Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Mensaje del 25 Marzo 2010

¡Queridos hijos! También hoy deseo llamarlos a todos a que sean fuertes en la oración y en los momentos en que las tentaciones los asalten. Vivan en alegría y en humildad su vocación cristiana y den testimonio a todos. Estoy con ustedes y los llevo a todos ante mi Hijo Jesús, Él será para ustedes fuerza y apoyo. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 

 
 

Comentario

        ¡Queridos hijos! También hoy deseo llamarlos a todos a que sean fuertes en la oración y en los momentos en que las pruebas los asalten.

Se habrá notado que esta última transcripción no es fiel al texto de arriba. En efecto, en la versión castellana oficial se lee “tentaciones” y aquí he puesto “pruebas”. La razón no es caprichosa ni mucho menos polémica. Ocurre simplemente que escuché la versión italiana de boca de la misma Marja (la vidente que recibe el mensaje del 25) y ella dijo “prove” o sea pruebas y no “tentazioni”, que sería tentaciones. Sabemos que las palabras en los distintos idiomas pueden tener más de una acepción. Así por ejemplo, me han dicho que los verbos “invitar” y “llamar” se designan en croata con la misma palabra. Por esto, si la vidente, que conoce bien el italiano, dijo “pruebas”, elijo ese término para la reflexión. Y lo escojo porque, como se verá más adelante, la diferencia es notable. Prueba y tentación no es lo mismo. La prueba puede incluir la tentación por extensión pero va más mucho más allá de ella. Esto lo experimentamos cuando hay situaciones que padecemos y a las que no nos hemos sentido atraídos.

 Las pruebas son una suerte de poda necesaria que Dios nos hace o que permite para nuestro crecimiento. Al reprobable uso de la libertad que el hombre pueda hacer –o sea la de elegir el mal- Dios le opone la gracia que permite revertirlo en bien. Y cuando se habla del mal, éste se refiere tanto al que la persona comete contra otros y contra sí misma o al que padece en cuanto víctima de otros.

          Para poder soportar las pruebas y pasar por ellas, necesario es, de necesidad imprescindible, la oración. Todos necesitamos de la oración porque por ella el Espíritu Santo nos da fortaleza, porque por ella disponemos nuestra vida a la unión con Dios, porque por ella dialogamos con nuestro Señor y Salvador. Todos necesitamos orar. Tanto el que se sabe débil como el que se considera fuerte necesitan de la oración para soportar y no ser abatido por las pruebas. Nuestra fuerza está en Jesucristo y a Él llegamos por la oración. Por eso, la Santísima Virgen nos pide ser fuertes en la oración, es decir, tomárnosla muy en serio. Porque mediante la oración resistiremos los asaltos y saldremos fortalecidos en la fe y en el amor, que es lo que cuenta.

          Entonces, porque fuertes en la oración, o sea perseverantes y serios en el empeño, seremos fuertes en las pruebas. 

Vivan en alegría y en humildad su vocación cristiana y den testimonio a todos.           Parecería que las siguientes palabras de san Pedro Damián hicieran eco a las de este mensaje. Decía el santo: 

          “Mientras eres castigado con golpes y por la corrección de Dios, no te desalientes, que no se te escape el lamento de la murmuración. Que la amargura de la tristeza no te envuelva por completo, que la pusilanimidad no te vuelva inquieto.

          Que reine siempre la serenidad en tu rostro, y la alegría en tu corazón y resuene en tu boca el agradecimiento.

          Es necesario, en efecto, alabar el plan divino que golpea momentáneamente a los suyos con el fin de sustraerlos a los flagelos eternos. Deprime para elevar, corta para curar, derriba para sostener”.

          Vocación y misión van unidas. La misión sigue a la vocación. Es el Señor quien llama mediante su gracia. Es la gracia del llamado que antecede a la gracia de la respuesta. Lo primero que Jesucristo nos dice, aún hoy, es “ven”, “vengan a Mí” (Cf. Mt 11:28). Luego nos envía: “Vayan...” (Cf. Mt 18:29). Nos manda ir al mundo para predicar la Buena Nueva, que es también la de dar testimonio que somos de Cristo, que tenemos su impronta, la del bautismo, la señal con que nos marca el Espíritu Santo y que sólo en Cristo encontrará el mundo la salvación. El testimonio de vida es fundamental porque el buen cristiano es aquel que muestra la gracia que obra en él, que refleja a su Señor en tanto ama, perdona, es misericordioso, humilde y vive la dicha de la Resurrección.

