Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Marzo 2007

"¡Queridos hijos! Les quiero agradecer de corazón sus renuncias cuaresmales. Deseo animarlos para que continúen viviendo el ayuno con un corazón abierto. Hijitos, con el ayuno y la renuncia, serán más fuertes en la fe. A través de la oración cotidiana, encontrarán en Dios la verdadera paz. Yo estoy con ustedes y no estoy cansada. Deseo llevarlos a todos conmigo al Paraíso, por eso, decídanse cada día por la santidad. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

Nuestra Madre tiene un modo único de dirigirse a nosotros y ese modo viene de su amor. A todos siempre nos llama “queridos hijos” pese a que somos pecadores y muchas veces no somos hijos buenos ni obedientes ni fieles ni amorosos. Sin embargo, Ella nunca nos acusa sino que nos agradece cuando respondemos a su llamado y ofrecemos algo a Dios por su intermedio. Ahora, nos agradece nuestras renuncias cuaresmales, y para quienes no se han esforzado particularmente no los hace sentir excluidos de su agradecimiento. En ese caso, su amor que agradece tiene el efecto de avergonzarnos por no haber hecho las renuncias pedidas o porque fueron pobres o insuficientes y al mismo tiempo de suscitar en nosotros el estímulo que necesita nuestra voluntad para que, desde ahora, nos decidamos a hacer más y mejor.

Notamos también que en este mensaje, la Santísima Virgen distingue entre renuncias y ayunos.

Hay renuncias que debemos hacer siempre y no son a esas a las que alude, pues siempre debemos renunciar al pecado y a toda ofensa a Dios. En el mismo orden de cosas, se debe renunciar a todo sentimiento negativo, y a situaciones, personas y cosas que llevan por caminos equivocados. A la magia, la adivinación, los horóscopos, el espiritismo y a las supersticiones que se deben absolutamente rechazar, porque todas esas cosas son abominables a Dios (Cfr. Dt 18:10ss). Igualmente debemos renunciar a palabras y gestos obscenos, y a actitudes y vestimentas inconvenientes o impúdicas porque nada de ello es agradable a Dios y porque son causas de ulteriores pecados y de escándalo. Debemos siempre apartarnos de cualquier lectura o visión de todo tema escabroso, inmoral, irreverente, blasfemo y denigratorio para nuestra fe que aparezca en libros, periódicos, revistas, programas radiales, televisivos o películas.

En cambio, a las renuncias que nuestra Madre alude en este mensaje son a cosas que nos gustan y que no constituyen en sí pecado grave. Serían, por ejemplo, algunos vicios que llamaríamos menores, así como apegos y diversiones u otras cosas que puedan atraernos en su banalidad y que –sin darnos cuenta- nos vayan robando el sentido de trascendencia y esclavizando.

A los integrantes del grupo de oración de Jelena, la Santísima Virgen les había pedido que no leyeran diarios ni revistas ni vieran televisión. La bondad o maldad de un medio depende del contenido de lo transmitido y difundido. Hoy la mayor parte de lo que se lee en diarios y revistas y se ve por TV o en films es de contenido moralmente destructivo cuando no perverso. Ésta es una experiencia universal que cualquiera que no tenga la conciencia adormecida puede comprobarlo. Reality shows, programas del corazón, publicidad, telediarios, novelas, música, presuntas obras artísticas, están afectados de morbosidad y corrupción que va de lo sucio a lo decididamente perverso y satánico. Las obras o los programas que transmitan y exalten la belleza, que estén imbuidos de la verdad y de valores morales y espirituales son cada vez más raros. Por ello, quien renuncia a escuchar radio, ver televisión o films y leer periódicos o revistas o ciertos libros y entretenimientos, se preserva espiritualmente y revaloriza ese tiempo cuando lo dedica a la lectura y meditación espiritual, a la oración y a la contemplación.

Cuando la Reina de la Paz nos habla de ayuno debemos entender, principalmente, el ayuno a pan y agua, los días miércoles y viernes, porque ese es el ayuno que ha pedido desde los inicios de las apariciones en Medjugorje. Para aquellos que, por motivos de salud, no puedan ayunar de esa manera siempre queda la posibilidad de no tomar comidas o bebidas que sean de su agrado y ofrecer ese sacrificio a Dios.

A todos nos anima a hacer más y, en lo específico, a continuar viviendo el ayuno con el corazón abierto, es decir, con amor. Esto nos recuerda que el ayuno no es una mera dieta, ni una rutina -por devota que ella pueda parecer- sino un acto de desprendimiento dado con amor como sacrificio agradable a Dios.

En efecto, hay ayunos y ayunos. Se puede ayunar por razones estéticas, o médicas, o de buena salud, o políticas (las huelgas de hambre), o bien religiosas, pero aún en este último caso sólo se convierte el ayuno en sacrificio cuando es ofrecido con un corazón abierto al amor de Dios.

