Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Marzo 2009

"Queridos hijos! En este tiempo de primavera, cuando todo se despierta del sueño invernal, despierten también ustedes sus almas con la oración para que estén dispuestos a recibir la luz de Jesús resucitado. Que Él, hijitos, los acerque a su Corazón para que puedan estar abiertos a la vida eterna. Oro por ustedes e intercedo ante el Altísimo por vuestra sincera conversión. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

“En este tiempo de primavera, cuando todo se despierta del sueño invernal, despierten también ustedes sus almas con la oración para que estén dispuestos a recibir la luz de Jesús resucitado”

Como advertimos en otras oportunidades, aún cuando estos mensajes son para todo el mundo vienen dados en Medjugorje y en ciertas ocasiones, como ésta, pueden contener referencias locales. Así, en este caso, la Reina de la Paz menciona el tiempo de primavera válido sólo para el hemisferio norte. No obstante ello, los mensajes no dejan de ser universales. También en otras apariciones como La Salette o Lourdes o Fátima, la Santísima Virgen hablaba de situaciones locales, sin embargo, en lo fundamental, siempre se ha dirigido a todos sus hijos del mundo.

En el presente mensaje la Santísima Virgen nos está exhortando a despertar del letargo y a sacudir el alma de la pesadez del sueño que inmoviliza, de ese dañino dejarse estar que atenta contra la vida espiritual. Ella nos dice que la oración es el medio para salir de ese sueño porque el alma, como la naturaleza bajo la acción del sol, va cobrando el calor que viene del Espíritu y va abriéndose, poco a poco, dando sus frutos. Nos llama a despertar para disponernos a acoger la luz de la Resurrección de Cristo. La luz de Jesús resucitado es la que ilumina la cruz con la victoria sobre la muerte, sobre la aparente inutilidad del sufrimiento, sobre el pecado que esclaviza al hombre y lo hunde en el abismo eterno de la muerte del alma, sobre el Maligno, príncipe de este mundo. Es la luz del amor de Dios que todo lo vence. Es la misma luz que hace que nuestro sufrimiento -unido a los padecimientos del Señor- cobre sentido y valor de redención y de amargo se torne dulce.

“Que Él, hijitos, los acerque a su Corazón para que puedan estar abiertos a la vida eterna”

Cuando, por medio de la oración, nos abrimos a la gracia del Señor propiciamos el acercamiento a su misericordia y entramos en su vida, que es la vida eterna.

Jesús tiene su Corazón abierto por nosotros. Es el corazón vulnerable de todo un Dios que se inclina hacia aquel que clama su misericordia, que pone su voluntad en conocerlo de cerca, que responde a su llamado.

“Estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3:20). Hoy, el Señor nos llama por medio de su Madre. Oír la voz de Cristo es oír la voz de su Palabra, es escucharla también a través de su Iglesia y, en estos tiempos especiales de grandes gracias, es oír, seguir, vivir los mensajes que la Reina de la Paz nos trae del cielo.

“Oro por ustedes e intercedo ante el Altísimo por vuestra sincera conversión”

En este mensaje encontramos dos frases que producen una cierta resonancia y podemos interpretarlas como advertencias que nuestra Madre Santísima nos hace. Estas frases son “recibir la luz” y “sincera conversión”.

Por qué -nos preguntamos- últimamente nos habla de recibir la luz? No será acaso por la necesidad que tenemos, en estos momentos de gran oscuridad -producto de la gran confusión y del engaño provocado y también del autoengaño- de recibir la luz del Espíritu, o sea del sano entendimiento, para no caer en una aparente y falsa conversión?

Si bien no es posible cuantificar la conversión, es decir saber cuánto uno se está convirtiendo a Dios, si se puede, en cambio, ver hacia dónde se está yendo. Para ello es posible confrontar el camino recorrido con parámetros inequívocos como, por ejemplo, la obediencia a la Ley de Dios expresada, en lo concreto, en las mismas enseñanzas del Magisterio (a través de encíclicas y otros documentos y declaraciones y en el mismo Catecismo de la Iglesia, ese tesoro que nos legó Juan Pablo II) o las virtudes personales como la humildad, docilidad, simplicidad de vida o bien la intensidad de la propia vida espiritual. Quien -siguiendo con los mismos ejemplos- rechaza el Magisterio de la Iglesia, quien no acepta aunque sea sólo algunos puntos de lo que la Iglesia sostiene y enseña en materia de fe y de moral, no sólo está lejos en su camino de conversión sino que no está en comunión con la misma Iglesia. Qué comunión y qué conversión puede haber cuando se dice: “eso opina el Papa, pero yo creo que ...”. O, como también se oye decir: “soy un católico maduro y en materia de contraconcepción o de aborto en determinados casos opino diferente al Magisterio...”. Cómo si se tratase de materia opinable! La pregunta es: qué crees? A quién crees?

