Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Febrero 2007

"¡Queridos hijos! Abran su corazón a la misericordia de Dios en este tiempo cuaresmal. El Padre Celestial desea liberar a cada uno de ustedes de la esclavitud del pecado. Por eso, hijitos, aprovechen este tiempo y a través del encuentro con Dios en la Confesión, abandonen el pecado y decídanse por la santidad. Hagan eso por amor a Jesús, quien con su sangre ha redimido a todos para que fueran felices y estuvieran en paz. No olviden, hijitos, que vuestra libertad es vuestra debilidad, por eso sigan mis mensajes con seriedad. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

La Santísima Virgen nos llama a abrir nuestro corazón a la misericordia de Dios que nos permitirá liberarnos de la carga mortal del pecado y experimentar la potencia renovadora del amor de Dios que, no conociendo límites ni medidas, nos da nueva vida.

La Madre de Dios habla para este tiempo, tiempo en que la Iglesia celebra la Cuaresma preparándose para la Pascua.

Las oraciones litúrgicas de los prefacios eucarísticos para la Cuaresma son la mejor expresión de gratitud a Dios y de enseñanza sobre el sentido de este tiempo.

La Iglesia alaba a Dios diciéndole: “has establecido generosamente este tiempo de gracia para renovar en santidad a tus hijos, de modo que libres de todo afecto desordenado, vivamos las realidades temporales como primicias de las realidades eternas”. Y recuerda que “con nuestras privaciones voluntarias” nos enseñas a ver tu providencia y tu misericordia en todas las cosas, “con el ayuno corporal refrenas nuestras pasiones, elevas nuestro espíritu, nos das fuerza y recompensa”, y “nos enseñas a reconocer y agradecer tus dones, a dominar nuestro afán de suficiencia y a repartir nuestros bienes con los necesitados imitando tu generosidad”.

Es verdad incontestable que la misericordia que mostramos hacia nuestros hermanos es al mismo tiempo prueba y signo de que nos abrimos a la misericordia de Dios. Jesucristo nos advierte que para recibir misericordia de Dios debemos nosotros ser misericordiosos (Cf Lc 6:36-38). Por lo mismo, para abrirnos a la misericordia de Dios, como nos pide nuestra Madre, debemos estar ante todo dispuestos a mostrar entrañas de misericordia hacia el pobre y abatido, hacia el hermano afligido y necesitado.

Nuestro Padre Celestial quiere liberarnos de la esclavitud del pecado, nos sigue diciendo la Reina de la Paz.

Con el pecado nace el temor, la inquietud, la angustia, el pánico, el desasosiego, la tristeza, la infelicidad, en una palabra: la esclavitud. El pecado nubla el espíritu, oscurece el corazón y nos hace esclavos de él y del demonio que conoce nuestra debilidad y vuelve siempre a golpear por allí, por esa herida abierta o apenas cicatrizada. En efecto, el pecado nos hace vulnerables a las sugerencias tentadoras del diablo y en nuestra debilidad terminamos, aún sin quererlo, aliándonos con él en contra de Dios, lo que siempre significa acabar en contra de nosotros mismos.

Nuestra realidad es que tenemos dos problemas insuperables: un enemigo, Satanás, al que no podemos vencer, y la ley del pecado que llevamos dentro. Como el apóstol san Pablo, todos tenemos experiencia del conflicto interior entre el bien y el mal. “El querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Pues no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero… ¡Infeliz de mí!” ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte...? Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo Señor nuestro...” (Cf Rom 7:19). El conflicto sólo lo puede superar la misericordia divina en Jesucristo, nuestro único Salvador.

Jesucristo derramó su sangre para rescatarnos y a Él debemos decirle que sí, que lo aceptamos en nuestra vida, que lo reconocemos como Salvador y Señor.

El demonio, como decía san Pío de Pietrelcina, tiene una sola puerta por donde entrar y esa es nuestra voluntad. Si yo le cierro la puerta, rechazando el pecado y decidiéndome por la santidad, como me lo pide la Santísima Virgen, entonces ya no puede penetrar. El amor, que nace del reconocimiento a Jesucristo, por todo lo que ha hecho por mí, por mi salvación, será lo que me impulse a la renuncia seria del pecado y a perfeccionar mi amor.

Tal camino de conversión, de santidad requiere perseverancia y confianza en la misericordia divina. Se ha dicho, y dicho bien, que “santo no es quien nunca cae, sino quien cae y se levanta”, es decir, quien no se queda caído sino que recurre al Señor para que lo vuelva a alzar y así pueda continuar su camino.

Dios nos creó por amor y por amor nos salva, pero esa salvación no es automática. Algunos se confunden a sí mismos diciendo que como Dios es misericordioso todos los hombres se salvan no importando cómo hayan éstos vivido. Los hay también quienes llegan a negar la existencia del infierno, alegando que Jesús murió en la cruz por todos y entonces la salvación está garantizada a todos. Esos son grandes y trágicos errores.

