Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Agosto 2007

"iQueridos hijos! Hoy, en el dia del Patrono de su parroquia, los invito a imitar Ia vida de los santos. Que ellos sean ejemplo y estimulo para Ia vida de santidad. Que Ia oración sea como el aire que respiran, y no una carga. Hijitos, Dios les descubrirá su amor, y ustedes experimentarán el gozo de ser amados mios. Dios los bendecirá y les dará gracias en abundancia. iGracias por haber respondido a mi Ilamado!"

 
 

Toda la creación refleja la bondad y la belleza de Dios. La vida humana, en particular, recibe además su única dignidad, de la que ni siquiera los ángeles gozan, y es la que viene de la asunción de la humanidad por parte de Dios en la encarnación.

El gran amor de Dios, inconmensurable e inconcebible, se manifestó al rescatarnos de nuestra condición de criaturas caídas para llevarnos a la dignidad de hijos, que lo somos desde ahora aunque lo que seremos no ha sido aún revelado (Cfr 1 Jn 3:1) ya que ni ojo vio ni oído oyó, ni penetró en el corazón del hombre lo que Dios tiene preparado para aquellos que lo aman (Cfr 1 Cor 2:9). Hemos sido creados para dar gloria a Dios con nuestras vidas, y para ser salvados en Jesucristo (Cf 1 Tes 5:9). El cielo es nuestro destino, puesto que la voluntad de Dios es que todos los hombres se salven y ninguno se pierda. Pero, nuestro destino está en nuestras manos, en nuestra libertad, en lo que voluntariamente hagamos de nuestras vidas. Dios nos llama a la santidad. Sean santos porque Dios es santo, exhorta san Pedro en su primera carta (cfr 1 Pe 1:16).

A través de todas las épocas la humanidad ha sido llamada a la conversión, al cambio radical de vida caminando hacia el encuentro con Dios.
“No persigáis la muerte con vuestra vida perdida” dice Sab 1:12 y recuerda que “Dios no hizo la muerte ni se alegra con la destrucción de los vivientes” (Sab 1:13). Yahvé habla por boca de su profeta Ezequiel diciendo: “que Yo no me complazco en la muerte del malvado sino que el malvado se convierta de su conducta y viva… Convertíos, convertíos...” (Ez 18:32). El mismo Señor concluye su parábola de la oveja perdida anunciando que “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15:7).

Si siempre Dios llamó a la conversión, es a partir de la venida de Cristo que el llamado se hace ante la inminencia del Reino de Dios, más aún ante la llegada de ese Reino en la persona de Cristo. Así lo anunciaba el Bautista y el mismo Jesucristo al comienzo de su vida pública: “Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos” (Cfr Mt 3:2; 4:7), llamando al arrepentimiento y a la penitencia. En muchas otras ocasiones el Señor y sus discípulos y también el apóstol san Pablo claman la conversión de los hombres.

El Reino ya se hizo presente en Cristo. Ahora, la misericordia divina nos ha dado un tiempo de gracia y es en este tiempo, signado por la presencia de María entre nosotros, que a través de Ella somos todos llamados nuevamente a la conversión. Nuestra Santísima Madre, de distintos modos pero con un mismo fin, ha pedido nuestra conversión. En su primer mensaje habló de reconciliación con Dios y luego también de la necesidad de cambiar de vida, de poner a Dios en el primer lugar en nuestras vidas. Llama a todos, los que están cerca y los lejanos. Y nos dice cómo abrir nuestro corazón a Dios para que Él nos convierta: con la oración, la oración y el ayuno. Oración profunda, continua y perseverante, nos pide. Vivir en la oración y de la oración para comunicarnos con Dios y abrirnos a sus gracias, a su bendición, a su protección.

Cuánta gente de buenas intenciones se queja por el mal que se respira, pero no se da cuenta que el mal anida en su corazón igual que en los demás y que no basta con odiar el mal, es necesario sí pero no suficiente. Se debe amar el bien y sólo se ama el bien si se ama a Dios. Aprender y comenzar a amar a Dios es conversión.

