Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Junio 2007

"¡Queridos hijos! También hoy, con gran gozo en mi corazón, los invito a la conversión. Hijitos, no olviden que todos ustedes son importantes en este gran plan que Dios guía a través de Medjugorje. Dios desea convertir el mundo entero y llamarlo a la salvación y al camino hacia Él, que es el principio y el fin de todo ser. De manera especial, hijitos, los invito a todos desde lo profundo de mi Corazón, a abrirse a esta gran gracia que Dios les da a través de mi presencia aquí. Deseo agradecer a cada uno de ustedes por sus sacrificios y oraciones. Estoy con ustedes y los bendigo a todos. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! "

 
 

Veintiséis años que la Belleza nos visita. Veintiséis años son un grandioso capítulo de esta larga historia de amor que comenzó un cierto día, cuando a la Bella Muchacha de Nazaret le fue anunciado, de parte del Altísimo, su maternidad virginal y divina. Aquel cierto día marcaba la plenitud de la historia.

De aquella plenitud de los tiempos a estos tiempos finales el amor misericordioso de Dios se ha venido manifestando de mil modos. Mil modos sí, pero de todos ellos ha habido uno único e insuperable: la prolongada presencia de la Santísima Virgen en sus apariciones y sus mensajes.
Medjugorje es el culmen de esta gracia. Es el pequeño espacio de una aldea que se ha dilatado al mundo. Es el lugar del encuentro con la gracia extraordinaria que millones de peregrinos han llevado y siguen llevando al mundo. Porque esto comunican al mundo: hemos recibido una grande gracia, nos hemos encontrado con el Amor y la Belleza que restaura, sana, salva.

Medjugorje, desde aquel verano del 81, no ha dejado de clamar al mundo que Dios existe, que Dios nos ama, que María es la Madre amorosa de todos los hombres, que el Señor nos legó en el Calvario y que ahora viene para que abracemos a la Iglesia de Cristo, caminando por el camino de nuestra conversión.

La Madre del Señor, que desde un principio se manifestó como Madre nuestra y Reina de la Paz, viene a rescatarnos del error, de la oscuridad del pecado y de las sombras de muerte y a enseñarnos el camino del encuentro con Dios en la riqueza de la oración, del sacrificio, de la penitencia.
Viene Ella a devolvernos la fe y la esperanza y a enseñarnos a amar.

Viene para que recuperemos la Palabra y vivamos los sacramentos. ¡Cuántas veces ha dicho vayan y vivan la Misa! Y nos ha dicho que debemos enamorarnos de Jesús en la Eucaristía y debemos también adorarlo y adorarlo sin interrupción. Porque el camino que Ella nos propone es un camino de ascensión a las realidades celestiales y últimas.

Como Madre nuestra que es, nos quiere ver limpios y preservados de todo mal por eso nos lleva a purificar nuestros corazones y a revestirnos de la dignidad de hijos de Dios por medio de la confesión sacramental.

Ella es Reina de la Paz y desde su primer mensaje nos ha mostrado que a la paz se llega por la reconciliación. Con Dios y con los demás. Que sin perdón no puede haber paz en el corazón. El perdón buscado, pedido y ofrecido es el primer paso que nuestra Madre nos hace dar en el camino de conversión, y la respuesta de Dios es la paz con la que sella nuestro corazón.

Este tiempo de las apariciones en Medjugorje es el de una generación, por eso es tan largo. Es el tiempo de la gestación de los hijos nuevos que le dicen sí a Dios, dispuestos a seguirlo y cumplir su Voluntad. La generación de los que siguen y se afanan en vivir los mensajes de María; de aquellos que están dispuestos a emprender la vía del amor, que es amar y dejarse amar, y a vivir bajo la gracia y hacerla fructificar.

Este tiempo de su permanencia entre nosotros, de estos agraciadísimos 26 años, es el del llamado al abandono confiado en la guía segura y amorosa de María, que es la misma conducción de Dios a través suyo.

Ciertamente, no han de ser la política, la militancia, el compromiso humano, por loables que ellos sean, los que han de salvar el mundo del abismo en que ha caído. No son los debates, manifestaciones, congresos, instituciones o sesiones de Naciones Unidas o de cualquier otro ente, los que han de abrir un nuevo horizonte a la humanidad perdida, sin esperanzas y con terribles amenazas de destrucción, sino sólo la acción de la gracia divina que la Santísima Virgen nos dispensa y enseña cómo alcanzarla, participar de ella y hacer que se multiplique a través nuestro.

