Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Enero 25, 2011

"Queridos hijos: La naturaleza se despierta y en los árboles se ven los primeros capullos que darán una hermosísima flor y fruto. Deseo que también ustedes, hijitos, trabajen en su conversión y que sean quienes testimonien con su propia vida, de manera que su ejemplo sea para los demás un signo y un estímulo a la conversión. Yo estoy con ustedes e intercedo ante mi Hijo Jesús por su conversión. ¡Gracias por haber respondido a mi llamada!"

 

 
 

Comentario

¡Queridos hijos! La naturaleza se despierta y en los árboles se ven los primeros capullos que darán una hermosísima flor y fruto.

Para quienes no han seguido durante los últimos años los mensajes de la Reina de la Paz –particularmente no saben del mensaje de exactamente un año atrás- y sean del hemisferio sur, estas primeras palabras los pueden sorprender. A varios, y en esto no puedo menos que sonreír, hasta provocar celos. “¡Qué! ¿Acaso nosotros no contamos para Ella?”, se dicen algunos. Ocurre que en el hemisferio sur está por comenzar el otoño. Desde luego, que la Santísima Virgen es Madre de todos nosotros, estemos donde estemos y hallamos nacido en el tiempo que sea. Pero, también hay que tener en cuenta que aparece en Medjugorje, ubicado en la Europa mediterránea, y habla para la parroquia y desde ella al mundo. Y –como lo hacía su Hijo cuando hablaba a las gentes- para tomar ejemplos alude al ambiente circundante. Pues, en esta parte del continente europeo, está pasando el letargo del invierno y empieza a colorearse, poco a poco, el paisaje. Van apareciendo algunos brotes y los capullos que preanuncian las flores y los frutos. Están cercanos a la primavera, ante un nuevo ciclo estacional, ante la belleza de una renovación de la vida natural. 

Deseo que también ustedes, hijitos, trabajen en su conversión y que sean quienes testimonien con su propia vida, de manera que su ejemplo sea para los demás un signo y un estímulo a la conversión.

El movimiento de la vida, silencioso, se ha puesto de manifiesto y de las entrañas de la tierra, de los mismo árboles dormidos, con apariencia de muertos, que se elevaban desnudos en páramos velados por la neblina, de pronto despunta una nueva existencia. Estamos ante el espectáculo del trabajo interno, invisible de la naturaleza que cumple con las leyes que el Creador le ha impuesto.

La naturaleza, que no conoce el libre albedrío, repite lo que Dios le manda. Pero, la naturaleza está atada al hombre que, también por orden divino, la somete. Por eso, cuando el hombre se desnorta, cuando pierde su centro porque pierde a Dios y se deshumaniza, la naturaleza, que “sufre los dolores del parto esperando ella también su liberación” (Cf. Rm 8:22), se convulsiona y trastoca el orden armonioso.

¿Cuál es el remedio para poner fin a tantas calamidades ambientales? La respuesta es la misma que la que corresponde a la pregunta de qué debemos hacer para terminar con las calamidades humanas, con esta locura que nos está llevando al abismo de la perdición, de la autodestrucción. Esa respuesta es una: Nuestra conversión. Nuestro retorno a Dios. Nuestro radical cambio de ruta. Cuando nos separamos de nuestro Creador, que es nuestro Salvador, desencadenamos tremendas fuerzas centrífugas y todo se trastoca. Nuestra conciencia, nuestra moral, nuestra dignidad, nuestra propia humanidad y también la propia naturaleza se vuelven caóticas.

¿Es que no sabemos reconocer los signos de los tiempos? El Señor recriminaba duramente a los de su tiempo porque no reconocían esos signos. Lo mismo podría decirnos a nosotros “Cuando veis una nube que se levanta en el poniente, al instante decís: 'Viene un aguacero', y así sucede. Y cuando sopla el viento del sur, decís: 'Va a hacer calor', y así pasa ¡Hipócritas! Sabéis examinar el aspecto de la tierra y del cielo; entonces, ¿por qué no examináis este tiempo presente?” (Lc 12:54-56).

