Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Julio 2008

"¡Queridos hijos! En este tiempo en el que piensan en el descanso del cuerpo, los invito a la conversión. Oren y trabajen para que su corazón anhele a Dios creador que es el verdadero reposo de su alma y de su cuerpo. Que Él les revele su rostro y les dé su paz. Estoy con ustedes e intercedo ante Dios por cada uno de ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

Es ya tiempo de vacaciones, tiempo de pensar en el descanso después de las fatigas del año, tiempo de distracción quizás. Es cuando muchas personas suelen hacer planes de recreación, pensando dónde y cómo pasar ese tiempo.

Es en este contexto actual que la Santísima Virgen hace un toque de atención. Ella, que habla para el tiempo presente y que está atenta a todo lo que hagamos, nos invita ahora a la conversión. Nos llama a no distraernos de lo esencial y a no olvidar lo más importante: nuestro camino hacia Dios.

El descanso es necesario y absolutamente lícito y legítimo, pero, si se reduce al cuerpo nada más, es incompleto. Nosotros no somos simplemente un cuerpo, nuestra vida no se agota en lo material. Somos una unidad corporal-espiritual y esa es nuestra grandeza, nuestra condición humana, de creaturas que llevan en sí la impronta divina, puesto que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, nuestro Creador.

Por ello, debemos cuidar no sólo nuestra salud física sino también la espiritual y moral. ¡Cuántas enfermedades del cuerpo no provienen acaso de heridas espirituales o de degradaciones morales!

Cuando no nos ocupamos de la salud de nuestra alma -creada en el momento de la concepción para ser inmortal- y sólo pensamos en nuestros cuerpos, acabamos dedicándonos sólo a lo que erróneamente entendemos como provecho propio y a "pasarlo bien", para terminar siempre insatisfechos, frustrados cuando no deprimidos y angustiados. Y esto puede ocurrir aún cuando el descanso sea el muy loable de disfrutar de un paisaje y de admirar la creación. Pocos se preguntan porqué las vacaciones no fueron lo que deberían haber sido, porqué no están al final mejor que cuando las iniciaron. Los que lo hacen suelen dar explicaciones que no llegan a la raíz de la cuestión. Se dice, por ejemplo, que los estados de ánimo adversos son la consecuencia de saber que ese tiempo de deleite se ha de acabar, que es un goce temporario, y no se percibe que la razón verdadera es que, si bien se admira a la creación, no hay estupor ni anhelo hacia el Creador, a quien se lo tiene a una gran distancia, muchas veces infinita de la propia vida. Y si eso ocurre cuando el tiempo está dedicado a cosas buenas, qué no sucede cuando se trata de la mayoría de las diversiones que hoy se aventuran, de espectáculos que excitan los sentidos y de aturdimientos de otro tipo.

En la vida hay dos mundos que parecen no reconciliarse y son los del trabajo y el del espíritu. Juan Pablo II, en una exhortación dirigida a Europa, a la que recordaba el programa benedictino del trabajo y la oración, se lamentaba ante la tendencia presente de desligar el trabajo de la oración y hacer de él la única dimensión de la existencia humana, lo que se pone de manifiesto en la prioridad que se da a la economía sobre la moral, a lo material sobre lo espiritual. Y agregaba: "No se puede vivir de cara al futuro sin comprender que el sentido de la vida es más grande que lo material y pasajero, que este sentido está por encima de este mundo".

La adhesión a los bienes materiales y el alejamiento de Dios son dos fenómenos que se reclaman mutuamente: en la medida que aquella adhesión sea mayor también mayor será el alejamiento de Dios. Y donde Dios no cuenta se termina primero negándolo y luego rebelándose a Él, y ésta es la apostasía en la que estamos inmersos.

Del mismo modo, cuanto más se enfría el espíritu y se pierde la oración y más se aleja la persona de Dios, más tiende ésta a aferrarse a las cosas pasajeras y más se vuelca a los falsos dioses, entre ellos primordialmente el dinero. El dinero que se procura afanosamente, que se acumula avaramente y también el que se lamenta no tener.

