Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen María Reina de la Paz

Por el Padre Justo Antonio Lofeudo

Enero 2008

"¡Queridos hijos! Con el tiempo cuaresmal, ustedes se acercan a un tiempo de gracia. Su corazón es como una tierra labrada y está pronto a recibir el fruto que germinará en bien. Ustedes, hijitos, son libres de elegir el bien o el mal. Por eso los invito: oren y ayunen. Siembren alegría, y en sus corazones el fruto de la alegría crecerá para vuestro bien, y otros lo verán y lo recibirán a través de su vida. Renuncien al pecado y elijan la vida eterna. Yo estoy con ustedes e intercedo por ustedes ante mi Hijo. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

¡Queridos hijos! Con el tiempo cuaresmal, ustedes se acercan a un tiempo de gracia. Su corazón es como una tierra labrada y está pronto a recibir el fruto que germinará en bien. Ustedes, hijitos, son libres de elegir el bien o el mal. Por eso los invito: oren y ayunen. Siembren alegría, y en sus corazones el fruto de la alegría crecerá para vuestro bien, y otros lo verán y lo recibirán a través de su vida. Renuncien al pecado y elijan la vida eterna. Yo estoy con ustedes e intercedo por ustedes ante mi Hijo. ¡Gracias po Una vez más, la Santísima Virgen utiliza imágenes provenientes de la naturaleza y, en particular, del campo, y lo hace porque en primer lugar se está dirigiendo a una parroquia rural. Éste es tiempo, en esa parte del mundo, de arar y sembrar los campos. Por eso, esas imágenes cobran gran actualidad, sobre todo para los parroquianos de Medjugorje.

Por otra parte, la Reina de la Paz habla para el momento actual y, especialmente, para el determinado por el tiempo litúrgico. Si prestamos atención a todos sus mensajes mensuales veremos que así lo hace siempre y, ahora, alude a la Cuaresma que se aproxima.Valga esta introducción al presente comentario para también recordar que si bien la Madre de Dios se dirige a unos pocos –sus videntes y luego la parroquia- en verdad habla siempre, y subrayo el “siempre”, a todos sus hijos. Y le habla personalmente a cada uno.

Hoy nos presenta a la tierra, que ha sido arada y está pronta a recibir la semilla –semilla que ha de germinar y dar su fruto-, como imagen analógica de nuestro corazón que –como la tierra- se abre a la gracia que Dios –cual semilla- derrama en nosotros y nos transforma. La semejanza es más que pertinente porque la gracia de Dios no se agota en la siembra sino que persiste en la gracia actual, que como la lluvia serena y buena y los nutrientes permiten que la semilla germine y fructifique. Del mismo modo, con la apertura y aceptación sin condicionamientos a la gracia divina el don de Dios fructifica multiplicándose, el bien se expande, los beneficios acrecen en quien los recibe.

Dios nos va convirtiendo a Sí en la medida de nuestra voluntaria cooperación a su gracia. La labranza a la que alude la Madre de Dios es el trabajo que hacemos en nosotros a través de esa disponibilidad, sin titubeos ni resistencias, que se consigue con la oración y no sólo con la oración sino con la oración y el ayuno.

Dice la Sagrada Escritura: “Mira, yo pongo hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal” (Dt 30:15). Éstos, los dos caminos que Yahvé antepone a su pueblo, son los que se abren a cada momento en nuestras vidas. Esa es la elección que todos estamos obligados a hacer cada día. Y esta elección dependerá de nuestra adhesión a la ley de Dios, más aún a Dios mismo, porque Él es el Sumo Bien.

En el mismo pasaje del Deuteronomio, Yahvé, por medio de Moisés, sigue diciendo: “Pongo hoy por testigos contra vosotros al cielo y a la tierra; te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia, amando a Yahvé tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a él; pues en ello está tu vida, así como la prolongación de tus días mientras habites en la tierra que Yahvé juró dar a tus padres Abrahán, Isaac y Jacob” (Dt 30:19-20).

“Escoge la vida- manda Dios- para que vivas tú y tu descendencia, amando a Yahvé tu Dios… pues en ello está tu vida…”. Dios nos creó libres y nos deja la libertad en cada circunstancia de elegir el bien o el mal, la vida o la muerte, pero –parece un contrasentido aunque no lo es- dejándonos la libertad nos da mandamientos. Sus mandamientos son, precisamente, para preservarnos de la muerte y del mal porque su Ley es de amor, porque Dios quiere que todos los hombres se salven.

