Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen
María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Abril 2006

"¡Queridos hijos! También hoy los invito a tener más confianza en mí y en mi Hijo. El ha vencido con su muerte y resurrección y los llama, para que a través de mí, ustedes sean parte de su alegría. Hijitos, ustedes no ven a Dios, pero si oran sentirán su cercanía. Yo estoy con vosotros e intercedo ante Dios por cada uno de ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

De este mensaje lo primero que brota es el llamado, casi un clamor, a tener más confianza en el Señor y en su Madre. La confianza hacia Dios se mide por el grado de abandono que cada uno demuestra frente a su providencia y misericordia. La confianza en la Madre de Dios refleja la certeza que se tiene de su poderosa intercesión, de su cercanía y de su misericordia. La confianza es la expresión no solamente de una fe viva sino también de esperanza, de humildad, de perseverancia y de actitud filial y amorosa hacia el Señor.Quien cree que Cristo murió por él y que resucitó y está en la gloria y en su Iglesia con todo poder, puede confiar y abandonarse serenamente en su amor.

Quien cree que la Virgen María compartió la Pasión del Hijo y entregó su sufrimiento a Dios en unión al sacrificio redentor de Jesús; quien comprende que si Jesús invitó a cada uno a cargar con su cruz y a seguirlo, la cruz de la Virgen fue entonces nada menos que la cruz de su Hijo; quien cree que al seguirlo hasta el Calvario aceptó que su corazón fuese traspasado por el dolor más intenso que criatura alguna pueda soportar y volverse Madre de todos los hombres, quien todo eso cree puede entregarse en confiado abandono a la Madre de Dios.Quien habitado por el Espíritu Santo descubre en sí mismo la filiación divina, y a Cristo como su Señor, y a María como Madre suya de misericordia, puede dejarse guiar con total confianza por la Palabra del Señor, y por los mensajes de revelaciones que cree, aunque sea con fe humana, que vienen del Cielo y son la ayuda para el tiempo en que vive.

La Virgen nos pide que confiemos más. Este presente llamado a la confianza tiene una cierta resonancia con el mensaje del mes anterior que comenzaba con aquel "¡ánimo!" y que nos recordaba las palabras del Señor: "Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulación. Pero, ¡ánimo!: yo he vencido al mundo" (Jn 16:33). Palabras aquéllas y éstas de aliciente. Si por un lado nos hacía ver las señales de este tiempo, que no son nada halagüeñas, por el otro nos mostraba que también es signo de este tiempo su presencia, su cercanía. Esta misma presencia tan cercana es la que nos da ánimo y confianza que seremos cubiertos por la misericordiosa protección de nuestro Salvador, porque suyo es el poder y la gloria, y de nuestra Madre celestial que en estos tiempos viene a visitarnos. Por eso, ahora nos recuerda que Cristo es el vencedor de la muerte y Señor de la vida y esto debe ser motivo de mucha alegría para nosotros. "Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí", parece repetir el Señor por boca de su Madre. Que es como decir: "para que confíen en mí". "Si confían en mí tendrán paz. Si creen que yo he vencido al mundo y a la muerte tendrán paz y participarán de mi gozo" "Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie los arrebatará de mi mano" (Jn 10:28) .

Por otra parte, puede resultar significativo que este mensaje del 25 de abril fue dado a sólo dos días de la Fiesta de la Divina Misericordia y que en esta devoción la confianza en la misericordia de Dios es elemento esencial y una de las dos condiciones para obtener de Cristo misericordia. En el Diario de santa Faustina Kowalska leemos que el Señor le dice: "Deseo conceder gracias inimaginables a las almas que tienen confianza en mi misericordia... Que todas las almas... se acerquen con gran confianza a este mar de misericordia..." (263 y 504 del Diario). "Las gracias de mi misericordia se alcanzan con un solo recipiente y éste es la confianza. Cuanto más confianza tiene un alma más obtiene (de mi misericordia)" (519). Dice también: "El alma que confía en mi misericordia es la más feliz porque yo mismo cuido de ella" (427). "Tengo una particular predilección por el alma que tiene confianza en mi bondad" (508). No debe olvidarse que la otra condición puesta por Jesús para beneficiarse de su misericordia es que nosotros seamos también misericordiosos. Quien no es misericordioso con otros no puede pretender recibir de Dios misericordia.

