Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen
María Reina de la Paz

Por el Fr. Jozo Zovko

Mayo 2009

"¡Queridos hijos! En este tiempo de renuncia, oración y penitencia, los invito de nuevo: vayan a confesar sus pecados para que la gracia pueda abrir sus corazones, y permitan que ella los cambie. Conviértanse, hijitos, ábranse a Dios y a su plan para cada uno de ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"

 
 

¡Mis queridos hermanos y hermanas!

La Reina de la Paz nos recuerda que este tiempo es un tiempo especial, de gracia, el tiempo de renuncia, oración y penitencia. Sí, es el tiempo que comenzamos el Miércoles de Ceniza, echándonos la ceniza encima, como signo de transitoriedad, con el polvo del que fue modelado el hombre, y al que vuelve todo lo viviente, y el mismo hombre también. El hombre marcado por la ceniza está puesto en el camino que tiene su meta. La Cuaresma es el periodo de cuarenta días. Es el tiempo que conocen tanto profetas como santos, y lo pasan en el desierto, en el ayuno y la oración. Jesús también, después del bautismo de Juan se va al desierto, donde se dedica al ayuno y a la oración. Durante ese tiempo pasa por grandes tentaciones por parte de Satanás. Pero rechaza las ofertas de Satanás y sus promesas, y permanece fiel a su Padre y a su misión. La cumbre de la Cuaresma es el Viernes Santo. Jesús pasa por todas las pruebas y humillaciones. Pero eso no lo confunde, sino fortalece. Finalmente Él toma la cruz y la muerte como el único camino, a través de la muerte hasta la gloria final, la Resurrección y la victoria sobre la muerte y el pecado. Así también a nosotros, como pasajeros, la Cuaresma nos pone frente a lo eterno y no pasajero. La Cuaresma, como pecadores y desanimados, nos pone frente a la misericordia y la bondad de Dios. Este tiempo es el tiempo de nuestro regreso al Padre. A través de la Cuaresma el hombre está llamado a ver sus límites, sus pecados y sus debilidades. Viviendo sin la renuncia, sin el ayuno, sin la oración, el hombre se esconde ante Dios. Ese manto del egoísmo es tan pesado que nos ciega. Ese muro de nuestra soberbia es tan duro que nos cierra la última puerta de la esperanza. Por eso, este mensaje toca en nosotros lo esencial, nuestra naturaleza humana. No permite que encubramos nuestra debilidad, más bien nos invita a reconocerla humildemente y confesarla nuevamente en el sacramento de la reconciliación. Esa gracia que fluye y se derrama en nosotros por medio de los sacramentos proviene de Dios, no de nuestros sacrificios y oraciones, sino desde el corazón traspasado de Nuestro Señor. Nuestra oración, nuestros ayunos y sacrificios son nuestra humilde y amorosa respuesta. Porque sin nosotros y sin nuestro consentimiento nos creó Dios, pero sin nuestro ‘sí’ no nos puede salvar. Esa es la grandeza de nuestra Cuaresma. Mi decisión, mi elección, mi ‘sí’ es grande. Y en ello se manifiesta nuestra dignidad humana. “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo del hombre para que de él te cuides? Apenas inferior a un dios lo hiciste, todo lo pusiste bajo sus pies.” (Sal 8,5-6)

¿Quien soy y a donde voy? ¿Quién soy y para que vivo? Son las preguntas que atormentan a todas las generaciones. Únicamente Jesús respondió a ellas. Únicamente él y su Palabra son nuestro camino, medida y regla de la vida. La Cuaresma es el tiempo de imitación de Jesús de manera especial: por medio del ayuno, la oración, la penitencia, la renuncia y los sacramentos. No hay otro camino. Desde la oración y el sacrificio viene la luz a cada uno de nosotros, para ver lo que el mundo me ofrece, y lo que me ofrece y pide el Señor. La penitencia y el sacrificio, el ayuno y la oración, abren mi corazón y los ojos de mi alma, para poder ver correctamente, para poder decidirme a tiempo por un fin, que es mi Dios. Eso no es una palabra cualquiera, sino la verdad sin la cual yo vivo en el engaño y en el peligro mortal, donde ya no distingo el bien del mal. Estamos rodeados de gentes diferentes, nos encontramos con desesperados y arruinados, nos encontramos con seductores que en el nombre del Maligno nos ofrecen cualquier cosa. Los jóvenes están en la tentación de decidirse por el camino amplio del pecado, y eso en definitiva es la ruina. Existen personas que están entregadas al mal totalmente y a sus programas y promesas. Hoy es necesario apagar la televisión para que el hombre se sienta libre y encuentre la paz. Pero no te atreverás a hacerlo si antes no has orado y ayunado. Estás nervioso sin el cigarrillo, sin la copa de alguna bebida, y te lo perdonas diciendo que sacrificarás otra cosa. Pero lamentablemente, no somos capaces de hacer nunca ese sacrificio sustituto, porque faltó el primero.

