Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Mensaje del 25 Febrero 2010

¡Queridos hijos! En este tiempo de gracia, cuando también la naturaleza se prepara a ofrecer los colores más hermosos del año, yo los invito, hijitos, a abrir sus corazones a Dios Creador, a fin de que Él los transforme y modele a Su imagen, para que todo lo bueno que se encuentra dormido en sus corazones, se despierte a una nueva vida y anhelo de eternidad. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 
 

Comentario

          La Santísima Virgen demuestra una vez más ser portadora de gran esperanza. Quizás ésta sea una de las características de Medjugorje: la esperanza. Ella no se detiene en la oscuridad del mundo, aunque no pocas veces nos advierte sobre ello, sino que va más allá. Aún en el período de la guerra, en muy raras ocasiones habló de aquella gran tragedia y sí, en cambio, nos exhortó a seguir el camino de conversión, o mejor dicho, nos fue llevando por él.

En este tiempo de gracia, cuando también la naturaleza se prepara a ofrecer los colores más hermosos del año…

          Por eso, ahora no llama nuestra atención al invierno y a la oscuridad, figura de muerte, sino al despertar a la nueva vida. Para hacérnoslo evidente –como lo hacía su Hijo cuando hablaba a las gentes- toma ejemplo del ambiente circundante. En este caso del tiempo estacional, ya que en Medjugorje como en el resto de la Europa mediterránea está ya próxima la primavera y en algunas partes, dejando atrás heladas y nevadas, aparecen los primeros brotes y los primeros atisbos de flores. Luego del letargo y del frío invernal con sus velados paisajes, la naturaleza empieza a colorearse. La tierra repite el ciclo que Dios le impone con sus leyes. 

...yo los invito, hijitos, a abrir sus corazones a Dios Creador, a fin de que Él los transforme y modele a Su imagen, para que todo lo bueno que se encuentra dormido en sus corazones, se despierte a una nueva vida y anhelo de eternidad

          El ser humano, en cambio, tiene la libertad de observar la Ley de Dios o de negarla porque fue creado, ¡oh misterio de amor!, libre. Fue creado a imagen y semejanza de su Creador. A su imagen porque posee el alma espiritual. A su semejanza porque no es espíritu puro y su libertad no es absoluta. 

          El hombre fue hecho poco menos que los ángeles, con una inmensa dignidad, siendo coronado de gloria y majestad (Cf. Sal 8:5), y cuando cayó el mismo Hijo de Dios se hizo hombre para salvarlo.

          La majestad del hombre y su misma dignidad se manifiesta en que es capaz de comprender a Dios y, por su voluntad, de anhelar su presencia y amarle.

          La voluntad humana es libre, por más que pueda estar condicionada por el pecado, original y actual. Condicionada porque la naturaleza caída hace al hombre un ser debilitado por la concupiscencia (tendencia hacia el mal manifestada por el apetito desordenado hacia placeres deshonestos y deseo desmedido de bienes terrenos) y por la ignorancia. Sin embargo, la gracia que viene de la redención obrada por Cristo lo regenera. El medio habitual por el cual viene la gracia es por los sacramentos, del bautismo y de la reconciliación.

          La voluntad –nos exhorta ahora nuestra Madre en este mensaje- debe movernos hacia la apertura a la acción divina. Aunque no diga expresamente que el llamado es a la conversión, la Reina de la Paz está aludiendo a otro tiempo también actual: el litúrgico.

          Estamos en el tiempo cuaresmal que es el tiempo fuerte de llamado a la conversión personal. 

          En el mensaje queda claro que es Dios quien nos convierte, quien nos modela a su imagen santa porque nos arranca el corazón de piedra y crea en nosotros un corazón puro (Cf. Ez 11:19).

          Tiempo cuaresmal es el de apertura a la gracia extraordinaria (la Madre de Dios comienza el mensaje diciendo “en este tiempo de gracia”, es decir, tiempo extraordinario de gracia extraordinaria), o sea de dar respuesta al llamado. Es tiempo de acercamiento al amor de Dios; tiempo para reflexionar sobre el misterio de Cristo y sobre nosotros mismos, sobre nuestra relación con Dios y nuestro camino y acogimiento a sus gracias.

          Aquí vale ahora hacer una disquisición acerca de la traducción. En la versión italiana dice “para que Él los transfigure y modele a su imagen”, mientras que en la castellana está escrito “para que los transforme…”. Me parece que, aludiendo al tiempo litúrgico, sea más apropiado decir que la apertura de nuestro corazón permitirá que Dios nos transfigure. En efecto, el Evangelio del domingo que sigue a este mensaje (Domingo II de Cuaresma) es el de la Transfiguración del Señor. Así como el Señor mostró la divinidad que estaba velada por su carne, así también seremos transfigurados por Dios develando en nosotros la imagen suya, que es Cristo y ésa será la impronta divina en nuestro corazón.

          Retornando a la metáfora del letargo invernal, asociada a la muerte física y espiritual, se nos hace evidente que ante la muerte caben dos actitudes. O bien se la trata de conjurar negándola, disfrazándola, no pensando en ella (por más que siempre se nos haga presente), huyendo de la realidad de la caducidad y efímero de la vida en la tierra, o bien trascendiéndola en la fe y la esperanza cristianas que nos abre al horizonte de la vida eterna.

          Es una verdad universal que no queremos morir, que nuestra naturaleza repele la muerte como algo que le es ajeno. Y esto es así porque fuimos creados no para la muerte sino para la eternidad. Lo que nuestra Madre nos propone es recuperar, no sofocar, ese anhelo de eternidad que es parte de nuestra condición creatural, de seres hechos a imagen y semejanza de Dios.

          Nuestro Creador y Salvador quiere hacer emerger en nosotros ese bien dormido en el invierno de nuestras vidas. Por medio de Jesucristo, nuestro Salvador, hemos de recuperar el bien perdido. Él venció, para y por nosotros, al pecado y a la muerte. Dios nos llama y nos lleva a su Hijo, a través de María. Si a Él nos confiamos, si a Él seguimos, si Él vive en nosotros, entonces sí ha de aflorar la bondad que resplandece en la vida nueva de la gracia, saciando nuestro anhelo de eternidad y de Dios.

           P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!

 
 
 

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