El llamado libre albedrío, la libre decisión de tomar uno u otro camino podrá depender de condicionamientos, a su vez aceptados anteriormente o no rechazados suficientemente. No es lo mismo, para poner un caso límite, el rechazo que pueda hacer de la droga una persona que nunca se drogó que uno que ya es drogadicto. Este último tiene cercenada su libertad, no es libre de elegir por estar condicionado por una fuerte adicción, producto, a su vez, de anteriores aceptaciones al mal.

“Escoge la vida… amando a tu Dios”. Ésta es la llave de la vida: el amor a Dios, o sea la adhesión plena, existencial, visceral a Dios. Vida y bendición es vivir en comunión de amor con Dios y seguir su ley inmutable de amor.

Para aquello se debe entender qué es la libertad y dónde está radicada su esencia. La libertad viene del amor y al amor debe estar sujeta para ser verdaderamente tal. La libertad no es para hacer lo que a uno le venga en ganas, la libertad no es para el mal, la libertad no es para matar y para la muerte sino para la vida y el amor. Mientras la adhesión a la ley divina es verdadera libertad, la rebelión lleva a la esclavitud.

San Pablo, en su carta a los efesios, escribe: “Porque en otros tiempos fuisteis tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad” (Ef 5:8-9).Conversión es pasar de las tinieblas a la luz y cada día caminar hacia la luz.

La luz la encuentro en Aquel que dijo: “Yo soy la luz del mundo” (Cf Jn 8:12). La luz la encuentro en Cristo que está presente en su Iglesia: en los sacramentos, en la oración comunitaria y personal, en la adoración, en el Magisterio que me enseña el camino de la verdad y de la fe, que me ilumina para que no me pierda y desvíe, en tiempos tan confusos y oscuros.

El sacramento de la reconciliación, o confesión sacramental, es el encuentro con Cristo que nos libera del pecado y nos da las gracias para continuar el camino de conversión. El sacramento de la Eucaristía es el de su Pasión y también de su Presencia. En cada comunión se produce un encuentro, encuentro que prolongamos en la adoración al Santísimo Sacramento. Y esos encuentros –nuevamente con nuestra cooperación a la gracia- llegan a ser profundos y, por ello mismo, profundamente transformantes.

La presencia de Cristo cambia nuestras vidas.Cristo es la luz y cuando lo sigo no permanezco en tinieblas, no camino en la oscuridad sino que tengo la luz de la vida (Cfr Jn 8: 12). Cristo no permite que nos perdamos en la noche del mundo porque Él ha vencido el mal, el error, la ignorancia, la muerte y a los espíritus de las tinieblas.

Hoy el mundo, sumido en un total relativismo, pretende hacernos creer que las leyes morales que Dios ha puesto en las conciencias y la Ley que nos ha revelado pueden ser cambiadas. Es cuando se nos dice que la Iglesia debe adaptarse a la cultura de la época en que se vive y cambiar aceptando, pongo sólo por ejemplo, que en algunos casos sea permitido el aborto o que sea la Iglesia menos rígida en materia de moral, aduciendo que “antes era así pero ahora no” porque “los tiempos no son los mismos”. ¡Lo exigen como si la Iglesia tuviera el poder de modificar la Ley divina y de decir que lo que antes y siempre fue malo para Dios ahora es bueno!

Cuando no se acepta la Ley, cuando se la menosprecia, cuando no se cree que Dios pueda haber legislado, cuando se piensa que el hombre puede hacer cuanto le viene en ganas, cuando existe sólo lo que cada uno cree que es bueno o le conviene a él, entonces impera el anárquico subjetivismo moral. Ese subjetivismo se traduce en relativismo moral: todas las opciones son válidas puesto que el bien y el mal es relativo a cada uno. Ya no hay una verdad sino verdades. Cada uno posee “su verdad”. Ya no hay pecados sino experiencias. Y a ese relativismo se lo arropa con las vestiduras de una encomiable tolerancia.

Pero, la realidad es bien otra, porque en la práctica se ve que no todo es aceptado, o más bien que todo es aceptado menos Cristo y su Iglesia. Para todo hay “tolerancia” menos para la Iglesia de Cristo. Ejemplos palmarios recientes son el rechazo a aceptar las raíces cristianas en la constitución europea y el no permitirle al Santo Padre hablar en la Universidad de La Sapientia.
Un grupo de profesores y un grupúsculo de estudiantes del ateneo romano, en nombre de la “tolerancia” le impidieron disertar. Este disparate si no fuera trágico sería cómico.
No deja de ser ridículo el hecho que se le quite la libertad de palabra a un Papa que es Profesor Universitario emérito, que se quiera amordazar a un gran intelectual que busca siempre el diálogo y conciliar fe y razón.

