Eucaristía

La Eucaristía es un sacrificio, el sacrificio de Cristo por todos, un don del Cielo para todos. En el altar, el sacerdote ofrece el don supremo, el don más precioso—a Jesús mismo. Es el propio Jesús quien en ese momento dice: “Tomad y comed todos de él, porque é ste es mi Cuerpo”. Hemos olvidado que Jesús está real y verdaderamente presente en la Sagrada Eucaristía. Pensemos qué hermoso es poder recibirlo con el corazón puro y arrepentido, libres de cualquier atadura. Qué alegría siente el Señor cuando vamos a Misa y nos acercamos a recibirlo. La Santa Misa es tan importante... y nosotros no nos damos cuenta de la gracia que tenemos en ella.

Nuestras lágrimas nos abren el corazón para ver lo que no veíamos, para amar como nunca antes amamos. Pero para poder vivir la Santa Misa, debemos prepararnos. Llegar con anticipación a la iglesia, a fin de disponer de tiempo para hacer oración y pedirle al Señor que prepare nuestro corazón para el encuentro con É l. Hay que participar activamente en la celebración, con gestos y con palabras. Al término de la Misa, no salgamos apresuradamente. Quedémonos todavía algún tiempo adorando a Dios que está en nuestro corazón. Démosle gracias por todos los dones que nos da y especialmente por el don más grande de todos: la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía. Adorémosle en silencio, démosle oportunidad para que nos hable al corazón. De ese modo, Jesús podrá sanar nuestras heridas y llenarnos de fortaleza y amor.

 
 
 

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