Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Junio 2009

“¡Queridos hijos! Alégrense conmigo, conviértanse en alegría y agradezcan a Dios por el don de mi presencia entre ustedes. Oren, para que en sus corazones Dios esté en el centro de su vida y con su propia vida, hijitos, testimonien para que cada criatura pueda sentir el amor de Dios. Sean mis manos extendidas para que cada criatura pueda acercarse al amor de Dios. Yo los bendigo con mi bendición maternal. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! "

 
 

Este mensaje del 28º aniversario compendia varios llamados a la acción y estos se denotan por los verbos empleados: alegrarse, dar gracias a Dios, orar, dar testimonio, ser las manos extendidas de la Virgen.

“Alégrense conmigo”

Sabemos muy bien que el motivo de la alegría es su presencia durante todo este tiempo permitido por Dios. Y nos alegramos porque esta presencia suya, continua, cercana, amorosamente maternal es un don y porque, además, a este don lo estamos acogiendo. Sí, lo acogemos, al menos en la medida en que creemos que la Madre de Dios viene a visitarnos y nos habla, es decir que también seguimos sus mensajes.

Nuestra Madre nos invita a alegrarnos con Ella porque está inmensamente dichosa. Ivan, quien también tuvo la aparición el mismo 25 de junio, decía que no tenía palabras para expresar todo el gozo que manifestaba la Santísima Virgen.

La invitación a la alegría es el comienzo del mensaje, pero la alegría de saberla tan cercana a nosotros no estaría completa si no hiciéramos nada más y todo quedase en el conocimiento, por cierto que reasegurador, de su presencia y de los mensajes. Puesto que no basta con creer que viene y nos dirige la palabra si luego no se vive lo que nos pide. No basta festejar el acontecimiento de un nuevo aniversario, rezar rosarios, ir en peregrinación, si luego no se hace un camino de conversión. Por eso mismo, después de invitarnos a la alegría nos dice:

“conviértanse en alegría y agradezcan a Dios por el don de mi presencia entre ustedes”

Ella, que viene a que se cumpla en cada uno la salvación de su Hijo, nos pide convertirnos en alegría, o sea ser nosotros motivo de alegría para Ella y para los demás y, al mismo tiempo, manifestar nuestra gratitud a Dios por este don, grandioso e inmerecido, que sólo puede venir del amor misericordioso de nuestro Señor.

Y para mostrarnos cuál es el medio para la conversión nos recuerda que debemos orar.

“Oren, para que en sus corazones Dios esté en el centro de su vida”

El propósito de la oración es el de toda conversión verdadera: poner a Dios como centro de nuestra vida. Ponerlo al centro de nuestra vida significa estar dispuestos a hacer su voluntad y no la nuestra, abrirse a la verdad y no a nuestra verdad. Poner a Dios en el centro de la vida es desplazar al yo que se disfraza de Dios. No son raras las veces en que pensamos estar haciendo la voluntad divina y en realidad hacemos la propia poniendo a Dios como excusa. Muchos se engañan a sí mismos cuando lo que ellos piensan y desean y han ya decidido hacer lo ponen en boca de Dios. Son quienes dicen “Dios me dijo” o “lo estuve orando y el Señor me ha dicho…” y a continuación sigue lo que querían hacer. Podemos preguntarnos ¿es poner a Dios como centro de la propia vida si se desatiende a la propia familia? ¿Es centralizar la vida en Dios ir detrás de cuanto evento religioso hay y luego no ofrecer nada, no comprometerse a nada ni en la parroquia ni fuera de ella? ¿Se puede tener la mano abierta para pedir gracias y el puño cerrado para dar y creer que se está con Dios? Y estos son sólo unos pocos ejemplos de tantos que seguramente todos conocemos o hemos vivido.

