Historia de Colleen Willard

– Cuando fue a visitar a su médico, un pulmonólogo de Chicago, Colleen se dirigió a la recepcionista y le dijo: “Soy Colleen Willard”. Todos en el servicio la conocían bien y exclamaron: “¡No, usted no es Colleen Willard!”. Ella insistió: ¡Sí, soy yo! Pegaron un grito, y corriendo hacia el consultorio exclamaron: “Dr. Duggan, Dr. Duggan, venga por favor!” El Dr. Duggan se asomó, sorprendido por el alboroto reinante. Al ver a Colleen, toda su perspectiva de vida cambió, y como alcanzado por un rayo, exclamó: “¡Dios mío! ¡Dios mío!”.

En septiembre pasado nos enteramos de la historia de Colleen por Patrick Latta, que vive desde hace largo tiempo en Medjugorje. Inmediatamente llamamos a Gail y a Jack Boos y Gail nos relató lo siguiente:

“Colleen tenía un tumor cerebral inoperable que le afectaba el funcionamiento de la glándula pituitaria al igual que toda su motricidad tanto fina como gruesa; estaba raquítica, su tiroides reducida al tamaño de una pasa de uva, sufría de esclerosis múltiple, de lupus, fibromyalgia y de otras nueve enfermedades mortales muy dolorosas. En la clínica Mayo de Rochester, Minnesota (la mejor clínica en investigación oncológica cerebral y de traumatismos a nivel de la médula espinal de los Estados Unidos) le solían recordar a Collen que, aún sin tener en cuenta su tumor cerebral, el sólo hecho de que estuviera viva en esas condiciones era de por sí un milagro. A pesar de sus sufrimientos, Colleen pidió colaborar como voluntaria en nuestra asociación “St. Clare Helper of the Poor”, y así fue como la conocimos. Se convirtió en una de nuestras mayores recaudadoras de fondos en ayuda de los refugiados y de los pobres de Bosnia, usando tan sólo el teléfono, cuando su voz se lo permitía.

En las últimas fases de su cáncer, los dolores de Colleen se habían tornado tan agudos que la oración se convirtió en su último recurso. Ya no podía subir las escaleras para ir a su cuarto o a su oratorio, era incapaz de ir al baño sin ayuda, y el sólo hecho de que la tocaran le causaba un dolor inimaginable. Su esposo, John, siguió trabajando, mientras que su hijo de 21 años se quedaba en casa y cuidaba de su madre. Un día le comenté a Colleen sobre nuestros numerosos viajes a Medjugorje. Colleen sintió deseos de ir, aunque sabía que físicamente eso no era posible; por otra parte, las facturas de la Clínica Mayo se incrementaban día a día y su famlia carecía de los medios necesarios para el viaje. Sin embargo, Colleen nos dijo: “No deseo ir para ser curada, simplemente quisiera ir y tener una experiencia de la Santísima Virgen y de ese lugar santo”. Esto fue en abril. En agosto me llamó y me dijo: “John y yo hemos estado orando para ir a Medjugorje con la peregrinación que estás organizando”. Le repliqué: “Colleen, en tus condiciones podrías ir a Europa tan sólo por gracia de Dios”. Y ella me contestó: “Mira Gail, estuvimos orando con el corazón y le dije al Señor: ‘Señor si realmente quieres que vaya, necesito que me des un signo. Permite que el P. Agniello me llame mañana y sabré que debo ir’. A la mañana siguiente a las 9:00, el P. Agniello me llamó por teléfono y me dijo: “Colleen, no sé por qué lo hago, pero sentí que debía llamarte esta mañana”. Esto le confirmó que ella y John tenían que hacer el viaje.

Estábamos en las últimas semanas previas a la partida. John pagó los pasajes y debíamos encontrarnos todos en Chicago. Le aconsejé que sacara una segunda cobertura de seguro porque si la enfermedad de Colleen llegaba a complicarse en Medjugorje y moría allí, porque el costo para repatriarla podría llegar a superar el millón de dólares.