El corazón que deja que Dios lo convierta hace al hombre y a la mujer diferentes. Ya sus puntos de vista, sus gustos no son los del mundo. Ya no le interesan las frivolidades y detesta todo aquello que ofenda a Dios directa o indirectamente. Ya ve el pecado como grave ofensa, a lo que los otros llaman experiencias o simples errores. Y aprecia la vida, su vida, toda vida. Ve en cada persona el reflejo del Creador y la sangre del Salvador. No odia sino que perdona y trata de amar aún a aquel que es su enemigo. Y encuentra paz, mucha paz donde antes había conflicto, inquietudes, miedos, sentimientos negativos. Y encuentra alegría, el gozo íntimo de saberse amado por Dios y de saber que su destino está más allá de estos apretados horizontes. La paz es, en fin, el signo de la conversión con la que el Señor sella nuestros corazones.

En este mensaje llama mucho la atención que por vez primera se dirija directamente a aquellos que “están lejos de la misericordia de Dios”. Son los que no se ponen al alcance de la misericordia, no porque Dios no tenga misericordia para ellos, porque hemos visto que no es así, sino porque ellos mismos han elegido apartarse de Dios, porque no lo aceptan o son indiferentes y tibios o no confían en Dios y su misericordia o porque abiertamente lo rechazan o son apóstatas. Dice Pablo, que si nosotros lo negamos (se refiere a Cristo) él también nos negará (Cfr 2 Tim 2:12). Quien niega a Cristo niega la salvación y se excluye él mismo de la misericordia por su libre voluntad. “Quien me niegue ante los hombres, lo negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos”, dijo el Señor (Mt 10:33).

La Santísima Virgen agrega algo muy fuerte que debería hacer reaccionar a estas personas: los exhorta a convertirse, a no demorar la decisión, para que Dios no desatienda sus oraciones, no sea sordo a ellas y sea ya demasiado tarde. Esto nos dice dos cosas muy importantes: primero, que llegará un momento en que los que están lejos rueguen a Dios, y pensamos que serán por circunstancias especialmente dramáticas, pero no serán entonces oídas esas oraciones porque no se han arrepentido de sus malas acciones y sólo clamarán, desde la soberbia y ante el peligro y el miedo aterrador, a un Dios que no conocen y acuden como medio de salvación y no como el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Porque Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. La soberbia aparta de la gracia de Dios. Y porque quien, además, en su vida no es capaz de misericordia hacia los otros no obtiene misericordia de Dios y no es escuchado. Lo otro que nos dice esta parte del mensaje es que parecería advertir que los tiempos se acortan, habida cuenta que nadie conoce cuál es el tiempo de su vida sobre esta tierra. Una advertencia para tener muy seriamente en cuenta.

Una vez, alguien inspirado escribió la siguiente admonición acerca del rezo del Padrenuestro:

No digas "Padre", si cada día no te portas como hijo.
No digas "nuestro", si vives aislado en tu egoísmo.
No digas "que estás en los cielos", si sólo piensas en cosas terrenas.
No digas "santificado sea tu nombre", si no lo honras.
No digas "venga a nosotros tu Reino", si lo confundes con el éxito material.
No digas "hágase tu voluntad", si no la aceptas cuando implica dolor.
No digas "el pan nuestro dánosle hoy", si no te preocupas por la gente con hambre.
No digas "perdona nuestras ofensas", si guardas rencor hacia tu hermano.
No digas "no nos dejes caer en la tentación", si tienes intención de seguir pecando.
No digas "líbranos del mal", si no tomas partido contra el mal.
No digas "amén", si no has tomado en serio las palabras de esta oración.

No olvidemos, para todos, cercanos o alejados de Dios, es el llamado a la conversión, de cada día. No posterguemos ni un minuto el responder al llamado de salvación de la Reina de la Paz.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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