Estamos llamados a la confesión. Que dejemos para siempre nuestro pecado.

En una ocasión visité uno de los más grandes templos budistas. En él se encontraban doce mil estatuas de Buda. En la entrada en el templo se encuentra un dragón. Y su pata es tan brillante que se nos impone la pregunta: ¿Por qué? Y el maestro budista me explica que los budistas dejan sus pecados debajo de la pata del dragón para que él los guarde mientras ellos están en el templo. Y cuando abandonan el templo, los pecados le acompañan al hombre nuevamente como una sombra. Ese dragón es una especie de guardarropa para los pecados. Durante ese tiempo, los guarda para que no molesten al hombre.

Y me pregunto: ¿Acaso eres consciente de lo grande que son tu religión y tu Dios? Cómo nuestro Dios nos da la gracia, responde a nuestras necesidades y redime nuestros pecados. Nadie de los hombres puede tomar los pecados. Nadie los puede destruir, o quemar como al papel. Ni el psicólogo ni el psiquiatra te pueden decir: “¡No tengas miedo! Has pronunciado tu pecado y el ya no está en tu conciencia ni en tu vida.” Eso supera a la capacidad humana. Únicamente Dios perdona los pecados. Él, en Jesús y por Jesús perdona nuestros pecados. Jesús ha dejado ese don y esa gracia a la Iglesia a través de sus sacerdotes. Nuestro pecado no está depositado en las tinieblas o en el espacio del olvido. ¡No! Nuestro pecado está perdonado en la confesión sacramental. Desapareció en la confesión, en el océano del amor y la misericordia de Dios. No tengas miedo. Después de la confesión tu pecado ya no te pesa. Por eso, el hombre al que se perdona, sabe a quien ir y agradecer por la divina e inconmensurable paz en su corazón, su consciencia y su alma. La confesión es el remedio, una medicina. La confesión es el don que únicamente Dios da a sus hijos. Esa gracia, la gracia sacramental, abre mi corazón y lo cambia, y yo deseo solo uno: no ofender nunca más a mi Dios ni despreciar su amor. Yo se que Él tiene un plan con mi vida, con mi matrimonio, con mi vocación, con mi cruz. Por eso aprenderé, en esta Cuaresma, a imitar a Jesús y tenerlo continuamente ante mis ojos. Oh, Redentor de los pecados, vencedor misericordioso sobre nuestros pecados y debilidades, haz que vivamos en Ti para que Tu amor poderoso actúe fuertemente en nosotros, ese amor que es más poderoso que el pecado. Vencedor en padecimiento, oh, Salvador crucificado, en ti queremos aguantar todos los momentos oscuros. Todo lo que nos toque, que ese sea nuestro camino hacia la eterna luz de la resurrección. Oh, Rey de los corazones, que tu Amor crucificado abrace y proteja a nuestro cansado y frágil amor. Despierta en nosotros lo que tanta falta nos hace: la compasión contigo, el amor hacia Ti, hacia Tu cruz y Tu amor en el Santísimo Sacramento del Altar. Dame la gracia que seamos el signo a los demás como lo eres Tú.

Este mes pediremos por las siguientes intenciones:

  1. Por todos los cristianos que han descuidado el ayuno, la penitencia y la oración, que se abran sus corazones en esta Cuaresma, que respondan a la llamada de la Reina de la Paz.
  2. Por nuestra familia de oración, que esté abierta a Dios y a la Virgen a su plan para  con nosotros. No la hemos escogido nosotros a Ella, sino Ella a nosotros. Pidamos que demos un buen ejemplo con nuestra vida y viviendo los mensajes demos testimonio a todos los hombres.
  3. Pidamos por todos los enfermos, y por todos aquellos que se han desviado de la Iglesia. Pidamos por todos los responsables en la Iglesia y en la sociedad, para que pongan en primer lugar al Señor, a su voluntad, y así sirvan a todos en el camino de la salvación. Pidamos por los videntes, sacerdotes y todos los responsables de los mensajes de la Reina de la Paz, para que en este tiempo de gracia se realice Su voluntad y Sus planes.

Queridos hermanos y hermanas, me dirijo a vosotros con gran esperanza de que con todo el corazón recibiréis el mensaje de la Virgen y lo pondréis en vuestro apostolado. “Porque nadie de nosotros vive a sí mismo”, dijo el apóstol. Sí, es nuestro deber orar por todos, ayunar, y hacer penitencia y obras de caridad.

Oro por todos vosotros y no os suelto de mi corazón y de mi amor. Que en vuestro camino os fortalezca y os consuele la Reina de la Paz.  
      

 
 
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