"María, de la mano del Espíritu Santo, revolucionó mi existencia"

Testimonio de la vocación al sacerdocio de Alberto, joven español

Escuchando a la Virgen y al Espíritu Santo, Alberto, peregrino español en Medjugorje, encontró su vocación para el sacerdocio. Compartimos con ustedes la carta, que Alberto envió para dar la noticia a sus amigos y allegados el 8 de diciembre de 2010, día de la Inmaculada Concepción.

Maria Virgen

Queridos amigos,

Me gustaría aprovechar este día tan especial en que celebramos la Inmaculada Concepción de María, para dar gracias públicamente a nuestra Madre. Le quiero dar gracias a María, ante todo, por haberme llevado de la mano a vislumbrar y aceptar la voluntad de Dios para mi vida, que no es otra sino que sea sacerdote. Le quiero agradecer el que tantas veces me haya guiado en la oscuridad, cuando más lejos estaba del Señor. Le quiero agradecer el que me haya levantado en mis peores momentos, cuando más hundido estaba en mi pecado y en mi debilidad. Y que me haya iluminado cuando más lo necesitaba, sobre todo en estos últimos años, en que el Señor me ha ido mostrando poco a poco qué grande es su amor por mí; cómo Él es el único que puede saciar mi acuciante sed de felicidad; y qué regalo tan inmenso e insuperable es Nuestra Madre María. Cuanto más amado me sentía, mayor era el deseo de corresponderle con todas mis fuerzas y, curiosamente, menos claro veía mi camino, al ir dándome cuenta de mi total pequeñez. Así que mirando mucho a mi Madre, me iba enamorando más y más de la mujer más bella que haya pisado la tierra, y comencé a musitar con Ella, cada vez con más frecuencia, en mis momentos de intimidad con el Señor, “he aquí el esclavo del Señor, hágase en mí según tu Palabra”.

Desde que María me llamó a Medjugorje, mi vida dio un auténtico vuelco. María, de la mano del Espíritu Santo, revolucionó mi existencia, al mostrarme el amor del Padre Dios, que trajo consigo la paz, la alegría y una forma totalmente nueva de vivir. Me regaló la certeza de que ese Dios desconocido del que tantas veces me habían hablado era todo Amor. Un Amor entregado, un Amor sin límites, un Amor humilde y ardiente, un Amor escondido, un Amor sufriente, un Amor hecho hombre, un Amor hecho pan, un Amor misericordioso. Y también me recordó la importancia del corazón, que no sólo sirve para bombear la sangre, sino sobre todo para llevarnos al Cielo, cuando lo ponemos con voluntad firme por entero a disposición del Señor y del prójimo.

Desde que el Amor me encontró, y me fue mostrando quién es, nació un fuego en mi corazón que fue haciéndose cada vez más vivo e incontenible, y lo único con lo que soñaba era con conservarlo para siempre, y compartirlo con todos los hombres del mundo. Mi súplica al Buen Dios se transformó al no saber cómo quería utilizarme para ello en su plan de salvación. En medio de esa búsqueda intensa, en la que lo mismo un día me imaginaba de misionero por el mundo como otro día me veía de monje entregado a la oración y a la penitencia, este mismo verano me volvió a llamar la Reina de la Paz a su pequeño y humilde hogar en Bosnia, Medjugorje. Allí me fui a visitarla todo un mes, con la certeza de que ese profundo anhelo de mi corazón iba a verse allí correspondido. Y como la Virgen no busca otra cosa que llevarnos a su Hijo, una vez allí, el Señor, que siempre es fiel a su promesa, y que en palabras Jesucristo nos dejó claro que “quien pide, recibe; el que busca, encuentra; y a quien llama, se le abre”, me hizo maravillosamente transparente su voluntad al invitarme a estar con Él, y seguirle como sacerdote. Un don tan grande, que todavía me cuesta creerlo. La simple idea de que el Señor un día pueda utilizar mis manos y mi voz para liberar a los hombres de la muerte que significa el pecado, para hacer presente al mismo Cristo de forma real en el pan y en el vino, para traer al Espíritu Santo para que sane, purifique, consuele y consagre, es una idea que me hace temblar cuando me paro a contemplarla.

Y desde aquí, queridos amigos, desde el seminario, con un gran gozo en el corazón, y con la confianza de que para Dios no hay nada imposible, os comparto esta alegría, rogándoos que me encomendéis en vuestras oraciones, para que pueda ser un instrumento sencillo y entregado, siempre fiel a esta llamada del Señor.

Os prometo también teneros presentes en mi oración, y os agradezco cada vez que hayáis rezado por mí, porque el poder de la oración es infinito. Y de la misma manera como comencé esta carta, le quiero dar una vez más gracias de todo corazón a María Inmaculada, Reina de la Paz, por haberme mimado y acogido en su regazo con tanta ternura, sin haber merecido yo ninguna de estas bendiciones. Que Ella, poderosa intercesora ante el Padre, nos consiga la gracia de abandonarnos siempre a la Voluntad de Dios al igual que Ella lo hizo, y de mantener una esperanza viva y fortalecedora en medio de todas las circunstancias, por duras que puedan ser. Alabados sean Jesús y María.

 
 

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