Un Pequeño Medjugorje en Curazao

Entrevista con Piet Campman
Por Mary-Sue Eck ( Medjugorje Magazine)

Cuando Mary-Sue contestó el teléfono, la mujer que llamaba se presentó como Hilda Campman, de curazao. “La llamo para invitarla a Ud. y a Larry a Curazao. Les enviaremos los boletos.”

“¿Dónde está Curazao?” “Es una isla en el Caribe.” “¿Por qué quiere Ud. que vayamos allá?” “Para escribir un artículo sobre lo que nosotros llamamos aquí el ‘Pequeño Medjugorje’.”

¿Cuántas veces se recibe una invitación para viajar gratis al Caribe? Algunos problemas de salud le impiden a Mary Sue viajar largas distancias, pero Curazao está a menos de tres horas de vuelo de Miami, donde cambiaríamos de avión después de volar tres horas desde Chicago. Con todo, más que nada teníamos curiosidad sobre el santuario que el padre de Hilda, Piet Campman, ha construido en la isla. En  dos días decidimos aceptar la invitación. Hilda nos dijo entonces que el Padre Donald Calloway también había sido invitado. El daría su testimonio en varios lugares de la isla.

¡Qué viaje tan maravilloso! El santuario y los terrenos son magníficos. La isla, de tan solo 40 millas de largo y unas diez de largo, con sus casas multicolores y sus edificios, todo eso rodeado por el océano, quita el aliento. Pero fue la familia Campman lo que hizo de nuestro viaje algo inolvidable. En Estados Unidos todos conocemos la historia de “mendigo a millonario”. Esta familia, sin embargo, no sólo recorrió el camino hacia una enorme riqueza, sino que deliberadamente decidió revertir la dirección. Ellos fueron de “millonarios a mendigos”.

Siendo un hombre joven, Piet Campman dejó su patria, Holanda, y viajó a la Isla de Curazao. Han pasado casi cincuenta años desde ese día de 1945. Piet tenía un contrato para trabajar ahí durante tres años con un distribuidor Chevrolet. Después de varios meses en ese empleo, una joven mujer entró para comprar un auto. Tan solo mirarla, Piet se dijo que él mismo entregaría el auto en su casa.

“Fui al garaje y ellos estuvieron de acuerdo en que yo lo entregara,” nos dijo Piet con su delicioso acento holandés. “Después me enteré que el auto era para alguien más. Ya no importaba, porque Carmen de todos modos no estaba en casa. Pero ahora tenía yo la oportunidad de regresar con el auto correcto. Y fue así que nos conocimos, salimos y casi un año y medio después nos casamos.”

Carmen era partera y como Piet lo expresa: “Ella trabajaba como mula. En el lapso de tres años ayudó a cientos de niños a nacer en Curazao. Trabajaba día y noche. Yo solía acompañarla a menudo porque los domicilios en esa época eran difíciles de encontrar. El número de una casa no era necesariamente el consecutivo a la siguiente. Ella trabajaba más en un vecindario en particular y yo tenía ahí un amigo policía que conocía todas las casas, así que él nos ayudaba cada vez que lo necesitábamos. En aquel entonces eran comunes las familias de diez o doce niños y los padres no tenían que preocuparse de cuidarlos. Después de dos años, tuvimos nuestro primer bebé, pero Carmen continuó siendo partera unos cuatro o cinco años más. Ella también estuvo en la política durante siete años como representante de uno de los partidos locales.”

Curazao es una de las cinco islas que integran las Antillas Holandesas. En el Caribe se encuentran igualmente las Antillas Francesas y las Antillas Británicas. Son grupos de islas que alguna vez fueron colonias de esos países. Curazao es independiente desde 1954. Curazao, Aruba y Bonaire son las tres islas de las Antillas del sur, justo al norte de Sudamérica.

Piet inició su propio negocio en 1974. Producía uniformes y overoles para el gobierno, tales como uniformes para policías. Cayó en bancarrota. Piet inició entonces otro negocio, el negocio de los plásticos. Lo único que necesitaba era un lugar para almacenar el producto de Holanda. En aquellos días el costo de envío era gratuito si se empacaba en pequeños contenedores. El primer contenedor de cuarenta pies estaba abarrotado de pequeñas cajas para ahorrar gastos. Tres meses después ya no era gratuito. Pero ése fue el comienzo de lo que Piet llamó “7-7 General Store” [Tienda general 7-7]. Eligieron ese nombre de “tienda general” porque en ese tiempo Piet no sabía lo que iban a vender. Escogieron “7-7”, porque siete es el número perfecto en la Biblia: por ejemplo, el mundo fue creado en siete días, debemos perdonar setenta veces siete etc.

