Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Abril 2008

"¡Queridos hijos! También hoy los invito a todos a crecer en el amor de Dios, como una flor que siente los rayos cálidos de la primavera. Así también ustedes, hijitos, crezcan en el amor de Dios y llévenlo a todos aquellos que están lejos de Dios. Busquen la voluntad de Dios y hagan el bien a aquellos que Dios les ha puesto en su camino; y sean luz y alegría. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

Nuestra Madre a través de estas analogías que toma de la naturaleza, al mismo tiempo que nos llama a no ser indiferentes a la maravillosa creación que refleja la belleza y bondad del Creador, nos introduce, por así decirlo, en el misterio del amor de Dios.

La primera lección es entonces que debemos aprender a ver en la naturaleza el misterio que nos trasciende y también a orientar la mirada por encima de las cosas de la vida cotidiana que ofuscan nuestro espíritu -como las imágenes que en su vulgaridad y carnalidad nos invaden e impiden un desarrollo de nuestra espiritualidad- hacia el amor de Dios en lo creado y en nosotros mismos.

Como alguna vez lo recordó el entonces Cardenal Ratzinger: a consecuencia de la marea de imágenes de nuestro tiempo, nos amenaza una ceguera del corazón que nos impide ver nuestro interior y no estamos en condiciones de percibir el interior de las cosas y de los seres humanos, la belleza de la creación, la bondad oculta, lo puro y lo grande que habita en un hombre y a través de lo cual nos contempla la bondad misma de Dios.

Así como la flor es sensible a su medio y cuando éste es propicio se desarrolla y crece, así también crecer en el amor de Dios implica ser sensibles a ese amor, siendo conscientes, receptivos y abiertos a ese amor divino que todo lo envuelve y lo abarca, puesto que en Él existimos, nos movemos y vivimos (cfr Hch 17:28).

La primavera empieza a despuntar cuando se ven los almendros y los naranjos en flor, cuando otras plantas y frutos comienzan a aparecer y abriéndose colorean el ambiente y lo impregnan del perfume que exhalan. Así también Dios, por su amor hace crecer el amor en quien se siente amado y se deja amar por Él. Cuando nos dejamos alcanzar y tocar por Aquél que nos amó primero, recibimos la fuerza vital de la gracia que nos permite dar frutos y que esos frutos perduren y no se marchiten (cfr Sal. 1).

Descendiendo del amor divino al humano podemos ver otra analogía observando cómo las personas crecen y se realizan como tales en ambientes donde hay amor y cordialidad y cómo, en cambio, se frustran o cierran en la oscuridad de las pasiones y resentimientos cuando el ambiente es opresivo, hostil y falto de amor. Si esto es así en el plano humano, infinitamente más lo es cuando se trata del amor divino, al punto tal que sólo crece verdaderamente como persona en toda su dignidad quien, sintiéndose hijo de Dios, es sensible al amor de Dios y por consecuencia se abre a él y vive en él y de él.

Si bien el amor de Dios es omnipresente, la libertad del hombre y el condicionamiento que proviene del mal puede ignorarlo y hasta negarlo.

Muchos se preguntan qué se puede hacer cuando la persona ha crecido y vivido sólo en un ambiente de odio, de vicios, de mal y se dicen: “siendo cada uno también producto de su medio, qué libertad de elección tiene quien toda su vida ha vivido en un ambiente lejos de Dios, de mentiras, de crimen o de mendicidad” para concluir con deducciones fatalistas como “esos casos no tienen remedio, es lo que les ha tocado en vida” y justificantes como “no tuvieron otra posibilidad y por eso hacen lo que hacen”.

Pues, la respuesta es doble: por una parte es cierto que seguramente ante la justicia de Dios habrá atenuantes y agravantes según las circunstancias que han rodeado la vida de cada uno, porque “a quien mucho se le dio mucho se le pedirá” (Lc 12:48). A esto hay que agregar que Dios quiere que todos los hombres se salven y a todos da las gracias necesarias para salvarse. Eso en primer lugar, pero además hay otra exigencia paralela a la anterior y es: “y a quien se confió mucho, se le reclamará más” (cfr ibidem). Es decir, que la salvación del otro también depende de mí -a quien Dios más ha confiado- de mí que soy cristiano y que además leo, recibo con atención y hasta alegría los mensajes del cielo y quiero ser receptivo a ellos y vivirlos. La salvación, queridos hermanos, no es aventura personal por lo que en tema tan eminentemente vital somos todos solidarios.

Nunca hay que pensar “yo me salvo y eso me basta” porque lo primero que el Señor nos preguntará cuando estemos frente a Él, ha de ser “¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde lo has dejado? ¿Por qué no viene contigo?”.

Por eso mismo, estamos llamados a ser los brazos extendidos de Dios hacia los que viven aquellas situaciones de alejamiento, y lo seremos en la medida que vivamos en Dios e imitemos a Cristo.

