Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen
María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Febrero 2006

"¡Queridos hijos! En este tiempo cuaresmal de gracia, los invito a abrir sus corazones a los dones que Dios desea darles. No se cierren: con la oración y la renuncia digan Sí a Dios y Él les dará en abundancia. Así como en la primavera la tierra se abre a la semilla y da el ciento por uno, así también el Padre Celestial les dará en abundancia. Hijitos, yo estoy con ustedes y los amo con amor tierno. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

Lo primero que la Santa Madre de Dios nos recuerda en este mensaje es que la Cuaresma es tiempo de gracia. La gracia es don gratuito de Dios, es decir, don que Él nos hace no por mérito nuestro alguno sino por su misericordioso amor. La primer gracia de conversión nos permite responder a su llamado, responder a su amor y caminar por caminos de santidad, es decir, de unión a Dios Trino y Uno.

Dios llama siempre -y particularmente en este tiempo- a la conversión del corazón y, puesto que llama, la primera gracia es la del llamado para dar luego, de acuerdo a nuestra disposición, abundancia de otras gracias actuales las que a su vez deberían manifestarse en frutos. Por ello, la gracia para que obre debe ser acogida. La gracia requiere de nuestro concurso, de nuestra positiva disposición, de nuestra apertura de corazón a recibirla. Así, por ejemplo, ocurre con los sacramentos que de por sí son eficaces porque a través de estos signos sensibles Cristo mismo actúa en ellos comunicando la gracia que cada sacramento significa (perdón de los pecados, comunión con Dios y del pueblo de Dios, santificación,...). Sin embargo, no todas las personas que reciben los sacramentos dan frutos porque los frutos dependen de la disposición, de la aceptación y acción consecuente de tales personas.

Para entender mejor cómo obra la gracia podemos recurrir a la historia de las apariciones en Medjugorje. El 24 de junio de 1981 la Santísima Virgen se aparece por vez primera a seis jóvenes adolescentes. Ella que ha realizado, por así decirlo, un viaje infinito -desde la realidad celestial hasta ésta de la tierra- no se puso justo delante de los jóvenes sino que los invitó a acercarse desde una cierta distancia. Sin embargo, el encuentro no se produjo. ¿Por qué? Porque ellos no dieron los pocos pasos que debían haber dado para estar frente a frente y comenzar un diálogo o simplemente contemplar la belleza de María. Sin embargo, sabemos qué ocurrió el segundo día: esta vez los chicos corrieron hacia el lugar donde se encontraba la Santísima Virgen produciéndose el primer encuentro, al que le sucedieron otros hasta el día de hoy. En esta pedagogía divina se nos presenta la gracia en la presencia extraordinaria de la Virgen, gracia que se hace efectiva cuando los jóvenes abriendo su corazón, superan anteriores miedos, se hacen disponibles y aceptan encontrarse con la Madre de Dios. De aquella primera aceptación y apertura de corazón vienen estos mensajes y esa presencia extraordinaria de la Reina de la Paz que tantas conversiones ha generado en estos 25 años.

Otro hecho ilustrativo es que aunque son seis los chicos, tanto el primero como el segundo día, no son todos los mismos. En efecto, dos de ellos que estaban presentes el día 24 no fueron al día siguiente siendo reemplazados por otros dos. Aquellos dos del primer día no la vieron nunca más. Dios da la gracia, en este caso la aparición de María, y tan sólo requiere de nosotros que demos esos pocos pasos de aceptación para que el don no se pierda.

Para que no se pierda la gracia que el Señor quiere darnos, vale la pena repetirlo, el corazón debe abrirse, la persona implicarse. El buen sentimiento por sí solo no basta. No basta decir siento amor por la Virgen, siento amor por Dios y quedarme en ese sentimiento, es necesario además que mi voluntad actúe en consecuencia y que manifieste ese amor con obras, con mi aceptación a la obediencia del mandato de amor divino. No basta decir “Señor, Señor”, pues sólo ha de entrar en el Reino de los Cielos el que haga la voluntad del Padre, dice el Señor (Cf Mt 7:21).

En el Capítulo 15 del evangelio de san Juan, Jesucristo dice a sus discípulos: “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto... La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto... Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor... Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Cf Jn 15:5ss). Para dar muchos frutos es necesario permanecer en Cristo, en su amor. Permanecer en su amor, nos dice, significa amar a los demás y, desde luego, amar a Dios fuente de todo amor, manifestándolo en lo concreto. Permanecer en Cristo es vivir como vivió Cristo (Cf 1 Jn 2:6): “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?... No amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y con la verdad” (1 Jn 3:17-18).