Piet eligió el número bíblico no porque fuera del todo religioso, sino porque, como él dice, “yo usaba la religión cuando podía.” Había sido educado en una familia católica muy devota, con diez hermanos y una hermana, doce en total. “No puedo decir que fuéramos pobres,” nos contó Piet, “pero tampoco nos sobraba el dinero. Mi papá solía rebanar el pan y decía: ‘Ustedes reciben cuatro rebanadas; ustedes reciben sólo tres porque son más chicos.’ Era así como funcionaba. Mi padre era empleado ferrocarrilero y su salario no era mucho, pero éramos felices. En la mañana, a las 6.30, iba yo a Misa a servir como monaguillo. Eso fue durante la Segunda Guerra Mundial. Estábamos en medio de los bombardeos y recuerdo que un día mi hermano tuvo que bucear en los escombros a través de la ventana para entrar en la casa. El vidrio había desaparecido. La casa vecina también había desaparecido.

El primer empleo de Piet después de terminar la escuela fue la Compañía Philips. Es una empresa enorme que actualmente da empleo a 130,000 personas en todo el mundo. El recuerda el primer aparato de televisor salido de las líneas de ensamblaje de la fábrica. La empresa tenía entonces unos 40,000 obreros en la fábrica. Piet quería trabajar fuera de la compañía así que presentó una solicitud en un banco holandés en África. “Me aceptaron. Pero cuando se lo conté a mi madre, ella dijo que estaba loco. Dijo que la tribu Mau Mau en África se estaba comiendo a todos los extranjeros. En aquellos días lo que mi madre decía era lo que hacíamos. Un hermano mío fue maestro aquí en Curazao y mi madre me sugirió que viniera aquí para estar con él. Así que conseguí un trabajo en una agencia local de Chevrolet y trabajé ahí durante diecisiete años. Durante ese tiempo, Carmen y yo nos casamos y tuvimos tres hijos. Hoy en día, nuestra hija Hilda vive aquí junto con otra hija. La tercera hija vive en Holanda y tiene tres hijos.”

La 7-7 General Store comenzó vendiendo productos de plástico y luego camisetas. Piet decidió imprimir él mismo las camisetas que importaban desde China. Hacían las impresiones con una máquina comprada por él. Piet también vendía tablas para planchar, habiendo comprado todo un contenedor de ellas en Holanda para traerlas a Curazao. “Se vendieron como pan caliente,” declaró Piet riendo.

“Poco a poco la tienda creció y la empresa también. Hoy, ése primer edificio que albergaba la tienda es el más grande de la isla.”

Después llegó a ser el representante de los productos Rubbermaid. Un año después, el vicepresidente de Rubbermaid Co. viajó a Curazao. Esto, porque Piet era el que vendía más productos Rubbermaid per cápita que ningún otro. La tienda extendió sus ventas de sólo artículos de plástico a artículos de vidrio, juguetes, cocinas equipadas, muebles y mucho más.

Mientras crecía su fortuna en los negocios, hizo su fe a un lado. “No había estado en el interior de una iglesia desde hacía  muchos años, desde 1978. Estaba haciendo dinero. No tenía tiempo para la Iglesia. Esa es la clase de católico que yo era. Con todo, nunca descuidé a los pobres. Mi esposa, quien fundó la Asociación de San Vicente de Paul, se aseguraba de que los pobres fueran atendidos, distribuyendo bolsas de comida. Ella sí era una católica auténtica.”

En 1990, las monjas dominicas de un monasterio en la isla tuvieron que dejar el lugar donde vivían y acudieron a Piet en busca de ayuda. Todas menos una de las hermanas provenían de España y Sudamérica, así que todas hablaban español. Estas dominicas eran contemplativas, es decir que vivían en clausura y no salían. “La monja que no era española me conocía,” dijo Piet, “ella era de mi vecindario en Holanda. Dijo que les habían donado un terreno y que necesitaban 2,200,000 florines para edificar. Le pregunté cuánto dinero tenían ellas y me contestó: “100,000 florines.” ¿De dónde sacarían el resto? “La Providencia se hará cargo.” Las monjas eran muy inocentes. Ella dijo que habían enviado cartas a muchas organizaciones pero habían reunido muy poco dinero. Sin embargo, ella había enviado una carta a una organización en Alemania, llamada Ad Veniat. Es una importante organización católica que apoya proyectos católicos, particularmente en Sudamérica pero también en el resto del mundo. Tienen bastante dinero. El Cardenal vino de Alemania para investigar la petición de dinero que les había hecho la monja. Ella me pidió que me reuniera con él para comer. Fuimos a un restaurante.