          Durante las pruebas es cuando se dan los más elocuentes y grandes testimonios del señorío de Cristo sobre nuestras vidas. Cuando ante la adversidad se sufre con alegría se da testimonio veraz y contundente de la gracia que nos asiste y nos lleva a superar las dificultades. 

Estoy con ustedes y los llevo a todos ante mi Hijo Jesús, Él será para ustedes fuerza y apoyo. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! 
          Es oportuno recordar que si la Santísima Virgen se vuelve centro de atención es siempre para llevarnos a su Hijo, nuestro Señor. La razón misma de su venida y de su permanencia en Medjugorje y en todos los otros lugares donde verdaderamente ha aparecido, ha sido para llevarnos a Jesucristo. La Madre de Cristo es la misma Madre de la Iglesia que reúne a los hijos dispersos para que encuentren al Salvador. Ella jamás ha de interferir con la obra ni la presencia del Señor. María nos lleva a la comunión con Dios y entre nosotros, es decir, a ser Iglesia. María nos lleva a la Eucaristía y a la adoración. María es nuestra Madre que quiere para nosotros lo mejor, y lo mejor es la unión con Jesucristo. En Él y sólo en Él encontramos nosotros el sostén de nuestras vidas y las fuerzas para seguir caminando en este peregrinar hacia el Cielo. 

          No deseo concluir sin una última reflexión que juzgo muy importante. La Santísima Virgen, Reina de la Paz, nos acaba de dar un mensaje que es, sin duda alguna, personal, porque Ella es Madre de cada uno de nosotros. Pero, también es Madre de la Iglesia Universal y como Madre de la Iglesia nos está también advirtiendo acerca de las pruebas. Pruebas que, por otro lado, están ya a la vista de quien quiera ver. La Iglesia está siendo perseguida en todas partes. La Iglesia de Cristo está pasando por un tiempo particular de pruebas y todo hace pensar que éste sea sólo el inicio.

          Se están desatando campañas mediáticas contra sacerdotes y religiosos aprovechando escándalos para manchar con ellos a todo lo que es católico. Y ahora están disparando contra el Papa. Es la cabeza visible de la Iglesia lo que les interesa. La intención es, como reciente lo escribió la historiadora Elizabeth Lev (1), destruir la fuerza moral de la Iglesia Católica.

          Por parte de los grandes medios vemos que hay una suerte de indignación selectiva, como lo denunció el Arzobispo de New York, por la cual se magnifican los escándalos, siempre abominables por cierto, que se dan en el seno de la Iglesia Católica, mientras se pasa por alto los de otras proveniencias religiosas o de grupos. Si se trata de algún miembro eclesiástico entonces va con grandes titulares y en primera página o en páginas importantes, sino es una pequeña noticia en el interior del periódico o ni se menciona si es un telediario. Por otra parte, llama poderosamente la atención que las masacres perpetradas contra cristianos en la India, en Nigeria, en Pakistán y las graves persecuciones en Egipto, para poner sólo algunos ejemplos recientes, no sean noticia.

          Luego, la “noticia” que se ha hecho resaltar, muchas veces falsa o provocadamente distorsionada, es tomada por otro medio y el eco se va ampliando y magnificando hasta alcanzar prontamente entidad mundial. Un ejemplo paradigmático es lo que está ocurriendo con el New York Times que, en pocos días ha lanzado una feroz campaña contra el Santo Padre. Así, siguiendo tesis preconstituidas y ordenadas con el fin de atacar a la figura del Papa, ha forzado los hechos más allá de todo límite de mínima veracidad y razonabilidad. Tal determinación y tendenciosidad no puede más que dejar estupefacto, ya no a cualquier católico sino a cualquier persona intelectualmente honesta. Sin embargo, ellos saben muy bien qué hacen porque la mayoría de la gente no se cuestiona lo que lee o escucha en los medios. Muchos sólo ven los titulares y son incapaces de analizar. Entonces queda aquello de Goebbels: “miente, miente que algo quedará, mientras más grande sea una mentira más gente lo creerá”.