Este tiempo presente es el tiempo de la mayor apostasía de la historia, de la gran pérdida de fe (y lo que es tremendo, también y sobre todo en el seno de la Iglesia) y de rebelión, contra Dios y todo lo que es santo, generalizada y oficializada en el mundo. Es el tiempo que al abominable pecado las naciones le dan status de derecho y con ello alargan los millones de asesinatos de los seres más inocentes e indefensos de todos. Sangre inocente que clama la venganza de Dios. Es el tiempo también de las perversiones impuestas por los gobiernos en la misma educación de los niños. Es el tiempo de la rebelión del hombre con respecto a la propia naturaleza humana en que el género es tema de elección y que a la unión de un hombre y una mujer en matrimonio se la quiere degradar pretendiendo asimilarla a lo que de manera absoluta no es. Tan grande es la perversión que no sólo ofende gravemente a Dios sino que atenta contra la más mínima lógica y elemental sentido común.

Nuestra Madre no quiere agobiarnos ni que sigamos agobiados por causa nuestra. Por eso, no deja de llamarnos a la conversión. El trabajo al que nos exhorta es el de la voluntad, que nos debe mover a abrirnos a la acción de Dios. Porque quien convierte es Dios, pero no por imposición. Por eso, es tarea nuestra dejar que el Espíritu Santo obre en nosotros y nos vaya cambiando y poniendo en el camino justo.

Repitamos una vez más que la salvación no es aventura personal. La salvación que se cumple en una persona influye siempre en otras. El camino de ser cada vez mejores implica ser mejores para Dios y para los otros. El santo no es santo para él sino que es quien se deja penetrar de la santidad de Dios y su vida es beneficio de los demás.

La primera forma de beneficiar a otros es con el ejemplo. Eso es dar testimonio, no con palabras sino con hechos concretos. Y ya que de ejemplos concretos se trata doy uno. A una persona que conozco se le declara un cáncer de improviso. Esa persona, creyente en Cristo y comprometida con la Iglesia, hija de María Santísima, desde el primer momento toma su enfermedad (para los ojos del mundo) con inusitada paz. Pasa por intervenciones quirúrgicas y sigue transmitiendo paz y alegría. Por el abandono confiado en el amor misericordioso de Dios, con su sufrimiento aceptado, con su paz y alegría, está dando a todo su entorno un gran testimonio de fe y de amor a Dios. Esa persona está haciendo tal camino de conversión que a otros sirve como signo para decirse a sí mismos: “ella tiene algo”, o más bien “Alguien la está sustentando y dando esa paz y yo quiero encontrarla”. Es decir que esa conversión es como un mojón del camino, una señal luminosa para quien está andando por otros caminos o confundido sin saber dónde está la verdad.

Ese ejemplo, aunque no doy nombres, es verdadero. Y conozco otros con grandes padecimientos por otras enfermedades. Todos muy reales y concretos y en todos se ha visto, cómo por medio de estos testimonios que interpelan, los alejados de Dios experimentan, como dice nuestra Madre, el estímulo a la conversión.

De paso, fijémonos cómo las gracias de Dios se manifiestan tanto en la fortaleza y los dones que transmite quien padece como en quien descubre el signo para empezar su conversión. ¡Qué maravilloso es todo cuando hacemos la voluntad de Dios y nos entregamos dóciles a sus inspiraciones y a lo que pueda venir!  

Estoy con ustedes e intercedo ante mi Hijo Jesús por su conversión.

Quien nos trae las gracias de Dios como dispensadora es la misma Mediadora que intercede por nosotros ante su Hijo: María Santísima, Madre de Jesucristo y Madre nuestra. Intercede para que nos abramos a que Dios nos convierta, es decir para que seamos mejores personas, más cercanas al Señor, para revestirnos, como a la naturaleza que se despierta en primavera, de belleza y de bondad. 

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!
 
 

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