Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Agosto 2006

“¡Queridos hijos! También hoy los invito: oren, oren, oren. Solamente en la oración estarán cerca de mí y de mi Hijo, y se darán cuenta de cuán breve es esta vida. En su corazón nacerá el deseo del Cielo; la alegría reinará en su corazón y la oración fluirá como un río. En sus palabras habrá solamente agradecimiento a Dios por haberlos creado, y el deseo de la santidad llegará a ser realidad en ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”

 
 

"Oren, oren, oren" primariamente significa un aumento del tiempo de oración, una dedicación más atenta, una primacía de la oración sobre cualquier actividad, pero también significa un enriquecimiento y profundización de la oración que viene por la misma oración incesante.

Para llegar a la profundidad de la oración y de la misma contemplación es necesario tener un alma pura, un corazón puro iluminado por el Espíritu Santo. Decía Casiano que es imposible que el alma impura obtenga el don de la ciencia espiritual ya que no se confía a un recipiente fétido y corrupto un perfume de gran estima ni un precioso licor, ni un excelente manjar. Así es con el corazón humano y los tesoros espirituales que derivan de la vida de oración.

La insistencia en la oración que encierra cada mensaje y éste en particular, el énfasis que pone la Santísima Virgen sobre la necesidad que tenemos de rezar, es el signo de la primacía de la oración en la vida, para que la vida sea verdadera y plena, para que sea dirigida hacia la santidad en el camino de auténtica conversión.

San Juan Crisóstomo escribía: "La oración es el puerto en la tempestad, el ancla de los náufragos, el bastón de los titubeantes, el tesoro de los pobres...; refugio de males, fuente de ardor, causa de alegría, madre de la filosofía". También la llama "luz del alma", fuente de salvación, muro de protección de la Iglesia, arma contra los espíritus malignos.

Así como el cuerpo necesita cubrir sus necesidades también el espíritu lo hace. ¿Cómo? Orando, contemplando, adorando. Por la oración respira el alma y se alimenta y sacia su sed la vida espiritual.

Uno de los Padres de Oriente decía que durante la oración se abren las profundidades de nuestro corazón y se dilata nuestro espíritu elevándose hacia Dios para recibir el don que le permite unirse a Él, y el don recibido de Dios penetra luego todo lo que hay en nosotros y vivifica todo nuestro íntimo.

La verdadera oración es, antes que nada, don de Dios que Él lo da a quien ora. Por la oración comenzamos a conocer más a Dios y, por ello mismo, a nosotros mismos.

La oración es mucho más que una ayuda, un recurso, es el instrumento por excelencia de nuestra salvación.

El hombre con la oración deja que Dios lo vaya gestando, esculpiendo y se va volviendo sabio, porque la oración es coloquio con Dios. Es por eso que la oración, siendo sabiduría cristiana, es -como decía san Juan Crisóstomo- madre de la filosofía. El hombre no puede salvarse por sí mismo. Esta es la comprobación de nuestra propia vida cuando vemos cuán míseros y pobres somos, cuánto es lo que nos separa de Dios. Como el Apóstol podemos decir: "no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero.." porque estoy habitado por el pecado (Cfr Rm 7:19 s). Por ello mismo debe constantemente el hombre comunicarse con Dios para exaltarlo en la alabanza, para pedirle una y otra vez perdón por sus pecados, para suplicarle pidiendo por sus necesidades y aquellos bienes convenientes, para darle gracias por todos los bienes recibidos y entre ellos la propia vida, para interceder por otros y por el mundo, para -como nos enseña nuestra Madre Santísima en este mensaje- experimentar la cercanía de Dios y de Ella, para aliviar su corazón, aligerar su alma, elevar su espíritu.

Pero, no es que la Virgen nos diga ahora que debamos centrarnos en la corrupción de nuestra naturaleza sino que más bien nos llama a ser conscientes de la vida divina a la que estamos llamados, de la participación a la vida trinitaria que vuelve a la plegaria diálogo eficaz.