          Entonces, este mensaje también se aplica muy especialmente ahora que la Iglesia y el Santo Padre en particular, como su cabeza visible, están bajo una gran prueba, bajo ataques que presagian tiempos muy duros. Ahora como nunca antes, cuando el círculo perverso quiere cerrarse en torno a la Iglesia de Cristo, nosotros debemos cerrar el círculo de la oración y de la adoración en torno a Cristo para preservar a nuestro Papa, para que Dios le dé fortaleza a él y a todos nosotros con y junto a él.

          La guerra, en verdad, es contra Cristo. Sabemos, es nuestra confianza, la de nuestra fe, que la victoria es siempre del Señor. “Ellos pelearán contra el Cordero y el Cordero los vencerá, porque él es Señor de Señores y Rey de Reyes y los que están con él son llamados, escogidos y fieles (Ap 17:14).

 

P. Justo Antonio Lofeudo


(1) Elizabeth Lev rechaza la campaña mediática actual contra sacerdotes y religiosos. La compara a la de finales del siglo XVIII en Francia cuando los escándalos se magnificaban para hacer creer que esto era endémico en el clero, lo que llevaría años más tarde al asesinato de muchos presbíteros. La intención de los ataques es destruir la fuerza moral de la Iglesia Católica
     En un artículo titulado "En defensa del clero católico (¿o queremos otro reino del terror?)", Lev se refiere al clima triunfalista en 1790 en Francia con la revolución y a la postura de Edmund Burke, un protestante miembro del Estado inglés, que en ese año criticaba la campaña anticlerical de los franceses que desenterraban escándalos de décadas e incluso, siglos pasados
     Tras preguntarse sobre lo que Burke habría opinado ante los intentos mediáticos actuales de vincular, a cualquier precio, al Papa con cualquier escándalo de pedofilia, Lev señala que el protestante inglés comentaba en aquel entonces que "no escucho con mucha credibilidad a quien habla del mal de aquellos a quienes van a saquear. Sospecho, en cambio, que los vicios a los que se refieren son fingidos o exagerados cuando se busca sólo provecho en el castigo que planean". 
     Cuando Burke escribía esto, dice Lev, "los revolucionarios franceses estaban alistándose para la confiscación masiva de las propiedades de la Iglesia". 
     Actualmente, escribe la historiadora, "los salaces informes sobre los abusos sexuales del clero (como si estuvieran limitados sólo al clero católico) han sido colocados por encima de las masacres de cristianos en India e Irak. Además, la frase 'abuso sexual del clero' se equipara erróneamente con 'pedofilia' para avivar aún más la indignación. No consideran la perspicacia política de un Edmund Burke que se pregunta por qué la Iglesia Católica es escogida para ser tratada así". 
     Luego de reconocer que efectivamente es gravísimo el mal producido por una pequeñísima minoría de sacerdotes católicos contra menores, Lev recuerda que son muchísimos más los que "viven santamente en sus parroquias, atendiendo a sus feligreses. Estos buenos hombres han sido manchados por la misma tinta venenosa" de muchos medios. 
     Seguidamente señala que en Estados Unidos los abusos sexuales de clérigos no llegan al 2 por ciento y que este dato lo presentó el New York Times. Pero al "leer los diarios, parecería que el clero católico tiene un monopolio en acosos a menores". 
     "Si Burke estuviese vivo hoy día, tal vez habría discernido otro motivo detrás de los ataques al clero católico, además de las propiedades de la Iglesia: principalmente destruir la credibilidad de una voz moral poderosa en el debate público" que se ha hecho evidente, por ejemplo, en la reforma de salud en Estados Unidos. 
     Ante la posición pro-vida de los prelados, precisa Lev, "y para silenciar la voz moral de la Iglesia, la opción preferida ha sido la de desacreditar a sus ministros". 
     "A tres años de las reflexiones de Burke, sus predicciones probaron estar en lo cierto. El Reino del Terror llegó en 1793, llevando a cientos de sacerdotes a la guillotina y forzando al resto a jurar lealtad al Estado por encima de la Iglesia. Para Burke estaba claro que la campaña anticlerical de 1790 era "solo temporal y preparatoria para la abolición última… de la religión cristiana al llevar a sus ministros al desprecio universal", prosigue la historiadora. 

      "Uno espera que los estadounidenses tengan el suficiente sentido común para cambiar de curso mucho antes de que lleguemos a este punto", concluye. (Fuente: ACI)


 

           P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
 

¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!

 
 
 

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