Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen
María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Mayo 2006

"¡Queridos hijos! También hoy los invito a poner en práctica y a vivir los mensajes que les doy. Decídanse por la santidad, hijitos, y piensen en el paraíso. Sólo así tendrán paz en sus corazones, la cual nadie podrá destruir. La paz es un don que Dios les da en la oración. Hijitos, busquen y trabajen con todas sus fuerzas para que la paz triunfe en sus corazones y en el mundo. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

Los mensajes que nuestra Santísima Madre nos da no son ni para satisfacer una curiosidad ni para complacerse en el bien de lo que nos transmite con su presencia y sus palabras, mientras en nosotros pasa el tiempo y nada cambia. Estos mensajes los da para que nos movamos en la dirección que nos propone y para que los vivamos poniendo todo empeño, todas nuestras facultades y potencialidades en hacer lo que pide que hagamos.

La exhortación, que resume a otras muchas que nos viene haciendo, es “decídanse por la santidad”, que es como decirnos “sean santos”, y para hacernos presente adonde lleva la santidad, agrega: “piensen en el paraíso”.

Santidad es unión con Cristo. Ser santo y ser feliz son dos cosas que van juntas. Todos estamos llamados a la santidad: “Sed santos porque Yo, vuestro Dios, soy santo” (Lv 19:2), dice el Señor a su pueblo. Dios nos llama y atrae a la santidad porque sólo en la santidad podremos estar junto a Él y gozar de toda su belleza y amor, y esto es el paraíso.

Todos somos llamados a la santidad porque el Cielo es nuestro destino. Dios nos creó no para caer bajo su cólera sino para ser salvados por Jesucristo, su Hijo (Cf 1 Ts 5:9). Pero, la salvación depende de nosotros, de nuestra decisión, de nuestra aceptación de Cristo, de nuestro deseo de agradar a Dios y de no ofenderlo. Por eso, nos dice la Virgen: “decídanse por la santidad”.

Está dicho –y bien dicho- que la única tragedia del hombre es no ser santo. Lo que significa que la tragedia es no haber llegado a su destino. Muchas cosas pueden ocuparnos e inquietarnos en la vida pero sólo una es necesaria: contemplar a Dios y vivir la enseñanza del Señor que es Vida, Verdad y Camino (Cf Lc 10:41-42). No importa lo que nos afanemos en la vida para conseguir los objetivos que nos hayamos propuesto si no tenemos como meta el encuentro con Dios. Esa meta es la de un camino a recorrer y ese camino es el de la santidad. El camino de y hacia la santidad es el de la perfección en el amor y, por ello mismo, es un camino de donación de sí mismo.

El camino de santidad se hace esforzándose por cooperar con la gracia que Dios siempre nos dispensa. Hoy, la gracia extraordinaria es la presencia de la Santísima Virgen en Medjugorje con sus mensajes. Debemos, entonces, vivir estos mensajes de llamado a la conversión, de oración y penitencia, de vida sacramental, de escucha y vida de la Palabra.

La santidad de vida es consecuencia de una permanente y continua comunicación con Dios por medio de la oración y de la contemplación adorante, por las que recibimos de Dios el don de la paz. La paz es el gran don que viene del Corazón traspasado de Jesús en la cruz. La paz es don pascual con el que el Señor nos saluda y nos sella, como cuando se aparece a los discípulos y les dice: “La paz con vosotros” (Jn 20:21).

En una reciente carta del Papa al prepósito general de los jesuitas sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús, escribía el Santo Padre que la contemplación del costado traspasado del Redentor nos pone de manifiesto todo el amor de Dios en Jesucristo, y que por medio de esa contemplación podemos conocerlo verdaderamente y hacer experiencia profunda de su amor. Y agregaba que “es necesario subrayar que un auténtico conocimiento del amor de Dios sólo es posible (cuando se está ante) con una actitud de oración humilde y de generosa disponibilidad. Partiendo de esta actitud interior, la mirada puesta en el costado traspasado de la lanza se transforma en silenciosa adoración”. La adoración, decía, nos hace ver a Dios que quiere salvarnos y nos hace capaces de confiar en su amor y en su misericordia además de suscitar en nosotros el deseo de participar en la obra salvífica convirtiéndonos en instrumentos de Dios.

La paz que viene de Dios nadie ni nada es capaz de dárnosla, ni nosotros podemos autoprovocarla porque no hay técnica alguna que consiga crearla. La paz, don de Dios, es diferente a la tranquilidad de ánimo que pueda proponer el mundo. Porque ésta está condicionada a una serie de circunstancias favorables como el gozo de la salud -propia y de las personas que amamos-, bienestar económico, ausencia de conflictos exteriores, etc., que rara vez se dan todas juntas y aún cuando así fuera siempre queda el temor de la pérdida de alguna de estas condiciones y, sobre todo, la angustia de la muerte y del dolor propio o de las personas que más queremos. En cambio, la paz que Dios nos da es bien otra cosa. No depende de ninguna circunstancia. Valga como ejemplo el recuerdo de la terrible guerra de Bosnia: cómo a pesar de la guerra Medjugorje seguía siendo un oasis de paz. En aquella época, un periodista había comentado: “Resulta verdaderamente irónico que tantas personas vayan a un país en guerra para encontrar la paz”. Aquella paz que encontraban los peregrinos era y es el don de Dios para aquellos que se acercan a Él en oración, con espíritu humilde y apertura de corazón.

La paz verdadera, que viene de Cristo, no puede ser cancelada. Nada ni nadie puede destruir esta paz. Solamente la persona que pierde la gracia por el pecado puede perderla.

La paz del corazón es el signo y el sello más evidente de la conversión de una persona. Una vez en México, una persona totalmente alejada de Dios, que durante décadas no ponía pie en una iglesia, se presentó durante un mes, una hora cada semana, frente al Santísimo. Lo hacía como un favor hacia una adoradora, pariente suya, que había debido ausentarse y que tenía como compromiso una hora semanal de adoración. Este hombre simplemente estaba allí, sin ser adorador ni entender qué significaba el serlo, ni siquiera quién era el Señor que tenía delante suyo en el Santísimo Sacramento. Él sabía tan sólo que era, en esa hora, un custodio. Cuando su pariente retornó de sus vacaciones este señor dijo que él también sería adorador y se anotó para su hora santa semanal, porque “la paz que aquí he encontrado jamás la había antes conocido”.

Buscando la santidad se encuentra la paz.

“Trabajen -nos dice la Santísima Virgen- con todas sus fuerzas” por la paz. Trabajar por la paz implica combatir en nosotros el pecado porque con el pecado grave nos alejamos de Dios y se pierde la gracia y por tanto la paz. Debemos empeñarnos en trabajar sobre nuestros hábitos, erradicando los vicios y obrando sobre las virtudes como la de ser más pacientes, más humildes, castos y puros en acciones y pensamientos, manteniendo y acrecentando el hábito de la oración. Acrecentar la oración es procurar vivir en un deseo continuo de Dios y aumentar la profundidad de la oración mediante la contemplación en adoración y la meditación. Debemos, también, pedir una mayor fe para aprender a abandonarnos en Dios. Debemos aprender a amar, siendo no jueces de los demás sino misericordiosos y compasivos, porque dice el Señor: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (Lc 6:36).

Somos llamados a ser portadores y propagadores de paz en un mundo que no conoce la paz porque no conoce a Dios. Así sí seremos bienaventurados porque seremos llamados hijos de Dios (Cf Mt 5:9) y triunfará la paz sobre el odio y la guerra y será todo para gloria de Dios.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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