Dios nos ha dado la libertad de elegir nuestro destino final, es decir, nuestra eternidad. Él ha puesto delante de nosotros el bien y el mal, la vida y la muerte (cf Dt 11:26). Si hemos equivocado la elección y hemos pecado siempre su gracia estará disponible, pero con la condición que, arrepentidos, queramos ser perdonados, o sea salvados.
La gracia no actúa por sí sola a menos que lo queramos.

Por un lado está la gracia, manifestación de la misericordia de Dios, que nos viene de Cristo, y por el otro la responsabilidad en nuestras acciones.

San Agustín decía: “Quien te ha creado sin ti, no te justificará sin ti. Así, pues, creó a quien no lo sabía, pero no justifica a quien no lo quiere" (Serm., 169, 11, 13: PL 38, 923). Quien no quiere aceptar la gracia que Dios le tiende, rechaza su misericordia y se condena. Al negarse a reconocer la culpa, a pedir perdón a Dios, a recurrir a su Iglesia para ser liberado y, también, a perdonar a los demás como lo exige el Señor en la oración que nos enseñó y en sus enseñanzas, el corazón se cierra y la misericordia no puede penetrar en la persona. En cambio, en la confesión del propio pecado, en el arrepentimiento por la falta cometida y en la voluntad de reparar, el corazón se abre a la gracia del amor misericordioso de Dios.

Hay personas que llamándose católicas se niegan a confesarse aduciendo que un hombre no puede perdonar los pecados de otro hombre. Ello es cierto en el sentido que ningún hombre por sí mismo puede hacerlo. Es precisamente lo que ocurre con la psicología o la psiquiatría, que pueden ayudar a descubrir defectos del alma pero no pueden cancelar el pecado que es la raíz del problema. La culpa sólo puede verdaderamente superarla el sacramento, el poder pleno que procede de Dios.

Quien confiesa su culpa en la confesión personal no lo está haciendo ante un ser humano sino ante Dios. En la absolución es Cristo quien perdona y sana, dando la capacidad de renacer a una vida nueva. El sacerdote entonces ya no es un hombre cualquiera sino alguien que actúa en la persona de Cristo, y la autoridad le viene, por medio de la Iglesia, del mismo Señor.
Fue Cristo resucitado quien les confirió a los apóstoles el poder divino de perdonar los pecados cuando les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, quedarán retenidos” (Jn 20:22-23).

En la Iglesia que Jesucristo fundó, nuestra Iglesia Católica, se encuentra la plenitud de los medios de salvación. Jesús confió a Pedro la autoridad de atar y desatar: “A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16:19). El poder eclesial de atar y desatar significa, entre otros, el de absolver los pecados.

Por eso, para el pecador arrepentido está siempre disponible la reconciliación con Dios a través del sacramento de la penitencia o confesión.

La confesión es el encuentro del penitente con la misericordia de Dios, con Dios mismo que es misericordia.

Por medio de la confesión, el sacrificio redentor de Cristo –su Pasión y muerte en la cruz- y el triunfo de su Resurrección, se hacen presente con todo su poder de salvación. Como recientemente ha dicho el Santo Padre: “(a través de la confesión) se pone de manifiesto la realidad del pecado y al mismo tiempo la desmesurada potencia renovadora del amor de Dios, amor que vuelve a dar la vida”.

Cuando al penitente cargado de su mal, abatido, agobiado, le son absueltos sus pecados, siente que el peso que lo aplastaba le ha sido quitado y experimenta la paz que sólo Cristo puede dar, y la luz y alegría del corazón.

Toda persona tiene la necesidad del perdón de Dios y para ello es menester que se reconozca pecadora. San Juan, en su primera carta, exhortaba a los suyos diciéndoles: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y purificarnos de toda maldad” (1 Jn 1:8-9).

Sin el perdón de Dios no podemos vivir.
La incapacidad de reconocer la culpa hace a la persona esclava de su pecado e incapaz de mejorar, más aún la lleva por caminos de perversión cada vez más profunda. Lo vemos claramente en este tiempo: la incapacidad de la sociedad de reconocer la culpa de pecados graves, como los que atentan contra la vida, la está conduciendo por el abismo de la mayor degradación y destrucción.

A la culpa se la puede reconocer y soportar cuando hay salvación y sólo hay salvación si hay absolución.

No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero, recordaba el Catecismo Romano. Esa es también la esencia de las revelaciones privadas de Jesús Misericordioso y del Sagrado Corazón.

Si en la Iglesia no hubiera remisión de los pecados, no habría ninguna esperanza, ninguna expectativa de una vida eterna y de una liberación eterna, decía san Agustín.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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