La oración es la búsqueda del Paraíso perdido, de las cosas del Cielo a la que estamos llamados y por las que fuimos creados. Los efectos de la oración, según nuestra Madre en este mensaje, son el de la cercanía a Ella y a Dios, el que nos espera la eternidad, por tanto el de reconocer la brevedad de esta vida que necesariamente es pasajera, y las consecuencias del anhelo del cielo y la alegría de sabernos destinados a esas realidades superiores y eternas. Cuando somos conscientes de todo ello cabe la gratitud del corazón que se expresa en la alabanza y la acción de gracias a Dios que nos ha creado no para la muerte, no para las tribulaciones y penurias de esta vida sino para la felicidad de participar de su misma vida divina que no tiene fin. Y, claro está, surge como consecuencia la necesidad, junto al deseo, de santidad, único medio para alcanzar tales metas.

La santidad se forja y alcanza orando. Para llegar a la santidad, que es la felicidad verdadera y la perfección en el amor, no hay caminos alternativos ni atajos. La oración es por donde se comienza y por donde se sigue. En este caso Dios no es objeto de estudio sino de diálogo. La oración nos lleva a hacer experiencia de Dios y de su cercanía. Dios es Padre, Dios es nuestro Salvador, y todo esto verdaderamente no lo conocemos como una noción intelectual sino como experiencia vital que viene de la oración.

Jesucristo nos invita a dirigirnos a Dios como un hijo que pide a su padre, que confía en él. Y nosotros somos verdaderamente hijos de Dios, hijos en el Hijo en el Espíritu Santo.

La oración cristiana se distingue por la familiaridad, en sentido estricto, con Dios. Dios no sólo es el Dios de los Ejércitos, el Omnipotente, el Creador, el baluarte de salvación y la roca inexpugnable sino simplemente el Padre nuestro que está en el cielo. San Juan Clímaco nombraba una serie de otros efectos de la oración como "el sostén del mundo y reconciliación con Dios, madre o hija de las lágrimas y propiciación por los pecados, defensa de las tentaciones y baluarte contra las tribulaciones, victoria en la luchas.. alegría en la espera, actividad que no tendrá más fin y luz de la mente,.. anuladora de la tristeza y tesoro de los monjes,..espejo de progreso y revelación del justo medio, indicadora de las condiciones en las que nos encontramos y preanunciadora de las cosas futuras.."

"Oren, oren, oren" es también un llamado a la oración incesante. La oración incesante de los cristianos tuvo el poder de liberar a Pedro encadenado (cf Hch 12:5 s) porque la oración incesante posee la fuerza del reclamo perseverante e insistente a Dios que obra el prodigio de las más grandes liberaciones.

Quien tiene en su corazón el deseo continuo de Dios aunque no exprese su oración ni vocal ni mentalmente, está orando desde lo más íntimo de su ser y esto es oración incesante. Pero, hay otro modo de oración continua y es aquella de la comunidad. La adoración eucarística perpetua es el mejor y mayor ejemplo de oración permanente comunitaria, cuando una comunidad orante forma una cadena ininterrumpida de adoración, en torno a Jesús presente en la Sagrada Eucaristía, en la que los adoradores se van sucediendo en el rendimiento de honor de su hora santa como eslabones de esa cadena de amor.

Si la oración, especialmente la de contemplación, diviniza porque vuelve a Dios presente en el corazón, la adoración hace de la presencia de Dios en el Santísimo Sacramento experiencia transformante. Quien adora responde al Padre que busca adoradores en espíritu y verdad, responde al Hijo que lo invita: "Ven a Mí" y al Espíritu Santo que lo mueve a vivir la realidad celestial aquí en la tierra. Algunos hermanos preguntan pero cuál es la oración a la que se refiere la Santísima Virgen cuando pide oración, hay alguna que prefiera en particular. En Medjugorje y en otras apariciones ha pedido el rezo diario del Santo Rosario y sabemos que es la oración más recomendada por Ella, seguramente porque en cualquier parte y situación es posible rezarla usando solamente uso de la memoria y sabiendo que en la contemplación de cada misterio de la salvación de Cristo lo estamos haciendo desde el corazón de María. Sin embargo, toda vez que sea posible, es recomendable complementar el diario Rosario que nos ha pedido con otras oraciones de la Iglesia. Así por ejemplo, la oración litúrgica de las horas, la oración de acción de gracias y las peticiones de la Santa Misa, la oración que se hace con las Sagradas Escrituras en la Lectio Divina. De estas oraciones algunas son eminentemente comunitarias y otras más bien personales.

