Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Enero 2009

"¡Queridos hijos! También hoy los invito a la oración. Que la oración sea como la semilla que pondrán en mi corazón, y que yo entregaré a mi Hijo Jesús por ustedes, por la salvación de sus almas. Deseo, hijitos, que cada uno de ustedes se enamore de la vida eterna, que es su futuro, y que todas las cosas terrenales les sean de ayuda para que se acerquen a Dios Creador. Yo estoy tanto tiempo con ustedes porque están en el camino equivocado. Solamente con mi ayuda, hijitos, podrán abrir los ojos. Hay muchos que al vivir mis mensajes comprenden que están en el camino de la santidad hacia la eternidad. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

“También hoy los invito a la oración. Que la oración sea como la semilla que pondrán en mi corazón, y que yo entregaré a mi Hijo Jesús por ustedes, por la salvación de sus almas”

Toda oración es buena cuando sale del corazón que anhela a Dios, que lo busca, que no teme ser purificado, que se sabe criatura que se dirige a su Creador y Salvador, que es –en fin- humilde.

Entre todas las oraciones hay una en particular, que va dirigida a la Santísima Virgen como intercesora y Madre nuestra, para que Ella la presente al Señor. Esa oración es el Santo Rosario, una oración sencilla en la que contemplamos los misterios de la salvación desde el corazón de la Virgen.

¿Por qué tiene tanto poder el Rosario? Lo tiene porque Dios se lo ha dado y porque, en este tiempo -más que nunca antes y cuando mayor es la oscuridad- ha reservado para la Santísima Madre del Hijo la misión de recoger el rebaño de Cristo, protegerlo y guiarlo. La modesta oración del Rosario que nosotros le ofrecemos –oración que sólo pueden aceptar rezarla los que tienen espíritu de pobres- va como flecha disparada a su corazón maternal. Cada Avemaría, cada “ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”, alcanza al Corazón de la Virgen de tal modo que Ella asume nuestra pobre oración como propia y la vuelve simiente que fructifica en intercesión ante su Hijo, quien especialmente la atiende porque viene de su Madre.

En todo esto hay un misterio que sólo se lo puede vislumbrar cuando nos volvemos pequeños ante Dios y ante la Virgen Santísima. Misterio que se manifiesta como prodigio en la grandiosa desproporción entre el Rosario que rezamos y las ingentes gracias que por él se obtienen. ¡Nada menos que las gracias de salvación de nuestras almas!

El día en que la Reina de la Paz nos regala este mensaje es el mismo en el que la Iglesia hace memoria solemne de la conversión de san Pablo. Saulo de Tarso se convierte en san Pablo, apóstol de los gentiles, a partir del encuentro con Jesucristo resucitado. Desde aquel fulgurante encuentro, camino a Damasco, será para Pablo evidente que la salvación no viene –como antes él creía- por las buenas obras que derivan del cumplimiento de la Ley sino que la salvación viene de Cristo y sólo de Él. Por eso, su predicación es la de Cristo, crucificado y muerto por nuestros pecados, y resucitado. Por otro camino muy distinto al de Damasco, por el camino de la oración, del rezo del Rosario, la Madre de Dios también nos lleva, con mano segura, al iluminante encuentro con el Señor que transforma nuestras vidas y las conduce a la salvación.

“Deseo, hijitos, que cada uno de ustedes se enamore de la vida eterna, que es su futuro, y que todas las cosas terrenales les sean de ayuda para que se acerquen a Dios Creador”

Nosotros estamos demasiado aferrados a esta vida, enamorados de ella y hemos perdido el sentido del destino final que debe ser la vida eterna. Ofuscados, atontados y apegados a las cosas terrenales y haciéndolas un fin en sí mismas perdemos de vista que nuestro destino es el Cielo, que fuimos creados para gozar de la eternidad junto a Dios, porque Dios quiere nuestra salvación. Aunque Dios desee nuestra salvación esa no es dada así sin más, puesto que debemos alcanzarla queriéndola nosotros también, poniendo nuestra voluntad en la voluntad de Dios. “Dios nos destinó para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros, para que, velando o durmiendo, vivamos juntos con él” (Cf 1 Ts 5:9-10). Él no nos destinó a la muerte ni, como dice san Pablo en esa carta a los tesalonicenses, a la ira sino a que alcancemos la salvación, y la salvación viene solamente –es necesario repetirlo- y únicamente por Jesucristo.