“Yo le pregunté: ‘¿Cuánto puede darnos Ud. para construir el monasterio?’ El me respondió: ‘Si la iglesia local no da nada, tampoco nosotros ayudaremos.’ Yo le dije entonces: ‘Mire, cualquier cantidad que Uds. inviertan en este proyecto, yo la aportaré también. Así que no puede decir que la Iglesia local no está haciendo nada.’ El se quedó callado. Después de unos minutos le pregunté: ‘¿Cuánto tiene planeado invertir en esto?’ El respondió que medio millón de marcos alemanes—en aquella época, el marco tenía el mismo valor que el dólar. Yo le dije: ‘Está bien. Yo aportaré esa misma cantidad.’ Me fui a casa y les conté a mis hijas y ellas dijeron que no me preocupara. Comenzaron a trabajar más intensamente en la tienda. Para finales de año, la tienda había hecho negocios por esa misma cantidad y las monjas tuvieron su monasterio.”
La monja del vecindario de Piet murió poco después de que se construyera el monasterio. Un día le dijo a Piet: “Cuando estaba Ud. construyendo esos apartamentos, vi una gran cruz.” ¿Y cómo fue que este hombre bueno y caritativo finalmente encontró el camino de regreso a la Iglesia Católica?

“En 1978, mi mujer me dijo que iría a Trinidad.” Comenzó Piet. “Unos días después regreso y me contó lo maravilloso que había sido. Así que también yo me fui a Trinidad. Conocí a una señora llamada Babsie Bleasdell. Ella había sido desde hacía largo tiempo una favorita en EWTN. Fui con ella durante dos semanas a visitar todas las iglesias donde hablaba. Cuando me despedí de ella le dije: ‘De ahora en adelante, todo lo que hagamos será por el Señor.’ Le di mi cartera con todo el dinero que traía. cuando me fui no podía pagar los impuestos de aeropuerto porque había regalado mi cartera. Sin embargo, esto fue antes de que mi negocio tuviera éxito.

“Ese mismo año le pregunté a mi esposa qué quería de regalo para su cumpleaños. Ella me dijo: ‘Que vayas a la iglesia conmigo este fin de semana’. Así que fui a la iglesia y estaba llena con todas esas mujeres que levantaban sus manos. Me sentí solo en medio de toda esa gente carismática. Le dije a mi mujer: ‘Vine a la iglesia, pero sé que no puedo comulgar. Tengo que confesarme primero.’ Ese domingo fui a una iglesia con la intención de acudir a un sacerdote. Al entrar al templo, vi a lo lejos a un sacerdote que rezaba su breviario. Me confesé con él. Después, fue como si mi cabeza tocara el techo de la iglesia y ¡vaya que era alto ese techo! [Es la forma de Piet para expresar que se sentía en las nubes]. Regresé a casa y le dije a mi mujer: ‘Olvidé decirle al sacerdote un montón de cosas’. Así que regresé a confesarme otra vez a la semana siguiente. Después de eso, el negocio comenzó a crecer y crecer. Esta región de la isla estaba totalmente vacía, así que comencé a construir tiendas y departamentos. Ahora iba a la Iglesia los domingos y daba dinero a los pobres, de tal forma que me consideraba un cristiano.”

Medjugorje

“Fue así como viajé a Medjugorje. Hilda organizaba peregrinaciones de treinta a cincuenta personas para llevarlas a Medjugorje. Yo tenía curiosidad. En 1997, estando de negocios en Francfort, decidí que Medjugorje estaba bastante cerca y que iría allá por mi cuenta. No le dije a nadie de mi familia. Me quedé en Medjugorje cinco días. Lo que vi allá llamó verdaderamente mi atención. Cuando arribé al aeropuerto en Split de camino a Medjugorje, un policía voceó mi nombre y me entregó mi cartera. Se me había caído en el avión. Lo primero que me vino a la mente fue que era la cartera que yo le había dado a Babsie Bleasdell en Trinidad, en 1978, y la promesa que hice entonces: “De ahora en adelante todo lo que hagamos será para el Señor.”

