Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen
María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Julio 2006

"¡Queridos hijos! En este tiempo no piensen sólo en el reposo de vuestro cuerpo sino, hijitos, busquen también tiempo para el alma. Que el Espíritu Santo les hable en el silencio, y permítanle que los convierta y los cambie. Yo estoy con ustedes e intercedo ante Dios por cada uno de ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

En momentos de guerra, como la del Líbano, muchos quizás esperaban que la Santísima Virgen nos llamase a la oración y al ayuno y, en cambio, Ella nos presenta este mensaje. Sin embargo, el pasado 23 de junio, antes que se desatara el conflicto, en la aparición a Ivan sobre el Podbrdo, había recordado y advertido: “Yo he venido a este lugar como Reina de la Paz y les he pedido orar por la paz. Únanse a mis oraciones por la paz. ¡Paz, paz, paz!”

Desde el mismo comienzo de las apariciones y muchas veces luego, nos enseñaba que a la paz se la gana con la oración y el ayuno. Oración y ayuno que alejan las guerras o detienen a las ya iniciadas. El Santo Padre, exactamente un mes después de aquel mensaje, el domingo 23 de julio, pidió no ya sólo a los católicos o a los cristianos sino a todos los creyentes unirse ese día en una jornada de oración y penitencia por la paz en el Medio Oriente. Y había precisado “por el derecho de los libaneses a la integridad y soberanía de su país, el derecho de los israelíes a vivir en paz en su estado y el derecho de los palestinos a tener una patria libre y soberana.”

  La vasta realidad abarca todo tipo de situaciones y junto a la guerra en una parte del mundo, en otras la vida parece seguir regularmente su curso. Junto a la tragedia de unos la rutina y despreocupación de otros. El mundo sigue la guerra por las pantallas de la televisión y en las páginas de los diarios y sin dudas el dolor ajeno toca a muchísimos corazones, pero eso no impide que el ritmo de la vida sigue adelante.

En el hemisferio norte es tiempo de verano, de vacaciones. Las actividades ordinarias del año por un lapso de tiempo se detienen y cada uno busca cómo solazarse. Millones de personas se mueven de un sitio a otro buscando cambiar de aire, de paisaje, de circunstancias, divertirse o simplemente reposar quizás admirando aquello que le ofrece la naturaleza.

La Madre de Dios nos llama la atención para que ese tiempo sirva a un fin trascendente, sirva al bien de las almas no sólo de los cuerpos, y que no sea sólo tiempo efímero que pasa, provocando tal vez un goce momentáneo, sin dejar traza.

Nuestra Madre nos llama a aprovechar la interrupción momentánea del trabajo o del estudio para, dejando de lado lo que era o creíamos que era urgente, nos ocupemos de lo esencial, de la salud del alma.

Y así, en este mensaje, la Santísima Virgen invita al silencio en esta época en que para muchos lo que debería ser momentos de descanso suelen ser de aturdimiento. Todos vivimos sumergidos en el ruido y cuesta entrar en el silencio interior porque dentro sigue habiendo mucho rumor. Es necesario llegar a ese silencio en que Dios habla al corazón del hombre y obra en él. Aún cuando en el silencio la persona descubra su pobreza espiritual y le resulte angustiante esa experiencia, debe vencer la tentación de llenarse con ruido y aturdirse.

Dicen los orientales que el hombre que quiera custodiar la propia alma debe hacerse guardián de su propia lengua, y esto no sólo se refiere a evitar pecar con la lengua murmurando y hablando mal de otros sino, sobre todo, sabiendo hacer silencio.

El silencio exterior restituye al cuerpo, a la mente y al espíritu la calma necesaria para recuperar el silencio interior. El silencio interior es el lugar donde encontramos a Dios y -con Dios y en Dios- a nuestro prójimo. Sólo en el silencio del corazón logramos ser vigilantes ante nosotros mismos, ante los demás y ante Dios.

En el silencio el Espíritu obra y nos revela el verdadero sentido de las Escrituras. Porque el silencio es escucha y siendo escucha se hace Palabra, eco del Verbo.

Debemos alcanzar ese silencio pleno, habitado por Dios, el silencio del abandono confiado en el que se permite que el Espíritu Santo obre en la intimidad cambiando la mentalidad, provocando la conversión del corazón.

Es en el silencio del corazón que se alcanza la contemplación adorante. Adorar es contemplar en el silencio a Aquel que es Inefable, ante Quien no caben ya palabras. Por eso, Isabel de la Trinidad había escrito que la adoración es una palabra del cielo más que de la tierra, que es un éxtasis de amor.

La oración es obra del corazón, no de los labios. Es cuando Dios escucha y en el silencio habla y, en nuestro abandono, obra transformándonos desde nuestro mismo interior.

La Santísima Virgen nos pide que le permitamos obrar al Espíritu Santo. El silencio en sí mismo no basta si en nosotros no existe la voluntad de querer cambiar, de querer dejarnos forjar por el Espíritu. Porque hay silencios y silencios.

El silencio que cultivaban los Padres del desierto era el silencio de la humildad, el de no hablar de sí mismos (¡qué difícil es encontrar este silencio en tiempos de tanto protagonismo!). Era el silencio que le quitaba las palabras al egoísmo, a la soberbia, al amor propio. El silencio del amor, de quien no juzga a su prójimo, de quien no habla mal de los otros, el silencio de la fe que se confía en el Totalmente Otro y de quien se pone completamente en sus manos.

Hay, en cambio, silencios que impiden la acción del Espíritu Santo. Son aquellos plenos de acusaciones y de juicios malévolos, de críticas y de autosuficiencia.

Según la experiencia de los Padres del desierto es necesario hablar con las obras y no con la lengua. Decía el abad Isaías: “no debe ser tu lengua la que hable sino tus obras, y que tus palabras sean más humildes que tus obras”. Las obras son los frutos de conversión. Hay obras en la medida que hay conversión, y hay conversión en la medida de nuestra docilidad al Espíritu Santo, de nuestra entrega a Dios, en el silencio orante y adorante.

Si alguien piensa que es difícil lograr ese silencio interior que no se preocupe ni desaliente porque a su voluntad de hacer silencio, para dejar entrar a Dios en su vida, la precede la misma gracia de Dios. También debe saber que no está solo en su esfuerzo: a nuestro lado está la Madre de Dios ayudándonos e intercediendo por cada uno de nosotros en este camino de conversión, de acercamiento al Señor, en éste que es el camino verdadero de la paz.

Por último, que nadie piense que este mensaje no le atañe porque nadie puede decir “yo estoy convertido”. Todos tenemos necesidad de constante y continua conversión. A este respecto vale recordar lo que escribió Thomas Merton: “El gran problema es la salvación de aquellos que, siendo buenos, piensan que no tienen más necesidad de ser salvados e imaginan que su tarea es hacer a los demás tan buenos como lo son ellos.”
 ¡Alabado sea Jesucristo!

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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