Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Septiembre 2006

“¡Queridos hijos! También hoy estoy con ustedes y los invito a todos a una conversión total . Decídanse por Dios, hijitos, y encontrarán en Dios la paz que busca vuestro corazón. Imiten la vida de los santos, y que ellos sean un ejemplo para ustedes; yo los alentaré todo el tiempo que el Altísimo me permita estar con ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”

 
 

En este mensaje aparece algo nuevo que puede pasar al principio desapercibido. Se trata del llamado a la conversión total. ¿Por qué total? ¿Qué es conversión total? Algunos han entendido el término conversión como un cambio de vida que una vez hecho es definitivo, como algo de una vez para siempre. Pero esto no es conversión porque conversión no es un estado sino un camino, un continuo "ir hacia", y no se puede confundir un momento de respuesta a la gracia como respuesta definitiva porque el camino se hace cada día y porque nosotros somos débiles y pecadores. Conversión es un proceso de perfeccionamiento, un continuo acercarse hacia la meta que es el encuentro con Dios. La conversión es total cuando la intención de poner la vida en manos de Dios es seria y decidida e implica la totalidad de la vida. Por esto mismo, el llamado a la conversión es para todos sin excepción y no sólo para aquellos que, por ejemplo, no son católicos o no son practicantes por estar lejos de la Iglesia y sus sacramentos. Conversión total es la que va a lo profundo y no se queda en las márgenes. Es aquella en la que ninguna área de la propia vida, absolutamente ninguna, se deja fuera del señorío de Cristo. Conversión total quiere también decir no quedarse parados creyendo " que ya está bien", conformándose con uno mismo porque todo lo que uno hace "está bien", porque ahora "se está con Dios" ya que se reza, se va a Misa los domingos y solemnidades, se confiesan los pecados, etc. Quienes así piensan suelen ser aquellos que en la vida pública y en la privada actúan contrariamente a la voluntad de Dios, que no siguen al Magisterio porque "son personas adultas que no necesitan que nadie les diga qué tienen que hacer". Entre éstos hay quienes terminan aprobando el aborto y aberraciones morales porque los confunden con derechos y tolerancia democrática. Conversión es un camino de perfección seguramente con altibajos, con caídas y hasta recaídas pero con la certeza que tenemos a Alguien que cuida de nosotros y cada vez que caigamos nos ha de levantar. Bueno es darse cuenta, entonces, que la conversión total es asunto muy serio porque en ello nos va nada menos que el destino que damos a nuestra vida desde ahora, en la tierra, para la eternidad.

Después del llamado de la Madre viene siempre la vía que hay que tomar para alcanzar lo que Ella pide. Aquí nos dice: "decídanse por Dios". La elección es a cada paso, y es aquí y ahora. No es una elección a postergar porque nadie sabe cuándo será llamado por Dios. Dios quiere darnos lo mejor y la fe está precisamente en creer que quiere darnos lo mejor. Que no quiere quitarnos nada de lo bueno sino darnos eso, lo mejor para nosotros. Decidirse por Dios es decidirse por la vida plena, por la verdadera vida. Tobí escribió una oración de exultación en la que exhortaba: "convertíos a Él (Dios) con todo el corazón y con toda el alma, para hacer justicia ante Él (para ser santos ante Dios), y entonces Él se convertirá a vosotros y no os ocultará su rostro" (Tb 13:6). Estaba diciendo: "empiecen a dar los pasos que los lleven a Dios, acérquense más, continúen marchando hacia Él decididamente que les mostrará su rostro, sus gracias, serán aún más bendecidos, sellará la paz en sus corazones". ¿Quién no quiere la paz, quién no la busca o más bien quién no la anhela? Todos queremos la paz aunque no todos sepan dónde encontrarla. Todos sabemos muy bien que en este mundo no hay paz pero no todos caen en la cuenta que no la hay por la ausencia de Dios en la vida del mundo. La paz verdadera, única paz posible, viene de Dios y es la paz de Cristo.