El Señor nos advierte: "O Dios o el Dinero" (Mt 6:24). Recordemos esta simple regla de oro: todo lo que nos acerca al Señor es bueno y todo lo que nos aparta de Él es malo. Por eso, para no caer víctimas de las propias ambiciones recemos: "Señor, que bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros que podamos adherirnos a los eternos". "Que nada nos aparte de Ti y que lo que puede ser necesario como instrumento para la vida no se convierta nunca en obsesiva finalidad".

El tiempo en que nos detenemos, en la frenética carrera de la vida, como es singularmente el de las vacaciones, nos debe servir para reflexionar sobre estas cosas y para corregir el rumbo. El ocio debe servir a nuestro espíritu, ser la oportunidad a aprovechar para nutrirnos y crecer espiritualmente, porque el tiempo está enteramente a nuestra disposición. Es aquí que la Reina de la Paz viene a nuestro encuentro con este mensaje. Y nos sorprende, porque paradojalmente nos dice, en este tiempo de descanso, "trabajen". "Oren y trabajen". Y nos da luego la razón: "para que su corazón anhele a Dios creador que es el verdadero reposo de su alma y de su cuerpo". Habría que detenerse en esta frase para que penetre profundamente en nuestro corazón. "Oren y trabajen": alcen sus voces, sus mentes, sus voluntades, su corazón a Dios en la oración y, al mismo tiempo, ocúpense de hacer lo que Dios les inspire, lo que yo les pido, para que sientan un deseo infinito de Dios, que los ha creado con inconmensurable amor. En Él y sólo en Él encontrarán reposo.

"Aquietaos y reconoced que yo soy Dios", advierte el salmista que habla en nombre del Señor (cf. Sal 45:11). Es el llamado a aquietarse no en la inmovilidad sino a dejar las falsas inquietudes del agitado cotidiano, esos movimientos pendulares que nos hacen salir de Dios para adentrarnos en el mundo y perder o estropear lo que hemos conseguido en nuestro camino espiritual. Es el llamado a dejar de dar pasos hacia delante y luego hacia atrás. Es la exhortación a vencer las fuertes tensiones del mundo de las actividades, del trabajo, de las amistades, cuando están todos ellos alejados de la voluntad de Dios, y que se contraponen a la propia conversión fundada en la oración, los sacramentos, el cumplimiento de la ley de amor.

Cada uno de nosotros, aún cuando no siempre seamos conscientes de ello, tiene deseos de trascendencia, y mientras tanto la vida se nos hace corta, sobre todo cuando avanzan los años, y esa brevedad, si Dios no está en nuestras vidas, se vuelve angustiante.

"Que Él les revele su rostro y les dé su paz", nos dice luego nuestra Madre. Y lo que nos dice es mucho más que un buen deseo, es su plegaria a Dios en su permanente intercesión, que nos asegura así como su constante cercanía. Ella ora y nos pide nuestra parte: orar y trabajar para la conversión.

Debemos llegar a tener un anhelo constante de Dios, ésta es una buena medida del camino de conversión como también lo es aquella de "oren, oren, oren hasta que la oración se convierta en alegría para ustedes". Será cuando con el salmista podamos decir: "mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo podré ver su rostro?" (Cf Sal 41:3) y, casi obligatoriamente, con san Agustín respondamos: "Señor, nos hiciste para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no repose en Ti".

Nuestro anhelo de infinito no lo puede saciar nada de este mundo. Sólo el agua que Jesús nos promete, la que mana de su costado, la que se convierte en nosotros en fuente para la vida eterna ha de quitarnos la sed de trascendencia e infinito (Cf Jn 4:14). Esa agua es Él mismo en su Palabra, en la donación de sí en la Eucaristía.

El llamado de María Santísima es para todos, todos debemos caminar en la conversión, todos debemos acercarnos cada vez más a Dios, todos debemos reconocer el rostro divino y recibir su paz y transmitir la paz al mundo, todos debemos ser iluminados por la Verdad y reflejarla a los demás, todos debemos aprender a amar y recibir amor de la fuente del amor. Por eso, oremos, queridos hermanos, reposemos en el Señor, como el discípulo amado, no nos apartemos de Él, que este tiempo de descanso sea también de acercamiento a Dios en una vida sacramental, en un compromiso mayor en el amor. Y hagámoslo todo en la certeza gozosa de la cercanía de nuestra Madre y del poder de su intercesión ante Dios por cada uno de nosotros.

¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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