¿Cómo abrimos nuestro corazón a la gracia para recibirla y para que dé mucho fruto? ¿Por dónde empezar? La Reina de la Paz nos da la respuesta diciéndonos en qué sentido debe obrar la voluntad: el de la oración y la renuncia. Con la oración y con la renuncia, movidas ambas por la voluntad, recibiremos el don que Dios quiere hacernos y estaremos preparando nuestro corazón -como la tierra abierta en surcos cuando es arada- para recibir la semilla de la gracia que ha de germinar y fructificar.

Hace muy pocos días, el Santo Padre Benedicto XVI dijo que es preciso cultivar la unión con Cristo (que es la que permite que demos frutos) a través de la oración, de la vida sacramental y, en particular, de la adoración eucarística, de ese modo –agregaba- se puede realmente testimoniar el amor de Dios (encuentro del Papa con los diáconos de Roma, del 18 de febrero).

Es interesante observar que esta vez la Santísima Virgen no habla de ayuno sino de renuncia. Desde luego, la renuncia incluye al ayuno pero va aún más allá del ayuno. El ayuno cuaresmal tiene una dimensión física: la abstinencia de alimento. La renuncia, en cambio, implica además de la privación, por ejemplo, del tabaco, del alcohol, de ver televisión, la renuncia al pecado y a todo aquello que es nocivo para nuestro espíritu. La mortificación de los sentidos, del cuerpo, es signo de la conversión del corazón, cuando al cuerpo le ponemos límites y no le damos todo lo que él quiere sino todo lo que contribuye al bien espiritual.

Cuando la Santísima Virgen pide el ayuno siempre debe entenderse que el ayuno es el del corazón. No se trata de una mera abstinencia sino que lo que pide es el sacrificio del corazón que ofrece su privación a Dios. Sabemos muy bien que las personas son capaces de dietas por motivos médicos  o estéticos y hasta de huelgas de hambre por motivos políticos. Hasta puede darse que por motivos religiosos, meramente “rituales”, se ayune, pero esto, como toda práctica religiosa, si no implica el corazón, es decir todo el ser, resulta hueco. El ayuno, la renuncia, debe reflejar una realidad interior. La renuncia cuaresmal debe ser signo de que vivimos la Palabra de Dios y que vivimos la Eucaristía. Si no me nutro de la Eucaristía y de la Palabra y la practico, entonces mi renuncia es de escaso valor.

También la renuncia tiene una dimensión de expiación y de reparación. San Juan Crisóstomo decía que “no ayunamos por la Pascua, ni por la cruz, sino por nuestros pecados...”. Por eso, por sobre todo, la renuncia debe ser signo de nuestra abstinencia de pecado. Decía San Agustín: “el ayuno verdaderamente grande, el que empeña a todos los hombres, es la abstinencia de las iniquidades, de los pecados y de los placeres ilícitos del mundo...”.

Renunciemos al pecado en todas sus formas. Renunciemos al odio, al rencor, a la envidia, a los celos, a todo sentimiento negativo, a los pensamientos frívolos y malévolos hacia los hermanos, renunciemos a las miradas poco caritativas y a los espectáculos no edificantes. No escuchemos discursos vanos, obscenos, groseros o insinuaciones malévolas. Evitemos hablar mal de quien nos hace sufrir o nos humilla o provoca. Evitemos la pérdida ociosa del tiempo y las charlas inútiles. Demostremos afecto a quien nos está cerca, sonriamos, consolemos. Respondamos como María: “Heme aquí”, haciéndonos disponible a quien tiene alguna necesidad. “Entonces brotará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente” (Is 58:8).

Una vez más, como lo viene haciendo en este último tiempo, para darnos un nuevo aliciente y motivarnos a vivir sus mensajes, la Madre de Dios nos asegura su cercanía y su tierno amor maternal. Como para decirnos que Ella es nuestra Madre, que va siguiendo el camino que vamos haciendo y acompañándonos con su amor que se manifiesta en especial protección e intercesión constante ante Dios.

Tú sabes, amadísima Madre de Dios y Madre nuestra, que te necesitamos y que eres nuestro refugio en momentos de necesidad. Que sentimos el amor de tu presencia y deseamos responder a tu llamado. Ayúdanos a abrirnos a la gracia sobreabundante de Dios, ayúdanos a que la palabra de Dios, en tu mensaje, caiga en terreno fértil para que demos el ciento por uno. Tú tienes la llave de nuestro corazón: ábrelo e intercede ante nuestro Señor para que podamos dar muchos frutos para gloria suya.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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