La Santísima Virgen nos pide luego imitar a los santos. Los santos ejercen en sí un gran poder de atracción porque en ellos está el poder de atracción de Dios a quien reflejan. El santo no va llamando a la gente, y si no es un predicador no las convoca con palabras, sino que son las mismas personas, que viniendo de todas partes, se llegan hasta ellos aún cuando estos puedan estar encerrados en un convento, como ocurrió con el santo Padre Pío, o vivan en zonas paupérrimas y remotas, como la Beata Madre Teresa de Calcuta. Multitudes se ponen en movimiento y van a buscarlos porque proclaman la santidad con sus vidas. El santo refleja la verdad. Las personas intuyen que lo que ellos viven es la verdad. Nuestra Madre nos pide ir más allá de la devoción y de la admiración para llegar a la imitación. ¿Para qué imitarlos? Para llegar en algo ser como ellos, santos. ¿Por qué? Porque sólo en la santidad se alcanza el cielo y el cielo es el destino último para el que fuimos creados, donde no habrá más llantos ni penas ni muerte (Cf Ap 21:4). Para imitarlos hay que conocerlos, conocer sus vidas leyéndolas. Si Cristo es la luz de la perfección, los santos son su reflejo en el agua. Y los ojos débiles del hombre pueden ver con mayor seguridad el reflejo en el agua que la luz directa del sol. Aún cuando, como decía san Juan Clímaco, leyendo la biografía de un santo nos sentimos como pobres que han visto el tesoro de un rey, luego lo deseamos, porque hemos conocido nuestra miseria pero también la riqueza común con nuestros hermanos santos. Hemos nacido no para quedarnos en esta tierra sino para pasar por ella camino del cielo. Pero al cielo hay que ganarlo y la conquista del cielo se llama santidad. Sólo siendo santos alcanzaremos el fin para el cual hemos sido creados. San Pablo, en su carta primera a los cristianos de Tesalónica dirá: "Dios no nos ha destinado para la ira, sino para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo" (1 Ts 5:9). Quiere decir que Dios no nos ha creado para la condena sino que É l quiere que todos los hombres se salven (Cf 1 Tim 2:4), pero en la salvación media nuestra libertad, nuestra voluntad de ser o no salvados. No debemos desalentarnos porque todos estamos llamados a la santidad -"Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto", dice el Señor (Mt 5:48)- y cada uno en la medida de su capacidad. Lo importante es colmar nuestra medida de santidad. La santidad es particularmente favorecida en el entorno familiar. La santidad es la aventura del amor compartido a la que Dios nos está constantemente llamando. Cuando entendemos que la santidad es la recuperación de la felicidad perdida por el pecado acabamos por amar la idea de crecer en santidad. La santidad no es una abstracción sino que se vuelve algo muy concreto en personas que han alcanzado esa perfección en el amor, que han amado a Dios por encima de todas las cosas y, por eso mismo, han podido recibir de Dios gracias inmensas, la primera el amor, con el que han amado a los demás. Esas personas concretas han sido los santos. Ellos deben ser nuestros modelos, a ellos debemos emular.

En los meses de octubre de los años 1994 y 2004, la Reina de la Paz también pidió que imitáramos la vida de los santos, que siguiéramos sus ejemplos. El 25 de octubre de 1994 nos invitaba a tomar a los santos como ejemplo recordando que la Madre Iglesia los ha escogido para que ellos sean un estímulo para nosotros en la vida de cada día. El 25 de octubre de 2004 nos pedía que aprendiésemos, y esto por medio de la oración, a amar todo lo que es santo, a imitar la vida de los santos porque son ellos incentivo y maestros en el camino de santidad. Siendo santos, nos decía, nos convertiremos en testigos del amor.

Dice luego la Reina de la Paz: "yo los alentaré". Quiere decirnos que estará con nosotros porque alentar habla de presencia, ya que a continuación agrega: "todo el tiempo que el Altísimo me permita estar con ustedes". Ya en el 94 decía "el Altísimo me ha concedido estar junto a ustedes para instruirlos y para guiarlos en el camino de la perfección." Hablando así nos hace conscientes que este es un tiempo de gracia que hay que aprovechar porque llegará el momento, no sabemos cuándo, en que ya no vendrá y no tendremos el privilegio de esta guía y de esta presencia constante. Nosotros recibimos el aliento, el estímulo, la fuerza que viene de su presencia. Nuestro caminar será más fácil en la medida que sepamos que Ella está allí, en Medjugorje, todavía apareciendo, hablándonos, alentándonos con sus palabras, consolándonos con su cercanía. Algunos seguramente objetarán que esta forma de expresarse, que estos sentimientos y esta fe no es madura porque la Madre de Dios ejerce su maternidad desde cualquier parte y está siempre cerca de quien la llama o acude a Ella para que lo auxilie. Si, pero aquí no se trata de fe madura sino de acompañamiento en la vida cuando la vida se ha vuelto oscura o se está poniendo difícil. Cuando al Señor le reprochaban que se reunía con publicanos y pecadores, a quienes así lo criticaban les respondía: "No son los sanos quienes tienen necesidad del médico sino los enfermos. "No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores" (Cf Mt 9:12,13). La Madre de Dios no ha venido para aquellos que tienen o dicen tener una fe firme y una espiritualidad crecida sino para aquellos que estaban y están lejos de Dios y sigue también viniendo para los que humildemente quieren seguir el camino que les va trazando. Por eso, para ellos y para muchos más no es lo mismo saber que la Santísima Virgen está próxima a cada uno por el conocimiento de la fe que hacer experiencia de esa fe por la gracia de reconocer la presencia de la Virgen en estas apariciones, gracia extraordinaria y sobreabundante que se revela al corazón (sensus fidelium) que vuelve evidente aquello que no se ve.

