Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Abril 2009

“¡Queridos hijos! Hoy los invito a todos a orar por la paz y a testimoniarla en sus familias, a fin de que la paz se convierta en el tesoro más grande en este mundo sin paz. Yo soy su Reina de la Paz y su Madre. Deseo conducirlos por el camino de la paz que solamente proviene de Dios. Por eso, oren, oren, oren. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”

 
 

“Hoy los invito a todos a orar por la paz y a testimoniarla en sus familias”

Este mensaje contiene el pedido de una intención particular que es, al mismo tiempo, universal, porque de la paz se trata.
La Madre de Dios nos dirige una invitación personal, a cada uno de nosotros sus hijos, pero no queda ahí sino que nos pide, además, que demos testimonio no ya individual sino de familia.

El primer ámbito donde debe reinar la paz es la familia, entendida no sólo como familia de sangre sino también como familia religiosa o comunidad de vida. Por tanto, quienes recibimos y acogemos el mensaje estamos siendo llamados además de rezar por la intención de procurar siempre obrar en la concordia y tender puentes de amistad, reconciliación y comprensión entre todos los miembros de la familia o de la comunidad. Y, en la medida de lo posible, propender a que todos recen unidos, puesto que la familia que reza unida recibe el don de la paz y de la unidad.

Lamentablemente, la experiencia demuestra que muchos son los casos en los que no todos los miembros de la casa están dispuestos a la oración y ni siquiera a la oración conjunta. ¿Qué hacer en esos casos? Pues, quien o quienes rezan que lo hagan por los que rechazan hacerlo. Nunca se debe forzar a nadie a rezar porque debemos respetar la elección del otro y porque se corre el riesgo de provocar un rechazo aún mayor. Si se actúa con fe y con paciencia llegará el día en que todos juntos rezarán, al menos un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria. En esos casos, entonces, paciencia, testimonio de vida y oración es lo que se requiere junto a la fe que el Señor obrará movido por esas oraciones. 

“a fin de que la paz se convierta en el tesoro más grande en este mundo sin paz”

Cuán cierto es que una familia de vida armoniosa -donde se respira la paz, donde todos sus miembros se respetan y donde no se oyen fuertes discusiones ni palabras altisonantes- transmite al mundo el más elocuente mensaje de paz. Ese mensaje testimonial se convierte en ejemplo a emular, en testimonio eficaz de que la paz es posible cuando Dios impera, y que la paz es el mayor tesoro a encontrar, verdadero don divino a conquistar.

De la concordia y mutuo amor de las primeras comunidades cristianas los paganos quedaban admirados y decían “miren cómo se aman”. A aquellas comunidades las distinguía el amor y la paz, dones que necesariamente van juntos porque sin paz no hay amor y sin amor no puede haber paz.  Las comunidades eran escuela de amor, de piedad que irradiaba paz. Eso lo veían los paganos, se sentían atraídos y querían emularlos convirtiéndose.

“Yo soy la Reina de la Paz y su Madre”

Brevemente, nos recuerda que Ella ha venido y viene como Reina de la Paz y porque es nuestra Madre. Esos títulos vienen de su mismo Hijo, Rey y Señor de la Paz, que nos la dio por Madre en la cruz. La misma cruz es la fuente de nuestra paz y el origen de la Maternidad de la Virgen de toda la humanidad.

“Deseo conducirlos por el camino de la paz que solamente proviene de Dios”

Por ser nuestra Madre y porque su misión es traer la paz, “por la entrañable misericordia de Dios” que es misericordia y amor maternal en María, nos conduce Ella a su Hijo que vino una vez al mundo “para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte”, “para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Cf Lc 1:78-79).

La paz es don divino y mesiánico, puesto que la paz sólo viene de Dios y es Cristo, el Mesías, quien nos los dijo: “la paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Jn 14:27). La paz del Señor no es simple tregua ni ausencia momentánea de conflictos o una cierta tranquilidad siempre condicionada, sino plenitud de bienes espirituales, de vida que viene del Amor que libera y plenifica. La palabra hebrea “shalom”, que viene traducida como “paz”, significa plenitud, estar colmado. El corazón del hombre anhela esa plenitud, ese estar colmado de la gracia de Dios que lo hace libre, feliz objeto y sujeto de amor.

