Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Septiembre 2007

"¡Queridos hijos! También hoy los invito a todos a que sus corazones ardan con el amor más intenso posible hacia el Crucificado; y no olviden que por amor a ustedes dio su vida para que ustedes se salvaran. Hijitos, mediten y oren para que su corazón se abra al amor de Dios. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

Lo que nuestra Madre nos pide es lo que Dios nos manda: amar a Dios por sobre todas las cosas, amarlo con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra alma, con todo nuestro corazón (Cfr Dt 6:5).

Que nuestros corazones ardan de amor al Crucificado es esencialmente lo mismo que amar ardientemente a Dios, porque en Cristo Jesús, en el momento en que su corazón se abre y de él fluye sangre y agua, nos es revelado el Padre en la mayor profundidad. En Jesucristo reconocemos quién es verdaderamente Dios, cómo es su amor. Porque el amor de Dios se ha manifestado sobre todo en la entrega que Cristo hizo de sí mismo en la Cruz por nosotros, por nuestra salvación.

La contemplación de su sufrimiento y de su muerte nos ilumina acerca del amor infinito de Dios por todos y por cada uno de nosotros en particular: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16).
La contemplación en la adoración del costado traspasado de la lanza, al reconocer la voluntad salvífica de Dios, nos vuelve capaces de confiar en su amor misericordioso que nos salva.

Amarlo como nos pide la Santísima Virgen significa responder al amor inconmensurable de Cristo que para salvarnos entrega su vida por nosotros. La respuesta al mandamiento del amor se hace posible sólo con la experiencia que este amor ya nos ha sido dado antes por Dios (Cf. encíclica «Deus caritas est», 14).

La oración y la meditación ante Cristo muriendo en la Cruz, suscita en nosotros la respuesta al mandamiento del amor porque, por la contemplación del Crucificado, del abismo abierto en su corazón traspasado penetramos la anchura, la largura, la profundidad abismal del misterio de su amor y experimentamos que este amor que se nos pide ha sido dado antes por Dios.

Su costado, decía el Papa Benedicto XVI al recordar la devoción del Sagrado Corazón, es el «manantial» al que hay que recurrir «para alcanzar el verdadero conocimiento de Jesucristo y experimentar más a fondo su amor». «De este modo, podremos comprender mejor qué significa conocer en Jesucristo el amor de Dios, experimentarlo, manteniendo fija la mirada en Él, hasta vivir completamente de la experiencia de su amor, para poderlo testimoniar después a los demás». Fijémonos que de la oración meditada en la profundidad del corazón, es decir de la contemplación, surgen el conocimiento y experiencia personal del amor de Dios que ha de vivirse y dar testimonio a los demás. Puesto que la respuesta a su amor, que viene precisamente de la contemplación adorante, nos lleva del amor a Dios al amor a los demás.

A su vez, el Papa Juan Pablo II decía que «junto al Corazón de Cristo, el corazón humano aprende a conocer el auténtico y único sentido de la vida y de su propio destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a permanecer alejado de ciertas perversiones del corazón, a unir el amor filial a Dios con el amor al prójimo. De este modo -y ésta es la verdadera reparación exigida por el Corazón del Salvador- sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia podrá edificarse la civilización del Corazón de Cristo» («Enseñanzas», vol. IX/2, 1986, p. 843).

La Santísima Virgen nos llama, al pedirnos meditar y orar, a la contemplación para que podamos abrirnos a la gracia del amor a Dios. Y al invitarnos a la contemplación del amor que se hace visible en la Cruz, en el Cristo exangüe, indirectamente nos invita a la Eucaristía, porque en ella se hace presente el sacrificio del Señor.

A partir de la contemplación adorante del Crucificado, a través de la adoración Eucarística, recibimos la gracia de amar. Pero, como recuerda el Santo Padre en la carta sobre el culto del Sagrado Corazón, el amor nunca se da por concluido y completado por lo que la apertura a la voluntad de Dios, al llamado a su amor, a dejarnos amar y amar nosotros -en primer lugar a Él- debe renovarse en todo momento. Por ello mismo y porque Dios no deja de invitarnos a acoger su amor, nuestra adoración debe ser incesante, nuestra oración humilde permanente y grande nuestra apertura y disponibilidad. En palabras del Santo Padre en la carta aludida: “Partiendo de esta actitud interior, la mirada puesta en el costado traspasado de la lanza se transforma en silenciosa adoración”.

Y todo esto es camino a hacer, paso a paso, día a día. El camino por el que nos dejamos llevar de la mano segura y amorosa de la Reina de la Paz.

En nombre y a gloria de Dios, Uno y Trino,
que te ha querido Madre de Cristo Salvador
y Madre de la humanidad a salvar, a ti,
enviada del Altísimo, Reina de la Paz,
nos dirigimos para que, con el amor divino
con que nos amas, podamos nosotros aprender
a amar con corazón ardiente a tu Hijo,
que por nosotros murió en la Cruz.
Llévanos por estos caminos que sólo tú conoces,
para que seamos transformados
de modo que nuestras vidas sean tocadas por la gracia
y amemos con corazón puro,
desinteresado, humilde.
Para que nuestra vida sea don y bendición para los hermanos.
Enséñanos, Madre de los silencios profundos,
a contemplar el misterio de Dios que ama infinitamente,
y a tener un corazón puro y humilde,
abierto a las gracias de Dios que tú nos traes. Amén.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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