Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Mayo 2007

"Queridos hijos! Oren conmigo al Espíritu Santo para que, en el camino de vuestra santidad, los conduzca en la búsqueda de la voluntad de Dios. Y ustedes que están lejos de la oración, conviértanse y busquen en el silencio de su corazón, la salvación de su alma; y aliméntenla con la oración. Yo los bendigo a cada uno con mi bendición maternal. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado"

 
 

Este mensaje tiene dos partes bien delimitadas. La primera va dirigida a quienes siguen su mensaje y están ya haciendo su camino de conversión o, como lo llama en su mensaje la Santísima Virgen, su camino de santidad. Son quienes oran, quienes han aprendido o están aprendiendo o desean orar, con el corazón. A esos los llama a unirse a su oración invocando al Espíritu Santo. Como en aquella preparación a la venida del Espíritu en el primer Pentecostés de la Iglesia, la Santísima Virgen está orando junto a los que siguen a Jesús  para que la promesa del Padre que viene por el Hijo se haga presente.

El Señor, antes de regresar al Padre, les había mandado no salir de Jerusalén y orar para que el Paráclito viniese a darles la fuerza de lo Alto y hacer de aquellos discípulos, valientes testigos de su Resurrección y portadores del Evangelio. La Madre del Señor estaba con ellos en oración.
"Todos perseveraban unánimes (como un alma sola) en la oración... con María la madre de Jesús.. Al llegar el día de Pentecostés estaban todos reunidos en el mismo lugar", nos narra Hechos de los Apóstoles.

El Espíritu Santo que esperaban, aunque no había llegado con todo su poder, ya en la misma unidad de la oración, signo de la unidad de la Iglesia, en torno a Pedro y a María, estaba anticipando su venida. Por eso, la Santísima Virgen cuando llama, ante todo llama a ser Iglesia. Rezamos ahora nosotros con Ella, para que el Espíritu Santo nos ilumine, haciéndonos conocer la perfecta voluntad de Dios en nuestras vidas, nos asista, nos otorgue la fuerza y la unidad que necesitamos para que el Reino de Dios se haga presente en nosotros y en el mundo. Oramos junto a la Virgen para que esa soberana voluntad se manifieste tal cual lo rezamos diariamente en cada Padrenuestro: "Que se haga tu voluntad". Esto significa: que se haga primero en mí tu voluntad.

Ocurre que aunque repitamos la oración que el Señor nos enseñó, tantas veces no somos conscientes que pocas veces nos preocupamos en saber cuál es esa voluntad divina sobre nosotros. Más bien cuando tenemos planes sobre nuestras vidas o anhelamos algo, sea esto material o espiritual, recurrimos a Dios para que nos lo otorgue, para que eso que tanto deseamos se realice, sin saber si es lo que Dios quiere para nosotros. Y -nos podemos preguntar- cómo saberlo? Cómo saberlo si no recurrimos a la luz que nos da el Espíritu Santo?

Cuando la persona está alejada de Dios ni siquiera le pide nada porque simplemente ignora a Dios en su vida. Caminar en la santidad implica saber que lo que Dios quiera de nuestras vidas es absolutamente lo mejor. Ciertamente que a lo largo de nuestra existencia deberemos siempre escoger entre el bien y el mal, pero no es la única elección que se nos presenta cuando emprendemos la vía de la perfección, porque habrán muy buenas ideas, muy buenas, al menos aparentemente, inspiraciones, y entonces deberemos elegir entre lo que es bueno y lo que es mejor, o sea entre lo que pensamos es bueno y aquello que Dios quiere en y para nosotros. Por eso mismo, para saberlo, elevamos nuestra oración al Santo Espíritu, y siendo dóciles a sus inspiraciones seremos conducidos hacia la divina voluntad e iremos realizando el proyecto que tiene sobre cada uno de nosotros.

La segunda parte del mensaje va dirigido, precisamente, a los hijos que no oran y que, sin embargo, se están interesando por sus mensajes, que sienten íntimamente que son verdaderos, que de algún modo escuchan a la Reina de la Paz porque la gracia extraordinaria de este tiempo de misericordia los ha atraído hacia Ella. A ellos los llama a la conversión. Es lo primero que hace, es lo primero que hizo al llegar a Medjugorje. Llama a convertir el corazón, a cambiar la manera de vivir y de pensar, a volver no solamente la mirada sino toda la vida hacia Dios. Y les pide algo que no es fácil lograrlo: el silencio interior, el silencio del corazón. Difícil, muy difícil en estos tiempos en que todo es aturdimiento y que ni siquiera hay silencio exterior que favorezca el silencio del corazón. Casi imposible... sino fuera porque nuestra Madre ha conseguido esa gracia: la que, aun para aquellos alejados de Dios pero que ahora están escuchando este llamado, puedan lograr ese silencio en el que Dios habla, en el que el Espíritu Santo se manifiesta a través de la voz de la conciencia, llamando a la salvación.

Sin embargo, el mensaje de la Reina de la Paz no termina allí sino que agrega algo muy importante: "alimenten, nutran ese llamado a la salvación con la oración". La gracia que Dios da es don pero también requiere de nosotros la conquista, el obrar de acuerdo a esa gracia respondiendo, en este caso, con la oración. Sin oración no hay comunicación con Dios. Sin oración hacemos a Dios ausente, lejano. Por eso, sin oración no hay salvación.

Una vez más, la Santísima Virgen nos muestra que viene como Madre y como Maestra. Madre que cuida de todos sus hijos, cercanos y alejados, y los hace crecer, y Maestra que les va enseñando el camino de salvación instruyéndolos y llevándolos al conocimiento de Dios.

Querida Madre nuestra, Santísima Virgen Maria, Madre de Pentecostés, oramos contigo al Espíritu Santo para que sople sobre nuestras vidas, y nos ilumine y nos haga arder de amor, para que nos conduzca a la voluntad de Dios que nos creó y nos ama y quiere siempre lo mejor para nosotros. Ruega, Madre, por nosotros para que el Espíritu se manifieste con poder.
Ven Espíritu Santo! Ven, en el nombre de Jesucristo! Por María, ven Señor! Amén.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs

 
 
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