ORANDO CON EL CORAZÓN – fray Jozo Zovko OFM

 

 Durante los primeros días de las apariciones, realmente competíamos entre nosotros, para ver quién podía rezar más rosarios cada día. Esto no era una competencia saludable. A pesar de que Nuestra Señora nos estaba exhortando a orar no de ese modo, sino con el corazón; no comprendíamos lo que orar con el corazón significaba.

 

Esa noche Ella nos dijo: “Esta noche, antes de comenzar a orar, todos deben perdonarse entre ustedes.” Nosotros pensamos que “eso era sencillo, ¡lo hacemos en cada Santa Misa!” Pero esto no era fácil de ninguna manera; significaba un gran esfuerzo. Esto quería decir que todos aquellos que habían guardado alguna bronca dentro de sus corazones; deberían entregárselos a Dios inmediatamente, con amor y alegría.
Yo expliqué lo que significaba el pedido de Nuestra Señora y pregunté a todos los fieles si lo habían comprendido.


Todos respondieron que sí; pero ninguno hizo nada. Sentíamos como si estuviésemos en un desierto y además teníamos un poco de miedo. Más aún, Nuestra Señora no iba a permitirnos que oráramos hasta que nos hayamos reconciliado personalmente entre nosotros; hasta que nos hayamos perdonado entre nosotros desde nuestros corazones. Un silencio nos cubrió; pareció durar una eternidad. Sufrimos una angustia desoladora, que crecía más y más.


Todos nos sentíamos muy deprimidos. Una furia se estaba gestando dentro de nosotros.
Finalmente, yo les sugerí: “Recemos el rosario, para que podamos ser capaces de perdonar”. Entonces, comenzamos con la oración, que llamamos “el Salterio”, o sea rezando los tres grupos de los misterios del rosario. Luego de alrededor de media hora, una voz clamaba dentro del templo: “Señor, yo he perdonado. ¡Por favor, perdóname a mí!”.

 
Todos comenzaron a sollozar y a llorar en voz alta. Esta oración tocó nuestros corazones y se abrieron las compuertas de las lágrimas. Todos teníamos el deseo de decir: “Nosotros hemos perdonado. ¡Por favor, perdónanos a nosotros también!” Y todos buscaban una mano, cualquier mano para tomarla. Con nuestros corazones aliviados, continuamos con nuestra oración. Después de la oración, hubo una verdadera fiesta de reconciliación en todo el pueblo.


La mañana siguiente se escribirá en la historia de Medjugorje. De la noche a la mañana, todas las personas habían derribado las paredes que habían en sus corazones, paredes que los separaban entre ellos. A la mañana siguiente, en cada lugar del pueblo, las personas entraban a casas que jamás habían puesto un pié allí porque, debido a una u otra cosa habían dejado de saludarse. Los campesinos también pueden ser odiosos.


Muchas veces se habían desarrollado odios y alejamientos.


Pero ahora, ellos reconocían en su vecino a su hermano; en su vecino reconocían a Jesús. Pensaban con tristeza, porqué habían tardado tanto tiempo antes de ser capaces de sentir tanta belleza y tanta alegría. Entonces yo ya no tuve que preguntarles más, “¿Desean perdonar?, ¿Creen en Dios Padre?.


Ahora cumplimos nuestras promesas bautismales día tras día; cada uno hace un esfuerzo, aunque tan sólo sea mental: “Yo rechazo a Satanás… yo creo en Dios...”

 

Fue entonces cuando la gente vio la palabra croata “MIR”, que significa  “PAZ” en letras mayúsculas en el cielo. Yo también fui testigo de este acontecimiento. Las letras se movían como si estuvieran animadas, acercándose hacia nosotros como si fuesen las luces altas de un automóvil. Se sentía como si estuviésemos experimentado el fin del mundo. No puedo imaginarme a nadie que pueda alguna vez olvidarse de una cosa así – no lo de las letras, a lo que me refiero es a la experiencia interior.


Está grabado en nuestros corazones, dentro de nuestras vidas, y dentro de todo nuestro ser; el significado de Medjugorje – grabado en el hombre nuevo, grabado en los hijos de Dios que aman y perdonan.

 

 

 
 
 

Imprimir esta pagina