Lamentablemente, la gran confusión que se manifiesta en “opiniones y creencias autónomas” que contrastan con la sana doctrina y la moral verdaderamente cristiana (para entendernos, las que enseña el Papa y otros Papas han enseñado), no sólo viene de afuera, del laicismo a ultranza imperante omnipresente gracias a los consabidos medios de comunicación, sino, lamentablemente, desde dentro de la misma Iglesia. Por eso, los esfuerzos del Santo Padre para iluminar en esta tenebrosa confusión provocada por falsos teólogos que niegan la veracidad de los Evangelios y vacían la salvación diferenciando el “Cristo de la fe” del “Cristo de la historia” o cuestionan la fe de Cristo como único Salvador de los hombres. Por eso, también, su empeño en recuperar la grandeza de la liturgia que reverencia el misterio que celebramos ante la banalización y la degradación, profanación y sacrilegio que, al interno de la Iglesia, en tantas partes se cometen. Mientras los enemigos de Cristo y de su Iglesia tratan, por todos los medios, de deslegitimar las enseñanzas de su Magisterio, y hasta de ponerlo en ridículo o hacerlo aparecer como fuera de la época, el Santo Padre no deja de exhortarnos a profundizar la vida espiritual recuperando el amor por la Palabra, dando supremacía a la oración y a la adoración al Santísimo Sacramento.

Cuando el mundo y algunos hasta dentro de la Iglesia intentan apagar su voz, el Cielo viene en su ayuda y la Madre de Dios llega, por medios que sólo la gracia puede proveer, a todos sus hijos para alertarlos y guiarlos en medio de la oscuridad.

Grande es la confusión cuando personas que supuestamente están comprometidas en un camino de fe envían, por ejemplo, presentaciones (pps que a diario recibo) que contienen afirmaciones equívocas propias de la New Age, y cuando libros supuestamente religiosos y de espiritualidad que contienen grandes herejías se venden como pan caliente y por añadidura en algunas librerías católicas.

Convertirse no es simplemente creer que estoy adherido a Cristo porque de Él hablo o pienso durante el día o participo de algún grupo de oración o de algún movimiento y luego soy autónomo de la Iglesia y cuestiono el Magisterio del Papa o vivo como mejor me parece sin tener en cuenta la moral cristiana. Conversión sincera es coherencia de vida, es ser coherente con lo que digo creer y a quién digo seguir. Hasta cuándo se ha de renguear de los dos pies?, preguntaba el profeta Elías al pueblo infiel (Cf 1 Re 18:20). No puede alguien decir que es cristiano y al mismo tiempo hacer la meditación trascendental (es un ejemplo). Mucho cuidado con los orientalismos! Al propósito, recomiendo leer los libros del P. Joseph-Marie Verlinde (“La experiencia prohibida” y otros).

Sí, mucha es la confusión, por eso la Madre de Dios trazó el camino de conversión del que no hay que apartarse. Ese camino es el de la oración, pero oración cristiana, sobre todo el Rosario(1) que es una oración humilde, sencilla, simple, insistente (por lo repetitiva) y perseverante (porque es diaria). Con el Rosario sabemos que llegamos a Dios por el camino más breve, corto y seguro que es el de María. Luego, junto a la oración la adoración y en particular la adoración perpetua (como lo pidió en Medjugorje el 15 de marzo de 1984). Ese camino de la Reina de la Paz es también el de la Biblia, leída con la Iglesia, como enseña el Magisterio; es el del Catecismo. Camino que pasa por el abandono confiado a Dios a través de la Virgen, por la caridad y misericordia y por la purificación mediante la asidua confesión sacramental. Camino, en fin, cuya cúspide es la Eucaristía.

Queridos hermanos, aferrémonos a lo que nos pide nuestra Madre Santísima en sus mensajes. No nos apartemos del camino por Ella trazado en busca de nuevas espiritualidades, estemos atentos a la sana doctrina y a la recta moral que desde siempre enseña el Magisterio de la Iglesia. Cobijémonos y abandonémonos en la Madre de Dios, consagrándonos y renovando nuestra consagración a su Corazón Inmaculado y estaremos siempre seguros y protegidos por su constante intercesión.

(1) Para que se vea cuán grande es la confusión: he conocido a una persona que recitaba el Rosario, como si fuera un mantra que repetía, en posiciones de yoga. Hay que recordar que no hay hinduísmo sin yoga ni yoga sin hinduísmo. Por tanto, no es una gimnástica como se la pretende hacer pasar. Nuevamente, leer “La experiencia prohibida” de J-M Verlinde.

¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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