Reflexión del Mensaje de la Santísima Virgen
María Reina de la Paz

Por el Fr. Jozo Zovko

Febrero 2007

"¡Queridos hijos! Abran su corazón a la misericordia de Dios en este tiempo cuaresmal. El Padre Celestial desea liberar a cada uno de ustedes de la esclavitud del pecado. Por eso, hijitos, aprovechen este tiempo y a través del encuentro con Dios en la Confesión, abandonen el pecado y decídanse por la santidad. Hagan eso por amor a Jesús, quien con su sangre ha redimido a todos para que fueran felices y estuvieran en paz. No olviden, hijitos, que vuestra libertad es vuestra debilidad, por eso sigan mis mensajes con seriedad. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”"

 
 

¡Queridos hermanos y hermanas, estimados seguidores de los mensajes de la Reina de la Paz!

En este mensaje, la bondad y el amor materno primordiales emanan poderosamente. Eso es debido a que una madre no puede nunca suficientemente estimular e inculcar los valores fundamentales en sus hijos. Eso es especialmente difícil hoy en día, cuando los escaparates y vendedores compiten por cada niño y por cada persona. Unos ofrecen entretenimiento y distracciones, otros placeres primaverales y moda, otros programas para todas las edades, etc.

En su mensaje, la Virgen nos recuerda que este es el tiempo santo de la Cuaresma y que es precisamente el tiempo de la misericordia de Dios. Un rastro indeleble de esa gran misericordia, está contenido en las maravillosas parábolas y enseñanzas de Jesús en los Evangelios, posteriormente en sus encuentros con los pecadores y sus inclinaciones malvadas que en ese tiempo eran penadas incluso con el apedreamiento. Es imborrable la escena del encuentro de Jesús con la pecadora, en que el Señor escribía con su dedo en la tierra salvando de esa forma a la mísera pecadora abandonada. Poniéndose en contra de la gente que la había condenado, Jesús se acerca a ella y le perdona sus pecados. Impulsada por Su amor y misericordia, ella abandona el pecado y se convierte en seguidora de Jesús.

La meditación del Vía Crucis, de las lamentaciones de Nuestra Señora, junto con la Veneración de la Cruz de Nuestro Señor, manifiestan, revelan a nuestra alma y a nuestro corazón la profundidad de la misericordia de Dios. Nos ayudan a comprender cuánto nuestro Dios nos ama y nos estimulan a responder a ese amor. Tal como San Francisco de Asís, quien observando al Maestro Crucificado gime, porque el “Amor no es amado”, acepta ese amor y responde a él, siguiendo humildemente al Crucificado, también nosotros hemos sido llamados a hacer lo mismo.

En este mensaje, la Madre nos recuerda que: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en El, no se pierda, mas tenga vida eterna. (cfr. Jn 3,16) A fin de que ninguno de nosotros se pierda, Cristo instituyó el Santo Sacramento de la Reconciliación con el Padre y con la Iglesia. El nos recuerda que solamente Dios perdona los pecados y que únicamente El puede decir a través de Su sacerdote, “Te absuelvo de tus pecados…”

El hombre tiene necesidad de dar a conocer sus pecados y liberarse de esas heridas, de ese fuego que quema e incinera. La gente piensa que se siente mejor cuando hablan de sus pecados al psicólogo, al psiquiatra, a un periodista, a los amigos tomando una taza de café, etc. El pecado que solamente es confiado a otra persona, y no es confesado, regresa a nosotros como una sombra, como un mal personal que nos sigue y nos persigue. El pecado puede entrar en nuestras vidas de miles de formas. A través de nuestros ojos, si ellos miran escenas e imágenes inapropiadas o escandalosas. Puede entrar en nuestros pensamientos cuando pensamos con malicia e indecorosamente, el pecado simplemente envenena y ensucia nuestros pensamientos. También lo hace con nuestros otros sentidos. Solamente hay un camino y un modo para dejar el pecado y liberarnos de él, y ese es el Sacramento de la Santa Confesión. Porque, ¡solamente Dios absuelve al hombre del pecado! En ese Sacramento, se evidencia mayormente el amor y la misericordia de Dios. Tener un confesor santo y bueno ha sido siempre un gran don de Dios. El Padre Pío y San Leopoldo Mandic ayudaban a sus penitentes a dejar sus pecados escondidos, y de ese modo llegar a la paz y a la gracia del perdón.

