Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Septiembre 2008

"¡Queridos hijos! Que su vida sea nuevamente una decisión por la paz. Sean portadores alegres de la paz y no olviden que viven en un tiempo de gracia, en el que Dios, a través de mi presencia, les concede grandes gracias. No se cierren, hijitos, más bien aprovechen este tiempo y busquen el don de la paz y del amor para su vida, a fin de que se conviertan en testigos para los demás. Los bendigo con mi bendición maternal. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

“Que su vida sea nuevamente una decisión por la paz”

Decidirse por la paz es decidirse por Dios y cada día, en cada circunstancia, nos estamos decidiendo por Dios o contra Él, porque la indiferencia no es neutralidad sino tibieza y rechazo de Dios. Pongamos un ejemplo, si ante la cultura de muerte, como la llamó Juan Pablo II, manifestada, entre otras, en las leyes homicidas del aborto y de la eutanasia, no me pronuncio o no les doy prioridad en mis decisiones políticas y me importa más mi bolsillo a la hora de elegir un candidato de gobierno, sin tener en cuenta cuáles son sus convicciones acerca de la vida, ya en eso estoy decidiendo en contra de la paz porque hago caso omiso a la Ley de Dios. Las guerras antes de declararse tales por los estados han ya estallado en el corazón del hombre. Quien no se decide por la vida no se decide por Dios y por tanto está en contra de la paz.

Por ello, lo más importante es aquella opción fundamental de nuestras vidas dirigida a Dios y aunque a veces podamos contrariarla en casos determinados y en circunstancias desgraciadas, siempre queda la adhesión primera e irrevocable a Dios y a sus leyes a la que podemos regresar en el arrepentimiento y la reparación. Sabemos que toda vez que desviamos el rumbo es necesario corregirlo y que si caemos tenemos Quien nos vuelve a alzar. A pesar de ello, no podemos negar que ciertas decisiones de ayer pueden quedar olvidadas o revocadas hoy, y esto muchas veces sin darnos siquiera cuenta. Por eso, si quiero seguir a Dios debo renovar mi seguimiento cada día. Lo importante no es la fe que yo pueda declamar y la sujeción a la Ley que pueda aducir sino la vida, la vida misma en cada manifestación. Si me decido por la paz, quiere decir que no puedo contradecirme en ningún hecho, que no puedo permanecer en la discordia, que no puedo ni debo profundizar los desencuentros, que debo estar dispuesto siempre al perdón, que debo renunciar a todo ánimo de venganza y a todo resentimiento. Más aún, que debo descubrirlo en mí, porque estas cosas no se advierten a simple vista. Porque hay viejos rencores que están tapados por la ceniza del tiempo, pero siguen como rescoldos allí ocultos y en el primer soplido vuelven a encenderse. 

Decidirse por la paz es trabajar para la paz y ello implica que yo tengo que ser paz para el otro. Significa que la paz sólo la alcanzo por la gracia de Dios, cuando permanezco en su amor, y que ese don -que conquisto con mi sumisión a la voluntad divina, con mi oración- debe irradiar desde mi persona en cada gesto, en cada actitud, en cada palabra con los que me relaciono y comunico con los demás. Grande es el poder de una sola sonrisa cuando la persona vive la paz porque vive en Dios. 

“Sean portadores alegres de la paz …”

El acercamiento a Dios, el caminar por los caminos que Su voluntad quiere que transitemos, es siempre motivo de alegría. Por eso mismo, la paz es motivo de alegría. Lo dijo el Señor en el sermón de la montaña: “Dichosos los que trabajan por la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5:9). Dichosos, entonces, los portadores de paz, los que se convierten en paz para el otro y obran para restablecer la paz donde ella se perdió. Esos son portadores de Cristo. Y llevar a Cristo en uno es motivo de inmensa alegría. 

“…y no olviden que viven en un tiempo de gracia, en el que Dios, a través de mi presencia, les concede grandes gracias”

Luego de exhortarnos a ser portadores alegres de paz –siendo la alegría consecuencia de la misión- nos recuerda que éste es tiempo de gracia y que esa gracia (así puesta en singular) se manifiesta a través de las grandes gracias que Dios nos concede por manos de la Virgen, puesto que Ella es la dispensadora de las gracias. 

