del llamado estos mensajes les parecerá reiterativos y hasta pobres. Para quienes, en cambio, entienden el porqué de la venida de la Santísima Virgen y, aunque no escuchen su voz, sientan la resonancia de su dulce amor en sus corazones encontrarán suficiente motivación como para ya mismo acoger la invitación a la corredención.

Ésta es nuestra maravillosa tarea. No la de preocuparnos y frustrarnos, quizás deprimirnos por las atrocidades que se cometen, sino la de dar testimonio de nuestra fe y nuestro amor por Dios y por nuestra Madre, tomando gracia del Señor de toda misericordia, rezando, ayunando, adorando y viviendo el amor en cada circunstancia.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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