Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen
María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Junio 2006

" ¡Queridos hijos! Con inmensa alegría en mi corazón, les agradezco todas las oraciones que en estos días han ofrecido por mis intenciones. Sepan, hijitos, que no se arrepentirán ni ustedes ni sus hijos. Dios les recompensará con grandes gracias y merecerán la vida eterna. Yo estoy cerca de ustedes y agradezco a todos aquellos que, a través de estos años, han aceptado mis mensajes, los han transformado en vida y se han decidido por la santidad y por la paz. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 
 

En este 25º aniversario de las apariciones de Medjugorje nuestra Madre ha querido regalarnos un mensaje pleno de esperanza y de emocionado agradecimiento. Y todos nosotros lo hemos recibido con enorme alegría. De muchos he escuchado que es el mensaje más bello que nuestra Madre, Reina de la Paz, nos haya jamás dado. Seguramente, es motivo de mucha dicha el hacer feliz a nuestra Madre, que tanto nos ama y, porque nos ama, nos sostiene y auxilia en momentos de presente oscuridad y de futuro amenazante.

Si bien al final de cada mensaje mensual –y esto se sucede desde el mismo comienzo de las apariciones- nuestra Santísima Madre acostumbra darnos las gracias por la respuesta que damos a sus llamados, esta vez el mensaje en sí es todo de agradecimiento y es, además, portador de gran esperanza, ya que alude a un futuro de recompensa divina. La inmensa alegría que nos manifiesta es por las oraciones ofrecidas por sus intenciones y por la respuesta dada durante todos estos 25 años, en los que Ella no ha dejado de llamarnos a la conversión del corazón.

Rezar por las intenciones de la Santísima Virgen, dejando momentáneamente de lado nuestras propias necesidades, supone gran confianza y abandono en la sabiduría y en el amor de María. Ciertamente, Ella conoce mejor que nosotros quiénes son las personas más necesitadas y cuáles las situaciones más urgentes por las cuales dirigir las oraciones al cielo. Por otro lado, nuestra fe en su amor maternal nos asegura que nuestras intenciones estarán de algún modo incluidas en las suyas.

Ella está muy contenta por el acto de generosidad que significa postergar las propias intenciones ofreciendo súplicas por las suyas y, al mismo tiempo, sabe –y nos lo dice- que seremos recompensados, porque a Dios nadie puede superarlo en generosidad. Por eso, nos asegura que no nos arrepentiremos porque Dios nos bendecirá con grandes gracias, no sólo a nosotros sino que alcanzarán también a futuras generaciones. De ese modo, nos manifiesta un futuro promisorio que va más allá del sufrimiento de este tiempo. Saberlo aumenta nuestra esperanza y es de gran consuelo para nuestras almas. Sobre todo cuando nos habla de la promesa que trasciende toda dicha terrena: la vida eterna. ¡Cuál puede ser mejor augurio! Ante la angustia de la muerte, de una muerte irreversible y definitiva, que es el horizonte del hombre sin Dios, nuestra dicha inconmensurable y toda nuestra esperanza está en la felicidad sin confines de la vida eterna, que viene de la fe en la salvación por Jesucristo, nuestro Señor.

Veinticinco años de apariciones diarias en Medjugorje es la evidencia que, para tiempos extraordinarios de general apostasía, la misericordia divina ha dispuesto con la presencia extraordinaria de la Madre de Dios, porque “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5:20). ¿Cómo sería posible negar la gracia extraordinaria que desde hace 25 años opera en Medjugorje? Porque ¡cuántos por Medjugorje han comenzado un camino de conversión orando, ayunando con el corazón, recibiendo frecuente y hasta diariamente la Eucaristía, reconciliándose asiduamente con Dios mediante la confesión sacramental, leyendo la Sagrada Escritura, escuchando y practicando la Palabra de Dios, adorando a Dios en su presencia eucarística, intercediendo y extendiendo los brazos hacia los más necesitados, siendo instrumentos de unión y aprendiendo a ser Iglesia, siendo portadores de paz y del amor misericordioso de Dios y testigos de Cristo Resucitado!

Todo este tiempo de permanencia sensible con nosotros (porque aún cuando no seamos videntes como para poder verla ni tocarla, percibimos su presencia y nuestra comunicación con Ella se ha vuelto dialogal) nos ha dado la medida de la cercanía de María Santísima en nuestras vidas. Y Ella lo vuelve a manifestar al decirnos: “Yo estoy cerca de ustedes”. Éste es el don del Señor para este tiempo: la cercanía de la Madre que acompaña a sus hijos en momentos difíciles, muy difíciles, para toda la humanidad. María está cerca de nosotros con sus oraciones, con su protección, con su guía maternal y segura, con su amor desbordante que rodea y sustenta nuestras vidas.

La cercanía de la Reina de la Paz, de su presencia en las diarias apariciones de todos estos años, verdadera bendición para nuestros tiempos, es uno de los principales mensajes de Medjugorje y lo que constituye su exclusividad en el concierto de las apariciones marianas a lo largo de la historia.

“Dios, que te ha creado sin ti no te salva sin ti”, decía san Agustín. Por ello mismo, la Virgen, enviada del Señor para ayudarnos de un modo muy especial en estos tiempos, nos asiste con una condición: nuestra propia colaboración y empeño. Ella, que todo lo podría con su poderosa intercesión, necesita sin embargo de nosotros, de nuestras oraciones, de nuestros sacrificios, de nuestros testimonios de vida.

Por eso mismo, este mensaje en cierto modo nos confronta porque cada uno de nosotros puede preguntarse a sí mismo en qué medida es acreedor de su agradecimiento y en qué medida ha contribuido a su alegría aceptando, viviendo verdadera y no declamatoriamente sus mensajes.

Sigamos confiados de ser protegidos y preservados, a pesar de las tribulaciones y obstáculos, en el camino de santidad, de conversión diaria, y de paz, diciéndole con nuestras vidas a Dios y a nuestra Madre: ¡Gracias, gracias, gracias por tanto amor y misericordia!

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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