Un llamado a los hijos de Abraham

Dora Amador

La pregunta que me hacía cada vez que intentaba escribir sobre este tema era: ¿Debo? Y conociendo la respuesta lo seguía postergando. Por supuesto que es mi deber y mi responsabilidad hacerlo, pero la autocensura me había detenido hasta ahora. Sin darme cuenta de mí también se fue apoderando ese miedo paralizante que te impide decir o hacer lo que te exige tu conciencia. De no hacerlo contribuyo con mi silencio a que se perpetúe un mal que va en ascenso. Me refiero a la discriminación, la hostilidad y la violencia de judíos contra cristianos en Israel.

Para mí resulta doloroso tocar este tema, porque admiro mucho al pueblo judío con el cual me identifico por razones poderosas que tienen que ver primero que nada con mi fe, que hunde sus raíces en la de ellos; mi condición de exiliada y por la injusticia y el acoso que está padeciendo Israel por parte del gobierno de Irán y sus aliados del fascismo islámico. Mi corazón está al lado de Israel y su derecho a existir y a defenderse contra los yihadistas.

Pero lo cortés no quita lo valiente.

El 17 de agosto unos 30 judíos armados con fusiles asaltaron el Monasterio San Juan en el Desierto, en Jerusalén, y profanaron ese Lugar Santo venerado por cristianos desde hace cerca de 2,000 años; le escupieron la cara al superior del monasterio, el fraile franciscano Sergio Olmedo, y mientras iban destruyendo gran parte de la propiedad les gritaban a los frailes que tenían que irse de allí, que ese lugar les pertenecía. El padre Sergio dio parte a las autoridades en seguida, pero hasta la fecha no ha habido arrestos.

Gil Zohar, un conocido periodista israelí dio a conocer lo ocurrido en su artículo Silent Response, publicado en el Jerusalem Post el 29 de septiembre de 2006. Posteriormente The Toronto Times lo publicó el 9 de octubre de 2006 con otro título: St. John in the Desert Monastery closes its gates following assault on father superior.

El muro que ha levantado el gobierno israelí y las restricciones de movilidad impuestas a la población palestina le impide a los cristianos visitar sus iglesias, porque barrios y comunidades enteras han quedado divididas por el muro. A un lado los hogares, al otro clínicas y hospitales, escuelas y parroquias, que forman la fibra vital de su existencia. Las consecuencias de esta segregación no sólo afecta la vida social y económica de palestinos cristianos y musulmanes, le hace mucho daño a su vida espiritual, religiosa.

Aunque es difícil escribir sobre este tema no puedo eludirlo, porque es mi deber hacer un llamado a la conciencia de los cristianos y los judíos de buena voluntad. San Juan en el Desierto es un lugar sagrado construido en la gruta donde vivieron San Juan el Bautista y su madre Isabel. Fue en esos alrededores donde el último de los profetas– ése que tanto leemos en esta época de Adviento– llamó al arrepentimiento y la conversión anunciando la inminente llegada del Mesías: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos. Las quebradas serán rellenadas y los montes y cerros allanados. Lo torcido será enderezado, y serán suavizadas las asperezas de los caminos. Todo mortal entonces verá la salvación de Dios” (Lc 3, 4-6)–, citando palabras del profeta Isaías, que ocho siglos antes de Cristo anunció su llegada redentora para la humanidad.

Uno de los grandes logros del Padre Sergio desde que vive en el monasterio fue abrir sus puertas a todos: católicos y evangélicos, judíos y musulmanes para promover la convivencia entre distintos grupos religiosos en un ambiente de silencio, oración y paz. San Juan en el Desierto era pues, además de un lugar sagrado, un poderoso símbolo de ecumenismo y el diálogo interreligioso.

Hoy ese símbolo ha quedado al fin roto. El monasterio ha tenido que cerrar sus puertas y ahora sólo se puede ir de visita o de retiro haciendo reservaciones con tiempo y los frailes le niegan la entrada a quienes consideren peligrosos. Digo que el símbolo ecuménico “ha quedado al fin roto” porque este asalto fue el último en una escalada de insultos, profanaciones y obscenidades que han estado llevando a cabo diferentes grupos judíos en este lugar desde hace tiempo.

Le pido con todo respeto al honorable cónsul de Israel en Miami que haga lo que esté a su alcance para que su gobierno ayude a los cristianos a vivir su fe en paz en una Tierra Santa que es de todos los hijos de Abraham. Y a los cristianos en Estados Unidos les pido que no permitan que la intimidación y el miedo les roben el derecho y el deber de proclamar libremente la fe que los alienta y sostiene.

 
 
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