Al pedirnos continuar con el ayuno del corazón nos está exhortando a no detenernos en la Cuaresma e ir más allá del tiempo litúrgico, porque el llamado de conversión es permanente y urgente. La Santísima Virgen apela a nuestra voluntad para que consagremos nuestra libertad a Dios y podamos así caminar por el camino de santidad. Por el camino del amor que se recorre, día a día, sostenidos por la fe y la esperanza.

La renuncia y el ayuno nos liberan de la esclavitud de todo aquello que nos ata a lo efímero y nocivo y que nos distrae del hecho fundamental por el que fuimos creados: la vida eterna a la que llegamos por Jesucristo, nuestro Salvador. Nuestra meta es el cielo, allí nos quiere a todos la Madre de Dios y de allí ha venido para conducirnos.

Lo efímero puede tener –y de hecho lo tiene- un gran poder de atracción y por eso gustarnos hasta el punto de esclavizarnos y volverse la razón de nuestra vida. Así pasa con los bienes que provocan ansias de consumo, con la fama, con la gloria de este mundo y otras cosas con las que somos tentados, y en las que una vez satisfecho el deseo sólo queda vacío, gusto amargo y sensación de tristeza. Porque todas esas cosas no llenan la vida de una persona. La verdad es totalmente otra.

Todo apego que nos desvíe de Dios nos debilita espiritualmente. Bloquea y ahoga nuestras fuerzas, las que necesitamos para alcanzar nuestra meta. Esas fuerzas son las virtudes y en particular las teologales: fe, esperanza y caridad. El despojamiento de las cosas terrenales mediante el ayuno y la renuncia tiene el efecto, en cambio, de fortalecerlas. Al aligerarnos de todo lo que es pasajero y, sobre todo, nocivo, que daña nuestro corazón y envenena nuestra alma, podemos caminar más libremente y rápido y ver con mayor claridad el objetivo, que es la vida eterna. Precisamente, ese caminar más firme y ligero y esa visión de mayor luminosidad es lo que constituye la fe en nuestra vida de gracia.

La fe, a su vez, se alimenta de la Palabra y de los sacramentos y a ellos tiende. La fe que suscita la Palabra de Dios se nutre y crece con los sacramentos, es decir, con el encuentro con el Señor a través de ellos. La fe de la Iglesia, nos lo recuerda el Santo Padre en la reciente Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis, es esencialmente eucarística. Fe eucarística significa que creemos en la presencia de Jesucristo, Dios y hombre verdadero, en las especies consagradas. La Eucaristía, como dice el Catecismo de la Iglesia (CIC,1327) es “el compendio y la suma de nuestra fe”. Entonces, ayunemos y renunciemos para fortalecer nuestra fe y nutrámosla con los sacramentos: la confesión y la Eucaristía.

Nuestro camino de santidad es, a la vez, de desprendimiento y de elevación espiritual. Al desprendimiento contribuyen el ayuno y las renuncias y a la elevación nuestra vida de oración y adoración. Por medio de la oración de todos los días hacemos que el vínculo con Dios sea permanente y la respuesta es la paz. Este don divino es un estado pleno de felicidad y seguridad, que el mundo anhela pero no conoce.

Quien cada día se decide por la santidad, por ser bueno y mejor ante los ojos de Dios, quien ama y perdona, quien no deja ningún día por ningún motivo de orar, quien es obediente y amoroso hijo de la Iglesia, hijo de María, quien se reconcilia con Dios y vive los sacramentos, es alguien que podrá sufrir las mayores vicisitudes de la vida: la enfermedad, la caída económica, la muerte, pero en todo será preservado y su corazón estará sellado con la paz que impedirá le alcance la desesperación o el pánico o la angustia. Tendrá en Dios su roca y fortaleza, su bastión.

Nosotros podremos estar cansados, nuestros corazones apesadumbrados tanto como para no dejar que la gracia fluya en nosotros, como para que el don de Dios se nos escape (Cfr Mensaje del 25/10/06), pero nuestra Madre no está cansada e insiste cada mes dándonos el mensaje que nos reconduce en el camino y la mano que nos lleva.

Tú, Madre nuestra, nos agradeces por las renuncias cuaresmales y, siempre, por responder a tu llamado; nosotros queremos darte gracias, también siempre, porque vienes hasta nosotros, porque no te cansas de llamarnos y porque nos acompañas en este camino cuyo destino es el cielo. Y junto a ti, Madre de eterna y sublime belleza, dar gracias a Dios, nuestro Creador, Señor y Salvador, porque te envía y permite que estés con nosotros en este tiempo de oscuridad para traernos la luz que nos ilumina y el amor que nos rescata.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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