La Virgen en sus lugares de apariciones atrae fuertemente hacia Ella y esto pese a que nunca elige sitios cómodos donde visitarnos. Algunos se vuelven cómodos con el tiempo por obra -y no siempre por la bondad- del hombre, generalmente gracias a intereses de lucro. Pese a las incomodidades, al menos originales, grandes multitudes se mueven y se acercan a esos lugares de apariciones porque allí resplandece la gloria de la Santísima Virgen y esa gloria habla de cielo y de maternidad divina y porque esa Mujer gloriosa que aparece es Madre de cada uno de nosotros, pobres pecadores. En esos lugares resplandece la santidad de la Virgen, que luego de la de Cristo está por encima de toda otra santidad. Resplandece la maternidad celeste que cobija a sus hijos de la tierra y que viene a sanarlos para que puedan emprender el camino al Cielo. Medjugorje en los años 80 era una aldea perdida en un país comunista que no figuraba en ningún mapa. Los peregrinos éramos alojados en las casas de los campesinos en las que no había agua caliente ni buena calefacción en invierno. Pero, nadie se quejaba porque no se iba por el paisaje ni por el confort sino porque allí se estaba apareciendo la Madre de Dios y nos traía mensajes del cielo que reforzaban nuestra fe, la fe de la Iglesia y alimentaba nuestra esperanza. Los que iban como peregrinos no se sentían soberbios como para decir que la Virgen no venía a decir nada nuevo y que todo eso ya estaba en las enseñanzas de la Iglesia (en todo caso después lo descubrirían) sino que con humildad venían a recibir las gracias que la Madre traía para ellos. Eran y son muchos de ellos, heridos por la vida, desencantados, desesperados, descreídos y desechados. Ahora mismo y pese a algunos trabajos que se hicieron para amortiguar las durezas de la topografía no se puede decir que el Kricevac o que el Podbrdo sean lugares cómodos. Sin embargo, desde esos sitios los peregrinos se sienten llamados y ascienden aún enfermos y ancianos porque son atraídos por la fuerza de una gracia extraordinaria. Esas subidas a la colina y la montaña son metáfora de la vida en la tierra en camino hacia el cielo, del hombre viandante que aún tropezando sigue avanzando para alcanzar la meta. Es la metáfora de la purificación, porque hay aceptación del sacrificio al emprender la subida, para llegar al punto más alto. Ese punto más alto al que nuestra alma anhela y quiere merecer, por gracia de Cristo y condescendencia de María dispensadora de las gracias del Señor, que llamamos cielo.

Una experiencia repetida por los peregrinos que van a Medjugorje sin prejuicio de ningún signo, con el corazón abierto, es verificar que allí hay algo distinto a otros lugares. Algo que casi se respira. Advierten la presencia de "Alguien" que los está llamando a cambiar de vida, que los atrae hacia sí, que los lleva a la oración. Advierten que en Medjugorje pueden concentrarse en la oración y en la adoración y que el centro de Medjugorje está en la iglesia, en los sacramentos y en la adoración eucarística. Estas son sus experiencias transformantes. En Medjugorje es la presencia de la Santísima Virgen, que viene en las alas del Espíritu, que hace a las personas dejar banalidades para penetrar el misterio de la salvación y querer conocer a Dios y dialogar con Él y adorarlo. Estas experiencias no son mensurables por aparato alguno ni hay análisis fuera del de la iluminación del Espíritu Santo que pueda detectarlas. No es posible negar lo que ocurre a diario en Medjugorje sentenciando que donde se reza y donde están los sacramentos se obtienen los mismos resultados de conversión y los mismos frutos, porque esto olvida el porqué se reza y porqué las personas acuden a los sacramentos en Medjugorje. En cambio habría que preguntarse porqué no se da lo mismo en otros lugares, en otras parroquias y diócesis en la misma medida. ¿Por qué, en primer lugar, se reza con tanta intensidad y fervor, por qué se adora con tanta unción y participación, por qué las personas se sienten impulsadas a confesar sus miserias pasadas y alcanzan la alegría del perdón de Dios? ¿No será que la gracia que se manifiesta en Medjugorje es extraordinaria? ¿No será acaso la diferencia entre lo que acontece en un lugar cualquiera donde la Iglesia está presente y la Iglesia en Medjugorje la misma que media entre la gracia ordinaria y la extraordinaria?

Demos gracias al Altísimo que permite que la Reina y Madre de la paz pueda aún venir hasta nosotros de esta manera tan especial que son sus apariciones en Medjugorje. Démosle gracias, también, porque permite que siga alentándonos con sus mensajes y nos siga guiando en el camino de conversión. Démosle gracias porque estas cosas las revela a los pequeños y pidámosle la gracia de ser pequeños, de abrir toda nuestra vida a su presencia para hacer siempre su voluntad, para amar como Él quiere que amemos. Roguemos por quienes deban ahora juzgar acerca de los frutos de Medjugorje para que el Espíritu Santo los ilumine y los guíe a la verdad. Roguemos por nosotros todos para ser fieles a la Madre Iglesia en obediencia y humildad.

P. Justo Antonio Lofeudo

 
 
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