La Sagrada Escritura elogia también la confianza en Dios y exhorta a ella. En uno de los libros sapienciales, el Sirácide (o conocido también como Eclesiástico) leemos: "Confía en el Señor y él te ayudará, endereza tus caminos y espera en él". Vemos que la confianza está vinculada también a una conversión, a un enderezamiento de camino, y al santo temor de Dios, principio de la sabiduría, porque luego agrega: "Los que temen al Señor, esperen bienes, gozo eterno y misericordia" (Si 2,6-8). Y se pregunta Ben Sirá: "¿Quién confió en el Señor y quedó defraudado? ¿Quién perseveró en su temor y fue abandonado? ¿Quién le invocó y fue desatendido?" (Si 2,10-11). Nos hace así reflexionar y ver que no seremos abandonados, que Dios tendrá cuidado de nosotros y que si muchas veces no nos preserva del dolor sí nos preserva siempre en el dolor. También el salmista aconseja: "Confía a Yahvé tu peso, él te sustentará; no dejará que para siempre sucumba el justo" (Slm 55:23). O bien: "Ofreced sacrificios justos y confiad en
Yahvé" (Slm 4:6).En su primera carta, san Pedro -después de exhortar a los fieles a la humildad- porque "Dios resiste a los soberbios", les aconseja: "confíenle todas sus preocupaciones, pues él cuida de ustedes" (1 Pe 5,5.7).

"Hoy los invito a tener más confianza en mí y en mi Hijo. Él ha vencido con su muerte y resurrección..." Ésta es la verdad cardinal de nuestra fe y de nuestra esperanza, es el evento fundante de nuestra religión: la Resurrección de Cristo. Si el Señor no hubiese resucitado de la muerte vana sería nuestra fe y nosotros seríamos dignos de compasión y los seres más infelices de la tierra (Cf 1Cor 15:17-19). Cristo verdaderamente resucitó y éste es el grito del primer Domingo de Pascua cuyo eco se extiende por los siglos de los siglos. En la plenitud de los tiempos Dios se hizo hombre en Jesucristo, quién nos ha revelado cómo es Dios. Dios no es solamente nuestro Creador sino sobre todo nuestro Salvador. Dios es Jesús muriendo en la cruz y resucitando para nosotros, para nuestra salvación. Jesús, en su muerte y resurrección, revela el amor misericordioso de Dios su Padre, que es Padre nuestro. ¡Cuánto nos ama Dios! Desde aquella Pascua de Resurrección las puertas de la vida han sido abiertas de par en par y Dios Creador recrea una nueva humanidad en Cristo, que nace para no morir jamás porque la muerte ya no tiene poder sobre nosotros.

Toda vez que hago mía la Pascua de Cristo, las tinieblas se disuelven ante la Luz: es Cristo Resucitado, vencedor de la muerte, de toda muerte, que me lleva a la vida y de la esclavitud del pecado a la libertad de hijo de Dios. Ante Cristo Resucitado, con la Iglesia nacida del parto doloroso del Gólgota, cantamos: ¡Aleluya! Porque grande es el gozo de saber que Dios te ama y te ama con amor eterno, y porque te ama te salva.

Nuestra Madre no quiere que nos dejemos abatir por el mal, que nos deprimamos, que nadie desespere porque debemos ser conscientes de la victoria de Cristo, de su presencia salvadora y porque Ella está junto a nosotros intercediendo por cada uno de nosotros. Nos pide, eso sí, que recemos, que no dejemos de rezar porque ese es el único modo que tenemos de experimentar la cercanía de Dios.

El Señor nos ha llamado "amigos" (Cf Jn 15:15) y toda amistad necesita ser cultivada. Toda amistad requiere de diálogo, comunicación, cierta vigilancia, ocuparse del otro, visitarlo. Orar es dialogar con Jesús, es escucharlo en el silencio cuando el silencio se vuelve escucha y la escucha Palabra. Visitarlo es ir a su encuentro ante el Santísimo Sacramento y quedarse con Él donde Él está. Es tener una Hora Santa, una hora de adoración a la semana o frecuentemente, en la que la Presencia de Jesús en la Eucaristía le habla a nuestro silencio adorante. El Señor nos invita a acercarnos. Lo ha hace en la Palabra cuando nos dice "Vengan a Mí..." (Cf Mt 11:28), lo hace ahora llamándonos a través de la Santísima Virgen, Madre nuestra, Reina de la Paz.

Intercede, Madre nuestra, para que el Señor nos dé una fe firme, una fe que se vuelva confianza plena en Él y se manifieste en total y sereno abandono en Cristo victorioso, para así participar de su gozo y de la alegría de la Iglesia que ante el Resucitado canta: ¡Aleluya!

 
 
Imprimir esta pagina