Sí, resulta ridículamente absurdo que no se le permita pisar la Universidad que fuera fundada en 1303 por el Papa Bonifacio VIII. Una universidad fundada por un Papa era la norma en la Edad Media. La Iglesia es no sólo fundadora de todas las Universidades europeas antiguas de tanto prestigio como la de Paris, o la de Bolonia, o la de Oxford sino la que por vez primera legisló sobre la autonomía universitaria.

Tremendas contradicciones en un ámbito académico y en personas que diciéndose “tolerantes” no dejan de citar a Voltaire en aquello de “no comparto lo que dices pero me batiría hasta el fin para que tú puedas decirlo”.

Estamos asistiendo a la negación de la cultura. Estamos ante la noche misma de la cultura y, peor aún, ante la cultura de la muerte. Porque para las sociedades que viven esta cultura es lícito abortar, es lícita la unión homosexual y la adopción de niños por uniones de desparejas homosexuales, pero es condenado quien defiende la vida, porque cercena la libertad de elección de la mujer (de matar) o se lo acalla y hasta encarcela por homófobo cuando trata de defender ya ni siquiera la familia sino el mismo buen sentido.

El ejercicio del libre albedrío implica un corazón puro, una mente clara, es decir no condicionada por la cultura del engaño y la confusión. Es imposible poder elegir el bien cuando al mal se lo disfraza de bien o de normal. ¿Cómo puede ser libre de elegir quien está totalmente condicionado por lo que ve en la TV, por los noticieros y los reality shows, por lo que le venden políticos corruptos ávidos sólo de poder? Esa persona acabará por aceptar lo inaceptable, quizás en función del minimalismo de aceptar el mal menor, sin darse cuenta que en esa pendiente de descenso moral el mal menor de hoy era ayer una aberración inadmisible.

Mientras es evidente que la conversión es caminar hacia Dios, queda asimismo muy claro lo opuesto: toda separación de Dios lleva finalmente a la perversión. Conversión implica discernir entre el bien y el mal y también entre lo que es bueno y lo que es perfecto ante Dios.

Para bien escoger debemos orar y ayunar. Ayunar de todo lo que pervierte nuestra mente, de todo lo que es perjudicial y nocivo para nuestra vida. Ayunar de noticias que condicionan nuestra conducta, afectan negativamente nuestra opinión y envenenan nuestra alma; ayunar de programas de televisión que denigran la dignidad humana, que promueven vulgaridad, que inducen a la promiscuidad y otras inmoralidades; ayunar de música y modas que ofenden a Dios; ayunar de habladurías y de malas lecturas; ayunar de chats de Internet en los que se pierde lamentablemente el tiempo cuando no es, la más de las veces, ocasión de pecado y de sitios ofensivos a la dignidad humana y no constructivos; ayunar de ociosidades y banalidades.
Ayunar, claro está, de todo pecado y también ayunar a pan y agua, miércoles y viernes, como pide nuestra Madre y como antiguamente hacían los primeros cristianos, los miércoles y los viernes (ver la Didaché).

Orar y ayunar, que se acerca la Cuaresma, que con la oración y el ayuno recibiremos la luz y la independencia de criterio como para saber siempre elegir el bien, como para escoger la vida, como para ser siempre bendecidos.

Oración y ayuno también para discernir lo bueno de lo perfecto y para tener la fuerza de llevarlo a cabo. Por la oración, potenciada por el ayuno, el Señor inspira pensamientos y propósitos para que veamos qué debemos hacer y tengamos la fuerza de cumplir lo que hemos visto.

Sembrar alegría, como la Reina de la Paz nos invita a hacerlo, es ser motivo de alegría para otros por lo que se hace o se evita hacer, por lo que se dice o se calla, por lo que se da o se atesora. Se siembra alegría cada vez que se obra el bien, cada vez que se lleva la luz a la oscuridad de una vida, cada vez que se consuela al afligido, que se tiende una mano, que se reconcilia con el hermano o que se da una caricia en nombre del Señor.

Sembrar alegría puede simplemente ser regalar una sonrisa o dar una respuesta amable. Se siembra alegría en otro y se cosecha en uno y en otros. Se siembra alegría sembrando amor y para sembrar amor menester es recurrir a la fuente del amor que es Dios.

Nuestra Madre nos acompaña en este camino de conversión con su presencia protectora y su intercesión. El Señor nos da y renueva sus gracias. Sólo de nosotros depende ahora la respuesta.

Oh, Señor, que con el don de tu amor nos colmas de todas bendiciones, transfórmanos en nuevas criaturas para prepararnos a la Pascua gloriosa de tu reino. Amén.
¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org

 
 
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