En el avión, Colleen y John fueron ubicados milagrosamente en clase ejecutiva. Había que administrarle medicamentos cada dos horas, para atenuar sus dolores. En el aeropuerto de Split, John y Jack le levantaron los pies alternativamente para poder llegar, paso a paso, hasta el autobus. A pesar de todos sus dolores, Collen estaba alegre, sonreía siempre, y alababa a Dios por haberle permitido llegar tan lejos. Al día siguiente, mientras Vicka hablaba, acercamos su silla lo más posible para que pudiera por lo menos verla más de cerca. Pero la gente alrededor suyo no cesaba de empujarla, inclinándose sobre ella; madres que habían traído a sus niños los pasaban a otras personas por encima de la cabeza de Colleen . Entonces pensé:”Cometí un grave error al traerla aquí. Perdóname, Señor, te lo ruego. ¡Esto es demasiado para ella!” De repente Colleen dejó caer su cabeza y pensé que había muerto. Recordé que me había dicho que podía morirse en cualquier momento si su glándula pituitaria dejaba de funcionar o si su cabeza recibía un fuerte golpe. Su marido que estaba en el fondo, avanzó rápidamente a través de la multitud, le levantó la cabeza y le colocó una mezcla de morfina y otro medicamento bajo la lengua, y esperamos. Le tomó un tiempo recuperarse.

Cuando Vicka terminó de hablar, se abrió paso a través de la gente y llegó hasta donde estaba Colleen. Las primeras palabras que le dijo (en inglés) fueron: “¡Alabado sea Dios! ¡Alabado sea Dios!” Vicka abrió sus brazos, y la estrechó contra su corazón, la besó y siguió abrazándola. Luego posó su mano izquierda sobre la cabeza de Colleen y cuando iba a posar también su mano derecha, los peregrinos la llenaron de peticiones de oración, rosarios y fotos. Vicka con su hermosa presencia de cielo y su sonrisa, continuó orando sobre Colleen y muchos de nosotros vimos lo siguiente: una especie de globo de oro salía de la mano de Vicka. Mantuvo su mano sobre Collen por largo rato mientras Colleen no cesaba de decir:¡ “Mi cabeza arde como un carbón encendido. Mi cabeza quema! Es como si sintiese un espiral que me atraviesa el cuerpo!” Después de aproximadamente 10 minutos, cuando Vicka terminó de orar sobre Colleen, volvió a abrazarla y a besarla. Colleen lloraba.

Acomodamos a Colleen en un taxi y nos dirigimos a la parroquia. John la condujo bien adelante cerca del altar. Jack y yo nos quedamos en el fondo. Más tarde, Colleen nos comentó que cuando el sacerdote comenzó la consagración de la hostia, escuchó la voz de la Virgen María que le preguntaba: “Hija mía, ¿quieres abandonarte a Dios Padre? ¿quieres abanonarte a mi Esposo, el Espíritu Santo? ¿quieres abandonarte a mi Hijo, Jesús? Y Colleen oyó que la Santísima Virgen insistía: “¿Te abandonarás ahora?” Colleen replicó: “Sí, me abandono, para la gloria del Cielo, para la gloria de Dios”. De repente en ese momento, comenzó a sentir un cosquilleo en sus piernas. Sabía que algo estaba pasando y cuando la misa concluyó, se sabía curada. Se levantó y comenzó a caminar. Yo estaba completamente en estado de shock. John, detrás de ella, empujaba la silla de ruedas vacía; y allí estaba Colleen, de pie. Salió de la iglesia caminando. Fuimos al restaurante Viktor y la gente se agolpaba a su alrededor. Habían oído de su curación, la habían incluso visto. Volvió caminando a la pensión e hizo a un lado a su marido que bloqueaba la puerta con la silla de ruedas. Al día siguiente ascendió a la Colina de las Apariciones por sus propios medios. Luego, también por sus propios medios, subió hasta la sexta estación del Krizevac – a pesar de sentirse con fuerzas para alcanzar la cima, a pedido de un sacerdote, oró allí en lugar de continuar.

De regreso a su país, un equipo de médicos la examinó: Colleen fue sometida a una serie de tests: todos ellos dieron resultados normales. Su tiroides funcionaba normalmente, el tumor cerebral había desaparecido, al igual que las demás enfermedades. Al llegar a la Clínica Mayo, Colleen se preguntaba cómo le explicaría esta sanación a su médico. Cuando ingresó al consultorio, el médico le dijo: “Entonces, ¡usted estuvo en Medjugorje! Con éste es el tercer caso de curación mayor de personas venidas de Medjugorje que hemos comprobado aquí! El problema estaba resuelto, no había nada que explicar.

La curación de Colleen fue incorporada a los registros de la Parroquia de Santiago Apóstol donde figuran un centenar de otras curaciones, curaciones similares a las de Lourdes. Pero la historia de Colleen está lejos de concluir aquí. Así como ella servía valientemente a Jesús y a los pobres antes de su curación, ofreciendo los terribles y continuos dolores que padecía, ofrece ahora su salud como respuesta al llamado de Jesús. Las palabras clave de la vida de Colleen, que fueron fuente de increíbles bendiciones son: “Sí, me abandono”.

Tomado del Diario de Sister Emmanuel - 1 de Enero 2004

 
 
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