Dios nos hace solidarios en el bien y en el mal. Ésta es una verdad comprobable a cada paso de la historia universal y personal. Por eso, en su misericordia sin medida, nos asocia, a través de Cristo, a la salvación de los demás. Por eso, la salvación no termina en mi persona y no se trata de una cuestión de “me salvo yo y que cada uno se arregle como pueda”. Dios pregunta: “¿Dónde está tu hermano?” (Cf. Gn 4:9) “¿Qué has hecho de él?” “¿Dónde lo has dejado?”. Y si todos estamos implicados en la salvación, cierto es que por sobre toda persona humana está la persona de la Santísima Virgen que fue creada para ser Madre de Cristo y Madre nuestra como Corredentora. Porque Dios ha querido que el sacrificio salvador del Hijo pasara por el Corazón de María. Y porque es Corredentora, porque participó del sacrificio redentor de Jesucristo -hasta el punto que la cruz de Cristo fue su cruz, donde inmoló su amor y todo su dolor en ofrenda agradabilísima al Padre-, porque es Corredentora es Mediadora de todas las gracias. Las gracias que Dios derrama sobre el mundo en estos momentos han pasado por el Corazón de la Virgen, porque Dios así lo ha dispuesto y porque Ella las obtiene para nosotros con sus súplicas constantes. Es Mediadora porque es Abogada, porque es Intercesora. Y todo por Cristo, porque la salvación nos viene únicamente por Él. Por esto mismo, Medjugorje es lo que es: el lugar de la presencia de María, el lugar de las grandes y sobreabundantes gracias que Dios, en estos tiempos en que grande es el pecado, derrama sobre el mundo por medio de la Virgen Santísima.  

“No se cierren, hijitos, más bien aprovechen este tiempo y busquen el don de la paz y del amor para su vida, a fin de que se conviertan en testigos para los demás”

El llamado a no cerrarnos es para todos. También para quienes tienen el deber de discernir estos tiempos y este lugar de gracias. Todos somos responsables de que estas ingentes gracias no se pierdan, que este tiempo único de misericordia –que como todo tiempo algún día tocará a su fin- sea aprovechado, dé sus frutos de conversión, de vida, de amor, de glorificación a la Santísima Virgen y a Dios mismo. Este llamado debe interpelarnos. Debemos, cada uno en la intimidad de su conciencia, preguntarnos ¿Cuánto aprovecho este tiempo? ¿Qué ven los otros en mí? ¿Ven a Cristo, ven a un portador de paz y de amor? ¿Soy luz para los demás o caigo en las trampas del mundo y temo dar testimonio? ¿Qué clase de testigo soy del amor de Dios, de la paz de Cristo, de la vida y la resurrección? ¿Desespero de mi salvación o por lo contrario creo que me puedo salvar a mí mismo? ¿Procuro amar y busco la paz en mi vida y lo hago con toda tenacidad y conciencia o me resigno a mi estado? ¿Pongo obstáculos a la acción de Dios o participo de su plan de salvación? En definitiva, ¿rezo poniendo mi corazón en la oración para que esos dones de la paz y del amor me sean dados y renovados y para acogerlos en su plenitud?  

Últimas reflexiones:

Cuando estamos a las puertas de acontecimientos que amenazan ser tremendos para la humanidad, cuando se ven muy oscuros nubarrones en el horizonte, la Reina de la Paz no viene a decirnos nada de eso en este mensaje. Sólo a decirnos que todavía gozamos del tiempo de gracia y que debemos aprovecharlo. Nos muestra la luz en la noche del mundo. Allí está Ella, aquí están las gracias que viene a traernos. No debemos desesperar sino alzar nuestros corazones para acoger estas gracias y hacer que sean verdaderamente fructíferas. Ahora… antes de que sea demasiado tarde.

¿Por qué la Virgen viene a decirnos estas cosas –que tenemos que ser instrumentos de paz decidiéndonos por ella y llevándola a otros; que debemos aprovechar este tiempo que se nos brinda de gracias; que debemos hacer todo con alegría y dar testimonio- y a repetirlas? Simplemente, porque nadie lo dice o quien lo dice no es convincente y se trata más de principios declamados y no vividos. Insiste y repite también, porque las actividades nos distraen de lo esencial -como la semilla de la parábola, que no puede abrirse paso y germinar porque cayó entre espinos y abrojos que la ahogan (Cf. Lc 8:7)- o por ser indiferentes o insensibles a la propia salvación. En todo esto que la Santísima Madre viene a recordarnos e insiste nos va, nada más ni nada menos, que la vida… pero la vida eterna.
Recibamos, queridos hermanos, con corazón abierto, la bendición maternal de nuestra Madre, para que así logremos aprovechar este tiempo de gracia, que la misericordia divina nos está ofreciendo, volviéndonos alegres portadores y mensajeros de paz y de amor.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
Imprimir esta pagina