Cuando finalmente llegué a la Iglesia de Santiago Apóstol vi a todos los sacerdotes que oían confesiones en muchos idiomas. Pero no había ninguno que hablara holandés. Así que no pude ir a confesarme. En vez de ello, fui a la Misa y me quedé a cuatro diferentes Misas en cuatro diferentes idiomas.

“Al volver a casa le dije a mi familia: ‘Mucha gente no puede darse el lujo de ir a Medjugorje, así que traigamos Medjugorje a Curazao.’ Mi esposa contestó: ‘Tú construye y yo rezaré.’ No estaba seguro cómo hacerlo. Después de investigar un poco y recibir la información necesaria, decidí que quería construir una Cruz como la Cruz del Monte Krizevac en Medjugorje. Me dieron el nombre de un arquitecto y me comuniqué con él. El sabía todo acerca de las creencias cristianas. Trabajó para mí dos años en la cruz. Una noche, antes de que estuviera concluida, él pasó a verme y me trajo los planos. Bebimos un poco de vino y comimos queso. Aproximadamente a las nueve y media  se fue a su casa. A las diez y media su esposa me llamó. él había muerto; probablemente un infarto al corazón. Creo que está con el Señor. El había hecho la voluntad de Dios.”

Piet dijo que él creía que simplemente fabricarían una colina alta y luego colocarían la cruz en la cima. Pero el arquitecto le había explicado que ninguna colina artificial podría resistir una edificación tan pesada. Le había propuesto que construyeran un cimiento enorme de concreto debajo de la cruz. Meses después, cuando la colina y el pie de la Cruz estaban listos, trajeron 400 camiones de concreto, 200 para la colina y 200 para el basamento de la cruz. El edificio entero se terminó en el año 2000. La colina tiene 7 metros de altura y la Cruz mide 12 metros de alto, en total, 19 metros [más de 62 pies de altura].

Piet construyó entonces la iglesia y el Jardín del Rosario y por último construyó una casa de huéspedes. No sabía que ésta se convertiría en una casa de retiro hasta que un grupo e sacerdotes  le preguntó si podrían ir allá de retiro, seguidos de más sacerdotes del Caribe. Así que ahora se llama Casa de Huéspedes y de Retiro.

Concluyeron todo menos la Capilla de Adoración que Piet quería construir en la casa de retiro. La caminata hasta la Cruz no es muy larga, tan solo hay que cruzar un enorme estacionamiento; pero si es una caminata larga para un huésped que desee pasar un rato con el Señor. Una Capilla de Adoración en la Casa de Retiro estaría cerca y disponible día y noche. Había un solo problema: a Piet se le había acabado el dinero. Había gastado toda su fortuna en este santuario para la Virgen. Pensó en pedir prestado al banco. (Íbamos a preguntarle cómo pagaría el dinero, pero no tuvimos oportunidad de hacerlo). En 1977 Piet había comprado una acción en un banco recién fundado. En 2005 este mismo banco buscaba personas o compañías interesadas en adquirirlo. A finales de 2005, una empresa establecida en Estados Unidos se mostró interesada. El último día de Diciembre, Piet se enteró de que habían cerrado el trato cuando encontró un depósito en su cuenta de banco lo suficientemente grande para construir la Capilla de Adoración.

El día después de nuestra entrevista, Piet estaba contrariado. Nos dijo que él había sonado demasiado presumido cuando nos contó la historia, arrogándose todo el crédito. “Es mi mujer quien tiene una historia maravillosa,” nos dijo él, “pero ella nunca la revelará.” La mayoría e la gente que conocimos mencionó la santidad de Carmen, quien pasa horas en oración día y noche y permanece oculta en el pequeño apartamento que ella y Piet comparten en la casa de retiro. Es un lugar insignificante en comparación a las mansiones que alguna vez poseyeron, pero de algún modo sabemos que ella es mucho más feliz ahí. Es hermosísimo atestiguar el amor que Piet tiene por ella.

Hay un libro en la casa de retiro donde se invita a los huéspedes a expresar lo que piensa de su estancia ahí. Palabras como “fabulosa, fantástica, llena de inspiración, tranquila, que lleva a la oración y la reflexión, un lugar especial donde está Dios”, expresaban lo que sentían también nuestros corazones cuando nos disponíamos a partir.

Nuestra última vista del santuario, mientras nos dirigíamos al aeropuerto para regresar a casa, fue Carmen, sonriendo y agitando su mano en señal de despedida, algo que ella hace con cada uno de los huéspedes cuando se van. Es un recuerdo que permanecerá siempre en nuestros corazones.

 
 
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