Saber cuál es la voluntad de Dios requiere siempre un gran discernimiento, producto de una oración sincera y una gran honestidad y también aceptar la corrección cuando esa es hecha en el amor. Para conocer esa voluntad divina es menester crecer. Para ejemplificar esto último nos puede servir –como caso eminente- el relato lucano de Jesús, niño de 12 años, que deja que sus padres se marchen para él quedarse en el templo de Jerusalén “ocupándose de las cosas de su Padre”. Jesús empieza a conocer su identidad divina de Hijo de Dios y siente el llamado a su misión especial, su vocación mesiánica. Sin embargo, seguramente luego de recapacitar lo que su madre le reprocha, el niño entiende que esa decisión suya es producto en ese momento de su voluntad humana pero no de la del Padre, y por eso san Lucas concluye la perícopa diciendo que Jesús regresa con María y con José –a quienes honra como padre y madre-, y que a ellos queda sujeto, para crecer como hombre en el seno familiar en Nazaret (Cf. Lc 2:41s). Se ve, entonces, que la voluntad de Dios Padre no es apresurar su misión salvadora sino que madure Jesús, en tanto hombre y que Jesús cumple enteramente con esa voluntad dejando de lado la suya humana. Esto también nos recuerda la agonía del Getsemaní cuando en su lucha espiritual finalmente dice en oración al Padre “no se haga mi voluntad sino la tuya” (Cf. Lc 22:42).

La euforia de todo comienzo de conversión, que hace que el converso quiera a todos convertir, puede ser tan sólo fuego de paja si no hace él mismo un camino de santidad. Puesto que si del fervor no surge el amor será como campana que repica, que llama a otros pero no a sí mismo. Conversión es un camino de perfección en las virtudes y en el amor.

Nadie puede decir “yo me convertí”, primero porque quien convierte los corazones es Dios y luego porque la conversión no es un estado, yo “no estoy convertido” sino en camino siempre de conversión.

Por eso, junto a orar para que Dios sea el centro de nuestras vidas, la Santísima Virgen pide luego que demos testimonio.

“Hijitos, testimonien (con sus vidas) para que cada criatura pueda sentir el amor de Dios”

Si la oración es el medio insustituible para la conversión, el testimonio de amor es fruto de conversión.

Conversión es camino de santidad y la santidad no es mera aventura individual sino que siempre implica y compromete a otros.

Dar testimonio de vivir según la voluntad de Dios, de seguir lo que Jesús nos manda en el Evangelio, de lo que la Iglesia nos pide, de lo que nuestra Madre del Cielo, pacientemente, nos va inculcando en todos estos años, es dar a otros el amor recibido, es compartir los dones que el Cielo derrama sobre nosotros, es abrir el corazón a todos los demás empezando por los de la propia casa. Así seremos verdaderos hijos buenos que ayudan a la Madre a que otros hijos sientan, a través de nuestras actitudes, gestos y acciones, el amor de Dios en ellos.

“Sean mis manos extendidas para que cada criatura pueda acercarse al amor de Dios”, concluye diciendo.

Como para explicitar mejor lo anterior ahora nos ofrece la imagen de sus manos, esas manos que se abren hacia sus hijos trayendo las gracias que antes ha implorado a Dios para ellos. La imagen vívida que todos tenemos en nuestro corazón de Santa María de las gracias, de la Medalla Milagrosa, de la estatua de Tihaljina. Son las manos que se ofrecen como sostén a quien está caído o débil en la fe, que a todos acoge sin excluir a nadie, las que llaman a no tener miedo y acercarse a Dios. Porque cuando Dios llama no es para quitar nada bueno ni bello sino para dar y dar por medio del Corazón y de las manos de María que ahora se extienden a las de sus hijos, aquellos que viven sus mensajes. Las manos extendidas de la Madre de Dios son también las que nos impulsan a salir de nosotros mismos para ir a evangelizar al mundo, son las manos de la misión.

Por medio de la oración acerquémonos también nosotros cada vez más a Dios. Por medio de la adoración entremos en su intimidad y seamos sus amigos, aquellos que cumplen con su ley de amor. Por medio de la oración alcancemos la alegría de hijos de María e hijos de Dios, convirtiéndonos cada día a Dios, al Amor, para que también otros alejados e ignorantes del amor de Dios puedan experimentar en nosotros ese amor y se acerquen a él. Seamos los enviados de la Reina de la Paz a este mundo de perdición, acojamos el don que es más fuerte que el mal y no cesemos nunca de dar gracias a Dios por esta presencia de la Santísima Virgen entre nosotros. Hagámoslo, sin dilaciones y recibamos humildes su bendición.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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