A veces me pregunto: ¿Qué hubiera sido de la Magdalena sin el amor de Cristo? Ella, mujer rechazada y condenada por pecadora. ¿Qué hubiera sido de ella sin haberse sabido por él amada y perdonada? ¿Qué sería de nosotros si no supiéramos de la misericordia de Dios, de su amor sin límites que espera siempre nuestro arrepentimiento y contrición?

Porque encontró aquel amor, María de Magdala creció en ese amor divino tanto que lo buscó cuando los otros discípulos habían desesperado y se habían detenido ante la muerte. Ella, en cambio, fue al sepulcro bien de madrugada para buscar al amado. No la llevaba la fe ni la esperanza de la Resurrección –esas sólo quedarían para la Madre- sino el amor. -“Mujer por qué lloras?” -“Porque no encuentro a mi Señor”. Aún cuando buscaba un muerto, el amor era más fuerte que la muerte y el amor de María estaba vivo. Ese amor la había traído hasta allí.

-“María”... -“Rabunní”. ¡Qué inmensa dicha, María! Has encontrado a quien buscabas, has encontrado a tu Señor y Dios. Por eso, María de Magdala, serás tú la primer testigo del Resucitado y podrás llevar a todos la luz y la alegría de la Resurrección, de la certeza de la Salvación.

Amar, perdonar, hacer el bien a quien encontramos en el camino de la vida, entregarse e interceder ante Dios es imitar a Cristo para que el otro alcance al Salvador y resucite de su muerte.
Es Dios quien en su amor nos vuelve sensibles hacia el mal, para rechazarlo, y hacia la víctima y también hacia el victimario que se condena, para que vayamos al rescate mediante la oración, el ejemplo, la compasión, el auxilio y el acto concreto de amor.

Entonces, entenderemos que la voluntad de Dios “que todos los hombres se salven” debe actuarse en nosotros hacia el que está lejos de Él por la razón que fuera.

La Virgen Santísima nos exhorta a crecer -así como crecemos en la vida natural nos pide que crezcamos en la espiritual- para poder llegar a dar de aquello que hemos recibido.
La Reina de la Paz explicita qué es ese crecer: es dar amor, hacer el bien, buscar en todo la voluntad de Dios. Es volvernos instrumentos de paz, de concordia, de unión en cada ocasión, en cada circunstancia concreta de nuestra vida de todos los días.

Crecer en el amor de Dios es ensanchar nuestra tienda para cobijar al desnudo por su pobreza y su miseria. Crecer en el amor de Dios es alargar el propio horizonte para hacer próximo al que está lejos y llevar todos hacia Dios. Crecer es atraer a los alejados con el testimonio, con la oración que intercede, con el amor recibido e irradiado que conquista. Crecer es ser cada uno mejor en lo que le toca vivir y actuar.

Al contemplar a Dios en el santuario del corazón, en la oración secreta, en la celebración eucarística cuando Jesucristo rasga el cielo y en la adoración, somos envueltos en su amor porque Dios es Amor (cfr 1Jn 4:8). Amor de Dios que nos conquista y nos hace capaces de amar, de vivir en el continuo estupor y en la permanente felicidad del amado. Amor de Dios, fuerza vital, que nos cobija, nos nutre y nos hace crecer en la belleza, en la bondad, en el amor, en la humildad.

Crecer en el amor de Dios es también comprender que para contemplar y adorar al Santo hay que ser santo, es decir, estar dispuesto a hacer un camino de santidad. Y eso, precisamente, es buscar la voluntad de Dios en todo, no la propia sino la perfecta divina voluntad, orando para saber cuál es el proyecto de Dios en mi vida.

Crecer en el amor de Dios es amar sin poner límites al amor.

Quien vive en el amor de Dios vive en la luz que no depende de sus otras circunstancias, por oscuras que ellas sean, y puede reflejar la luz convirtiéndose de portador en la misma luz para los que viven en tinieblas.

El gozo, que a través de Jesucristo Dios quiere darnos, si somos sofocados por el mundo terminamos no anhelándolo ni buscarlo porque otras alegrías fugaces e intrascendentes nos distraen y nos ciegan.

Nuestra Madre Santísima nos llama a la verdadera alegría, para que viviéndola transforme nuestras vidas en fuente de alegría para otros. Recordemos que la Madre lleva siempre a su Hijo y es Jesús quien quiere allanarnos el camino que nos lleva a la alegría de Dios. Por eso toma la cruz sobre sí. Es Él quien lleva nuestras oscuridades, nuestros dolores, para que se abran nuestros ojos, para que lleguemos y recorramos ese camino.

Mirar a Jesús, contemplar su vida y su pasión, fijar la mirada en su presencia eucarística en adoración, significa penetrar la alegría de Dios, aprendiendo de Jesús que a través de la renuncia y el dolor somos conducidos al auténtico gozo.

Crezcamos en el amor de Dios para ser portadores de su amor ante los hombres, busquemos hacer la voluntad de Dios para así hacer siempre el bien a los demás y santificarnos. Así, sólo así, seremos luz y alegría en este triste mundo de oscuridad.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
Imprimir esta pagina