La gracia no puede detenerse porque si se detiene se vuelve infecunda, es la sal que pierde su sabor (Cf Mc 9:50), es el agua que se estanca y pudre (Cf Ez 47:11). Por eso, porque estamos llamados a responder a la gracia transmitiéndola con el testimonio de nuestras vidas e intercediendo junto a la Madre de Dios por el mundo, es que cada uno de nosotros es importante en el plan de salvación que Dios está ejecutando en Medjugorje, por medio de la Santísima Virgen.

Este tiempo de gracia extraordinaria, signado por estos 26 años de apariciones ininterrumpidas, es de un mundo que pasa y otro que está naciendo en cada uno que decide en su corazón escuchar y responder a la Reina de la Paz. Toda vez que responderle a Ella es responder al Evangelio, a su Hijo, a la Iglesia.

En este mensaje Ella dice que también hoy siente un gran gozo en el corazón. Es la alegría inmensa de la Madre que se encuentra con sus hijos, que es traída por su amor y con la belleza de su amor los atrae a sí.

Así como nuestra Madre nos abre su Corazón así también quiere que nosotros abramos el nuestro a la gracia extraordinaria que sigue fluyendo a raudales desde Medjugorje.

Ella llama desde su amor. Por ello mismo, debemos leer y entender sus mensajes desde este amor. Quizás, al leer cada palabra, nos sirva imaginar su voz, la más melodiosa de las voces que nos acaricia y nos arropa. Leer como si fuera Ella la que pronuncia esas palabras, y escucharlas como si escucháramos el susurro del Espíritu Santo en nosotros, sentirlas como la brisa que acariciaba a Elías en el Horeb (Cf 1 Re 19:12).

Es siempre su amor que nos invita a la gracia de la conversión, a decirle que sí a Dios que quiere salvarnos. Que quiere que todos los hombres se salven y que ninguno perezca, porque Dios no hizo la muerte ni goza de la destrucción de los vivientes. Él todo lo creó para que subsista (Cf Sab 1:13-14).

Dios quiere que cada uno de nosotros, al permitirle convertirnos el corazón a Él, seamos a la vez instrumentos de conversión para otros que se han apartado o rechazan su gracia.

La Santísima Virgen nos recuerda que Dios es el principio y el fin de todo ser, del ser de toda la creación. Él “es”, el único que “es”. Existimos, nos movemos y vivimos en Dios que nos sostiene en la vida.

Dios es el Eterno, el que Vive. El Único, en el misterio de su Trinidad. “Así dice Yahvé, el rey de Israel, y su redentor, Yahvé Sebaot: “Yo soy el Primero y el Último, fuera de mí, no hay ningún dios” ” (Is 44:6).

No hay nadie que pueda crear, nadie que pueda dar el ser. Solamente y únicamente Él. Y Él, que nos ha creado, un día ha de llamarnos.
“Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin”, dice el Señor en el libro de la Revelación (Cf Ap 21:6; 22:13; 1:8). Así como en Cristo, Palabra Eterna, está el principio de los principios, la vida misma (“La Palabra era Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada” (Jn 1:1-2)), así también en Él todo tendrá su conclusión y perfeccionamiento, cuando Cristo recapitule todas las cosas en Sí (Cf Ef 1:10).
Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

Al llamarnos a sí, al llamarnos de este modo privilegiado, de gracia extraordinaria, a través de su Madre en Medjugorje, nos está llamando a la vida e indicando el camino: Él mismo. María nos enseña a caminar tomándonos de la mano.

Y aquí está precisamente la clave de Medjugorje. Medjugorje es, sin lugar a dudas, el lugar de la presencia de la Virgen pero, por eso mismo (y esto es otro indicio inequívoco de autenticidad), Jesucristo es el centro de Medjugorje y todo lleva a Él y converge en Él.

Las últimas palabras del mensaje son de agradecimiento por las oraciones y sacrificios, que podemos entender tanto de todos los 26 años pasados como también los que se hicieron en la novena por el aniversario. Se despide luego bendiciéndonos. Es su bendición maternal de la alegría “para que Dios sea para nosotros todo en la vida” (mensaje del 25-7-88).

Madre Santísima: simplemente gracias, eternamente gracias, por todos estos años de tu presencia entre nosotros, por cada mensaje, por cada sonrisa y mirada y lágrima tuya por nosotros, que aunque no hemos podido verlas las hemos sentido en nosotros, como sentimos tu compañía y tu presencia que nos ampara, nos sostiene, nos guía y nos consuela.

Gracias, a ti, Señor y Dios nuestro, por permitir que tu Madre venga a nosotros.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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