Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Febrero 2009

"¡Queridos hijos! En este tiempo de renuncia, oración y penitencia, los invito de nuevo: vayan a confesar sus pecados para que la gracia pueda abrir sus corazones, y permitan que ella los cambie. Conviértanse, hijitos, ábranse a Dios y a su plan para cada uno de ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

“¡Queridos hijos! En este tiempo de renuncia, oración y penitencia...”

El mismo 25 de febrero, día del mensaje, ha coincidido con el Miércoles de Ceniza con el que iniciamos el tiempo cuaresmal. Éste es un tiempo de preparación a la Pascua, por tanto tiempo penitencial y en el que la Iglesia renueva el llamado a la conversión. La conversión es el camino hacia Dios y en ese camino hay fuerzas que se oponen: el mundo, la carne y el Maligno. Por eso, la conversión siempre implica la lucha espiritual.

En la oración colecta del Miércoles de Ceniza pedíamos al Señor que nos fortaleciese para mantenernos en espíritu de conversión y “que la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal”.

Las tres columnas de la piedad judía y cristiana con la que nos enfrentamos al mal son el ayuno, la limosna –en su sentido más amplio de obras de misericordia que van más allá de la simple dádiva- y la oración. Esas son las prácticas que hacen justo al hombre ante Dios y que -como enseña el Señor- deben salir del secreto del corazón e ir dirigidas exclusivamente al Padre, sin ostentación, en la humildad, fuera de toda vanagloria. Y el Padre que ve en lo secreto te recompensará (Cf Mt 6:1-6; 16-18).

Nuestra Madre menciona además de la renuncia -que lo podemos traducir por el ayuno no sólo de comidas (siempre del pecado)- y la oración, la penitencia. Las cenizas que se imponen el Miércoles de Ceniza son signo de penitencia y de conversión. La imposición se hace con la fórmula “acuérdate que eres polvo y al polvo volverás” o con la más moderna: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Con ese gesto y esas palabras se nos exhorta a meditar sobre la propia vida, su brevedad y nuestra condición de mortales que deberemos un día enfrentarnos ante el Tribunal de Dios y sobre la necesidad que tenemos de continua conversión.

“Los invito de nuevo: vayan a confesar sus pecados para que la gracia pueda abrir sus corazones, y permitan que ella los cambie”

Quien convierte es Dios por medio de su gracia, y nosotros debemos hacernos disponibles a esa gracia. Para que esa gracia actúe y sea eficaz, debemos dar el paso de querer purificarnos confesando nuestros pecados.

Justamente, cuando parece que está en crisis el sacramento de la reconciliación, porque son pocos los que se confiesan, lo suelen hacer después de mucho tiempo mientras no dejan de comulgar; y cuando la pérdida de la noción de pecado hace que las confesiones no sean tales sino meras charlas más propias de un gabinete de psicólogos que de un sacramento, la Santísima Virgen insiste en la necesidad de la confesión y de la confesión frecuente, al menos una vez al mes.

Para rehuir a la confesión hay todo tipo de excusas, desde aquellas que “yo sólo me confieso con Dios” hasta “no tengo nada para confesar”, “cuando voy no sé qué decir” o “me desalienta ir y confesar siempre los mismos pecados”. Estas últimas suelen ser trampas del demonio para alejar a las personas del sacramento, o sea de la salvación.

Los que suelen decir que sólo se confiesan ante Dios son los mismos que niegan que un hombre pueda perdonar los pecados. Olvidan que fue el mismo Señor Jesucristo quien instituyó este sacramento para que fuera administrado por los sacerdotes, cuando soplando sobre los discípulos dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn. 20:22-23). Y así como a Pedro le da las llaves del Reino de los Cielos, que es el poder eclesial detentado por los Papas, sucesores de la Cátedra y ministerio petrinos, de atar y desatar en la tierra (Cf Mt 16:19), así también le dice a los discípulos y en ellos a sus sucesores los sacerdotes: “Yo os aseguro, todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mt 18:18).

Nunca hay que demorar la confesión. Sin embargo, la confesión no es simplemente un mero relato de faltas ni mucho menos una ocasión para justificarse a sí mismo y para inculpar a otros por la propia conducta. No, a la confesión el penitente va a acusarse de los pecados que le duelen porque ha ofendido a Dios y se ha opuesto a su Ley de amor. La confesión debe ser hecha desde la humildad y la sinceridad sin ocultar nada porque estaríamos ocultándoselo a Dios. A la confesión se va con corazón contrito y con deseos de enmienda y de cambiar mi vida. Quien se confiesa va en busca de la misericordia de Dios.

Antes de confesarse es necesario hacer un examen de conciencia invocando al Espíritu Santo para que ilumine nuestra alma y nos convenza de pecado. Jamás ser auto indulgentes, porque toda vez que la persona se justifica, Dios la acusa. Debe haber un verdadero propósito de enmienda, es decir querer cambiar de vida y dejar el pecado y acercarse al sacramento con espíritu contrito, es decir con el dolor que provoca haber ofendido a Dios. Sin verdadera contrición no puede haber perdón de los pecados. La contrición es definida como “un dolor del alma y aborrecimiento del pecado cometido, juntamente con el propósito de no volver a pecar”.

Quien está en pecado mortal, o sea quien ha hecho algo en materia grave contra la Ley de Dios, jamás debe comulgar hasta que no se haya reconciliado con Dios. Porque sino, como dice el Apóstol “quien coma el pan o beba el cáliz del Señor (quien comulgue) indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor… come y bebe su propia condena” (Cf 1 Co 11:27.29).

Bueno es recordar que para que haya pecado mortal es necesario que la materia sea grave (que se haya infringido alguno de los Mandamientos), plena conciencia de la gravedad y pleno consentimiento.

Es recomendable confesar no sólo los pecados mortales sino también los veniales.
A través de la confesión bien hecha, Dios perdona nuestros pecados justificándonos, nos purifica y nos sana, y, al mismo tiempo, nos hace aptos para recibir la gracia santificadora que nos irá transformando.

“Conviértanse, hijitos, ábranse a Dios y a su plan para cada uno de ustedes”

Este tiempo Cuaresmal es para aprovechar haciendo aquello sencillo que nos pide nuestra Madre y Reina de la Paz. La Cuaresma debe ser el tiempo de profundización de nuestra fe y de nuestra vida como cristianos, dando espacio a la oración, a la renuncia por amor y a una vida austera y penitencial. Así abriéndonos a la gracia y cooperando con ella podremos dejar que el Señor nos vaya modelando, cambiando, santificando.

La Santísima Virgen nos recuerda que Dios tiene para cada uno de nosotros un plan. Plan que depende de nuestra aceptación al mismo, de nuestra libre voluntad a llevarlo a cabo. La conversión, que es siempre personal, nos acerca a Dios y nos vuelve disponibles y dóciles para cumplir su plan de salvación en nosotros y a través de nosotros.

Que nuestra actitud vaya acompañada de nuestra oración para decirle a Dios: “Señor, aquí estoy, hágase en mí tu voluntad. Te entrego y consagro mi libertad para ser verdaderamente libre y feliz”.

¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
Imprimir esta pagina