“Por eso, oren, oren, oren”

Cuando la Santísima Virgen repite oren, oren, oren quiere decirnos que debemos intensificar la oración y también la profundidad de la misma. Ahora nos pide que oremos por la paz, para poder recibir la paz en el corazón y ser instrumentos de paz, extendiéndola a otros e intercediendo por otros para que ellos también reciban esa gracia que es don divino y mesiánico. Por tanto, los primeros en hacer el camino somos nosotros –camino de oración y de testimonio por la paz- dejándonos conducir por nuestra Madre y Reina de la Paz. Éste es su programa: paz en el corazón del hombre, paz en las familias, paz en las naciones.

Como recientemente nos recordó el Santo Padre en Lourdes: “María nos enseña a orar, a hacer de nuestra plegaria un acto de amor a Dios y de caridad fraterna”. Seamos obedientes al llamado del Cielo, sigamos a la Santísima Virgen que nos conduce por el camino de la paz y enseña cómo caminar. Oremos, oremos, oremos para que reine la paz y el amor.

Familia, unidad, paz están entrelazadas en el mensaje que la misma Reina de la Paz dio en otro lugar, reconocido -por la comisión teológica solicitada por el obispo- como de orden sobrenatural. Me refiero a las lacrimaciones de la Madonnina de Civitavecchia.

Una pequeña estatua de yeso venida de Medjugorje y representando a la Reina de la Paz, lloró sangre 14 veces. Quien primero vio a la imagen llorar fue una niña –que en la época, año 1995, tenía cinco años y medio- al salir de su casa con su padre para ir a Misa. La imagen era de propiedad de la familia, de apellido Gregori, y la tenían en una pequeña gruta que el padre había hecho en el jardín para venerar a la Madre de Dios y saludarla al entrar y salir de la casa. A partir de aquel día, 2 de Febrero, día de la Candelaria, toda la familia se vio implicada tanto en las gracias recibidas como en las pruebas a las que fueron sometidos sus miembros. La niña recibió mensajes secretos de la Madre de Dios los que dio a conocer sólo a su Obispo. Las lacrimaciones en la casa de los Gregori fueron 13, la decimocuarta sería con la estatuilla en las manos del Obispo Mons. Girolamo Grillo, quién de juez escéptico se convirtió en testigo convertido. Después de diez años de la mariofanía la niña, ahora adolescente, declara bajo juramento haber recibido otros mensajes en los que la Santísima Virgen habla de “la familia y su unidad, que en estos tiempos es destruida por las insidias del demonio”. Y, como en Medjugorje, también pide oración ante el Santísimo Sacramento, muy frecuentes Misas y muy frecuentes confesiones, rezo del Rosario diario y consagración a su Corazón Inmaculado.

Mons. Grillo ha revelado recientemente que el Santo Padre Juan Pablo II en varias ocasiones veneró la pequeña imagen.

Hoy la imagen está expuesta en la iglesia parroquial Sant’Agostino de Civitavecchia convertida en santuario mariano. La gente, que viene de todas partes de Italia y del mundo, no va sólo a rezar delante de la Madonnina que lloró lágrimas de sangre sino también a confesarse y a rendir culto eucarístico de adoración o participar de la Santa Misa. Numerosos son los frutos de conversión. Como anotaba el famoso periodista Vittorio Messori, coautor de un libro con el entonces Cardenal Ratzinger y otro con Juan Pablo II; “los frutos de Civitavecchia parecen ser, en una perspectiva de fe, el mayor signo de credibilidad, más que los aún preciosos y necesarios análisis de los expertos”.

Oremos todos, queridos hermanos. Oremos por la paz en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestra Iglesia, en el mundo. Oremos, no dejemos de orar. Recordémoslo cada vez que saquemos la corona del rosario para rezarlo, cada vez que vayamos a la Santa Misa, cuando nos levantamos y cuando nos acostamos. Recordemos rezar por la paz y dar testimonio de paz en y con nuestra familia o comunidad. Y no nos olvidemos nunca de rezar por el Santo Padre que está siendo muy atacado. Él es la cabeza de nuestra Iglesia, de nuestra gran familia eclesial, la Santa Iglesia del Señor. 

¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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