Testimonio de Bernard, un médico Francés

Publicado el 15 de Septiembre de 2006

Bernard, un médico de habla francesa, vino a Medjugorje por primera vez esta semana. Aunque había sido bautizado, rechazó a Dios y a la fe a los 12 años de edad. En 1998, gracias a unos amigos cristianos, pudo hacer un cierto camino de conversión pero estaba aún confundido en su vida espiritual.

El otro día, fue solo a la Colina de las Apariciones. Al ver desechos diseminados por doquier, se decidió a limpiar el predio. Comenzó a levantar la basura y a ponerla en una bolsa. Experimentó entonces un ardiente deseo, sintió que la Virgen lo invitaba a acercarse a orar ante su imagen. Pero hizo oídos sordos y continuó con su limpieza. Un pensamiento se impuso entonces a su espíritu: ‘que recoja la basura, está bien, pero sería mucho mejor que me ocupara de los desechos de mi propio corazón y que los depositara a los pies de María’. La llamada entonces se intensifica, se torna prácticamente irresistible. Finalmente Bernard cae de hinojos frente a la imagen. ¡Ni bien comienza a rezar le vienen a la memoria ciertas escenas horribles de su vida que habían caído en el olvido desde hacía mucho tiempo! El nombre de una mujer se impone a su espíritu, una enferma. ¡Entre miles de pacientes que trató en su carrera médica, un nombre que había desaparecido de su memoria desde hacía 35 años! Vuelve a revivir aquella noche, joven estudiante de medicina, a cargo de un servicio de enfermos crónicos de un hospital… Sin consultar previamente a la paciente ni a ninguna otra persona – infringiendo las reglas – había decidido inyectar a esta mujer una fuerte dosis de morfina. Conocía sin embargo el enorme riesgo que esto implicaba para la vida de la paciente, pero debido a la dureza de su corazón y a su deseo egoísta de realizar un experimento, no lo dudó ni medio segundo. Por la mañana, la mujer había muerto.

Ante la imagen de María, Bernard se vuelve a ver tal como en aquel momento en ese pasado lejano, embotado en su orgullo y cometiendo los más detestables pecados. Cada pecado viene a la luz desde las profundidades de su ser y le es mostrado con asombrosa claridad. Bernard está limpiando sus propias inmundicias, ¡está confundido! ¡Ni siquiera era conciente de haber acumulado semejante cúmulo de desperdicios! Sin embargo, bajo la mirada amante y libre de todo prejuicio de María, en la unción magnífica de este encuentro con su Madre, Bernard no ceja;. Al contrario, movido por un sincero sentimiento de arrepentimiento, decide depositar todos esos horrores en el corazón de Jesús para que Él los consuma en forma definitiva. Parte entonces a confesarse y recibe el don de una gran paz interior, ¡esa paz que esperaba tanto encontrar y que buscaba a tientas desde hace tanto tiempo! ¡Para él, es el regalo de Medjugorje, el regalo que María, Madre y Reina de la Paz tenía en reserva para este hijo muy querido!

Y así, vemos a la Madre de Dios en acción: atrae a sí las ovejas heridas por el mal, les infunde luces sobre ellas mismas con firmeza y a la vez con suma delicadeza; con su hermosa mirada de misericordia, les transmite el deseo de purificarse, ¡y luego los conduce hacia sus hijos sacerdotes! ¡Un pecador que se confía a la Virgen no queda apegado a su pecado por largo tiempo! Un sacerdote que trabaja junto con María es un sacerdote feliz, está siempre a la obra en su confesionario: ¡acoge a las ovejas perdidas de las manos de María para llevarlas a Jesús!

Extraído de la Diario de Sor Emmanuel © Children of Medjugorje 2006

 
 
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