En tales confesiones, los santos con un abrazo solo, cambiaban el corazón de piedra y lo hacían arrepentirse. A través de la confesión, el cristiano encuentra la paz y la fuerza para perdonar y recibir el perdón.

Decidir ser santo y decidir vivir santamente, es nuestro llamado y objetivo vital y máximo. Hemos sido llamados a la santidad, porque nuestro Dios es santo y nosotros hemos sido hechos a Su imagen y semejanza. No debemos negarlo con nuestra pecaminosidad, sino que reconocerlo e imitarlo con nuestra santidad. La santidad es una decisión personal de cada uno de nosotros. Tal como el pecado no se manifiesta sin nosotros, así también la santidad no se realiza sin nosotros ni nuestro consentimiento y colaboración. Imitar a Jesús en nuestra tarea y llamado. Podemos imitar solamente a quien conocemos y amamos. A quien es un ejemplo y un ideal definitivo.

La imitación de Cristo no es una suerte de sueño malsano e irrealizable de un individuo, sino un camino y una tarea fundamental. En amar a Jesús e imitarlo, está toda la sabiduría y la grandeza del cristiano. Su Cruz, Sus llagas, Su preciosísima sangre son una inspiración para todo cristiano. No hemos sido redimidos por el oro y la plata, nos decía el primer Papa, sino con la sangre de Nuestro Señor. El clavó en la cruz nuestras deudas impagas y pagó todo lo que debíamos. Mirar la Cruz y hacer el signo de la Cruz significa tener gratitud y un amor sincero por todo lo que nos ha sido regalado. Siempre la Cruz me dice: “Yo te he redimido, mío eres tú. Eres precioso a mis ojos, y yo te amo.” (Cfr. Is 43)

La fuerza de la Cruz libera de todo temor, del castigo y de la tentación de pensar que el Señor no me va a perdonar. La Cruz es señal de que Dios es sólo misericordia y que nos invita a reconciliarnos con El y con el prójimo. No debo en mi libertad elegir el mal, el pecado, no debo rechazar el amor, porque debo en esa libertad asumir todas las consecuencias de mis elecciones. Por eso la Virgen nos dice: “Vuestra libertad es vuestra debilidad.” Por tanto, mi libertad está en mi elección, y yo puedo elegir el bien mayor y ser fiel a ese bien, que es Dios, Su camino y Su Evangelio. Finalmente nos llama a poner en práctica sus mensajes con seriedad.

Este mes oraremos por las siguientes intenciones:

  1. Por todos los cristianos para que se preparen para el Sacramento de la Reconciliación y se confiesen, y de esa forma dejen el propio pecado y sus costumbre equivocadas.
  2. Por los sacerdotes, los confesores, a fin de que el Espíritu Santo los inspire y los guíe en el encuentro con los penitentes. Para que cada pecador sienta en el sacerdote el abrazo del Padre bueno y misericordioso.
  3. Que este tiempo santo de la Cuaresma sea la primavera de nuestra Iglesia y de nuestra fe. Este tiempo es un tiempo de gracia, oremos para que la Iglesia dé un testimonio poderoso de fe y esperanza, de amor y de humanidad a los paganos y a los que se alejaron de la fe.


Queridos hermanos y hermanas,
Aprovechemos este tiempo y confirmemos nuestro apostolado también con buenas obras. La Iglesia y el Señor nos necesitan, por eso la Madre nos llama. Purifiquemos nuestro amor hacia la Iglesia y hacia todos los pecadores.

Oro por todos ustedes e invoco la bendición de la Reina de la Paz, saludándolos fraternal y sinceramente.

Los saluda afectuosamente,
Fr. Jozo Zovko O.F.M
28.02.2007, Siroki Brijeg

 
 
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