En los mensajes dados en Medjugorje, junto al llamado permanente a la oración, la Madre de Dios ha también pedido la lectura de la Biblia.

La lectura asidua y la meditación continua de las Escrituras no tienen ningún otro fin que el de procurar en nuestra memoria el nacimiento de pensamientos divinos, escribía Casiano. Y agregaba que para que la lectura de la Biblia lleve a la oración y eventualmente a la contemplación, depende en gran parte de nosotros, de elevar el tono de nuestros pensamientos y hacer que sean santos y espirituales y no terrenos y carnales.

La lectura de las Sagradas Escrituras alimenta la oración, la ilumina, la ilustra, la eleva y purifica.

Leyendo la Palabra de Dios nos ponemos en la escucha de Dios que habla, mientras que con la oración hablamos con Dios una vez que nos dejamos interpelar por su Palabra, para -llegados a la contemplación- poder encarnar la Palabra.

La Biblia debe ser leída, releída, meditada, rumiada, asimilada y orada. De ese modo la Escritura se convierte en camino a la oración continua y a la contemplación de Dios porque hasta el vagabundear de la mente llega a ser santa e incesante meditación de las cosas del cielo.

Casiano escribía que la verdadera ciencia de las Sagradas Escrituras se adquiere con una gran humildad de corazón. Esa humildad que lleva al verdadero conocimiento, no a la ciencia que infla sino a la que ilumina a través de la consumación en la caridad. La oración y la caridad van juntas. La oración sin obras de caridad es sólo declamación, árbol sin frutos. La verdadera oración lleva a la caridad. La caridad sin la oración es estéril.

Esta es la explicación a aquellos quienes, ante los mensajes que desde hace más de 25 años nuestra Madre va dando en Medjugorje, se preguntan porqué habla siempre de la oración, porqué raramente de obras de misericordia o nunca de compromiso social, de acción social en obras de caridad.

La caridad que no esté fundada en la oración, que no sea precedida y seguida de oración, no es verdadera caridad sino filantropía. Quien no pone a Dios en el primer lugar, quien no privilegia la relación con Dios sobre cualquier otra, se pone a sí mismo en el primer lugar nunca al otro.

La fuerza y la intensidad de la caridad vienen de Dios que es la fuente de todo amor, más aún, que es Amor. Por tanto, no se puede tener ni dar lo que antes no se haya recibido en oración. Esto quiere decir que toda obra de misericordia llevada a cabo personalmente o comunitariamente viene necesariamente de la relación con Dios, de la oración. Cuando esto no se comprende y se niega se cae en el dominio de la ideología o del activismo, no de la religión.

A propósito del exceso de actividades al que somos tentados en desmedro de la oración, cuando se resta tiempo y espacio a la oración para dárselos a las obras y, como se suele decir, por ocuparnos de las obras del Señor nos olvidamos del Señor de las obras, el Santo Padre Benedicto XVI en estos días recordaba la recomendación de san Bernardo, la de privilegiar la oración y la contemplación para no caer, por efecto de las actividades no sustentadas por la plegaria, en el endurecimiento del corazón. Cuando el corazón se endurece no es que falte la oración del corazón, lo que no hay es simplemente oración y esto es la muerte del espíritu. Entonces la brevedad y los dolores de la vida se convierten en tragedia, jamás en la alegría que -como nos dice nuestra Madre- reina en el corazón cuando sí hay oración.

 
 
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