Enamorarse de la vida eterna –como lo pide la Madre de Dios en este mensaje- es centrar la vida en Cristo y enamorarse de Él. Si no se tiene a Cristo nada sirve, ni en esta vida efímera porque resultará insulsa y triste, ni jamás habrá méritos que puedan lograr la vida eterna.

San Pablo exhortaba a los corintios a que dejaran las cosas del mundo, incluso las más preciadas, por ganar a Cristo y la vida eterna diciéndoles: “El tiempo apremia... los que disfrutan del mundo (vivan) como si no lo disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa” (1 Cor 7:29.31).

Las cosas terrenales, nos recuerda la Virgen, cobran sentido en la medida que nos acerquen a Dios, que sirvan a la conversión, pero deben ser rechazadas como perniciosas y hasta perversas cuando nos alejan de Él. Por ejemplo, todos necesitamos del sano ocio -el espíritu necesita de solaz y el cuerpo de reposo- y eso es no sólo necesario sino que llega a ser recomendable para acercarnos al Creador. Pero, si el esparcimiento se trasmuta en diversión malsana o si nos adormece espiritualmente entonces la consecuencia es que nos aparta del camino de conversión. Por el simple efecto de su poder de distracción y por su contenido, tanto la televisión como Internet pueden ser muy nocivos y ayunar de una y de otro mucho contribuyen a la salud y al crecimiento espiritual.

“Yo estoy tanto tiempo con ustedes porque están en el camino equivocado”

Una vez más nos dice el porqué de su larga permanencia (¡bendita larga permanencia!) entre nosotros: porque estamos en el camino equivocado. Y estamos en el camino del error porque los que gobiernan y legislan las naciones se apartan de Dios con la aquiescencia de los gobernados. Es decir, la gran mayoría en el mundo expulsa a Cristo de sus vidas, pública y privada, de las instituciones que una vez se rigieron por los principios cristianos y de la vida familiar, y lo pueden hacer porque no hay resistencias. Más aún, a alguno se los recibe como salvador mientras se convierte en señor de la vida y de la muerte. Cuando alguien promueve la muerte de seres humanos, los más indefensos y débiles, cuando alguien pasa por encima de Dios atentando contra la sacralidad y la dignidad de la vida humana ¿cómo podrá ese alguien traer la paz y el bienestar si rechaza con sus actos la bendición de Dios? El mundo está tan adormecido por el opio de los medios de comunicación y la propaganda que se aplaude el mal disfrazado de bien y para el mal no hay resistencias. No hay casi resistencias porque por una parte se ha perdido la noción del mal y el engaño corre veloz, y por el otro, todos están ocupados y preocupados de las cosas terrenas y del placer, porque los tienen o porque no los tienen y quieren lograrlo o porque temen perderlos.

Cuando dejamos a Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida nuestro destino es caer víctimas de las desgracias de la perdición, de la impostura y de la muerte.

Mientras tanto, porque muy poca es la conversión a Dios, sigue la Virgen llegando hasta nosotros con la presencia de sus mensajes. Y lo hará hasta que Dios lo permita, hasta que dure este tiempo de gracia y misericordia que puso bajo el dominio de la Santísima Virgen.

No dejemos de darle gracias a Dios por la presencia de María Santísima entre nosotros y de rezar para que esa presencia salvadora se prolongue [1].

“Solamente con mi ayuda, hijitos, podrán abrir los ojos”

Los ojos suelen estar cerrados por el letargo o porque están encandilados. Eso ocurre en la vida espiritual cuando no se advierte la realidad de lo trascendente y eterno por el adormecimiento que provocan las cosas efímeras o cuando se cae presa del engaño o del error o deslumbrado ante la mentira de la tentación y la búsqueda del placer por el placer mismo.

Sólo con su ayuda, nos dice, podremos abrir los ojos. “Sólo con su ayuda”. Esta frase llama mucho la atención. ¿Es que llegará el momento -que está ya llegando- en que se apagará la voz de la Iglesia porque se la amordazará y no podrá hablar? ¿Es que a veces los hombres de Iglesia callamos o estamos con los ojos puestos en otra parte y se nos está escapando lo esencial y por eso viene Ella para advertirnos? La frase da para mucho tema de especulación, pero lo importante no es eso sino quedarse con la confianza que la Madre de Dios nos guía y nos guiará aún en medio de la mayor confusión. Tengamos puestos nosotros los ojos en Ella, escuchémosla, vivamos lo que nos pide vivir que no desviaremos el camino, ese camino de santidad a la que nos llama, ese camino de eternidad.

¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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